9/11/10

Los dos El Aaiún

Casi borro el anterior post porque caí en la tentación de resolver lo complejo a la velocidad de este tiempo: la del vómito. Hay asuntos que hay que rumiar, en los que el buche debe hacer doble trabajo para tratar de digerir lo que ni tan siquiera se puede saborear.

En este momento deben estar a punto de amanecer en El Aaiún. Yo me bauticé en El Aaiún. No en ese en el que los marroquíes están ejerciendo de ejecutores en el gueto de Varsovia, sino en su doble.

Recuerdo la hamada en toda su dureza y ternura. Allá, donde el romanticismo literario del desierto se convierte en película de terror, donde el cielo nocturno saturado de estrellas es el único espacio amable, también hay un El Aaiún. Es uno de los campamentos de refugiados saharauis, bautizados con los nombres de las ciudades añoradas para no olvidar la poderosa razón por la que generaciones de saharauis han hipotecado su vida a la hamada y a la cooperación internacional.

Quizá el de los saharauis es uno de esos ejemplos de tenacidad que ya no abundan. Desde que la España finalfranquista incumpliera los acuerdos de autodeterminación y saliera corriendo ante la autodenominada Marcha Verde organizada por la monarquía marroquí, los saharauis llevan casi 36 años de resistencia. Primero, la guerra, hasta 1991, después la dignidad organizada en la lógica cuasi militar del Frente Polisario. La caída del Muro de Berlín debió provocar ciertas esperanzas en la dictadura marroquí (es con la que España negocia ahora acuerdos pesqueros y dónde Zara o Camper tienen su maquilas), pero el Polisario ha aguantado a pesar de que la única solidaridad que queda es la de Argelia y la de la sociedad civil de la península y de otros muchos puntos del planeta.

El Sáhara mantiene un gobierno en el exilio, en Rabuni, la sede administrativa junto a las campamentos de la Hamada de Tinduf; tiene embajadores; hospitales, escuelas y proyectos. Nunca acomodándose a la injusticia. Quizá por eso, los refugiados siguen viviendo en haimas (carpas) con algún pequeño edificio de adobe adosado. Quizá por eso, cuando ya casi nadie se acordaba de ellos, unos 15.000 saharauis se apostaron a las puertas de El Aaiún de verdad. Quizá por todo eso, Marruecos, usurpador de territorio y de vidas, país dominado por un fanatismo religioso muy pragmático, monarquía absoluta y hereditaria invitada a la mesa de las democracias europeas, no los ha olvidado y los reprime a sangre y fuego.

Durante los 16 años de guerra abierta, el poderoso ejército dirigido desde Rabat y el infinito muro con el que trató de poner puertas al desierto Marruecos no pudieron con la guerrilla del Polisario. Hoy, tampoco, a pesar de la vergonzosa actitud de la Onu, de España y de la autodenominada Comunidad Internacional (esa que tiene un rasero diferente para cada circunstancia).

Los saharauis no tiene nada que ofrecer excepto su tenacidad y en este mundo de productos eso suena mal. Marruecos, reino alauita, a cambio, se ofrece como un contrapeso al islamismo satanizado por occidente y por los locos del cinturón explosivo.

Esta noche, recuerdo, sin embargo, todo lo que a mi me ofrecieron. Fueron varias las bajadas a Tinduf. La primera por carretera, en un viejo autobús acatarrado que nos dejó botados en medio de la inmensidad de fuego. Las siguientes ya en avión. Yo era un niño y en los campamentos del Polisario tuve los primeros encontronazos con la realidad, me mordí los labios de la rabia por no poder entender tanta injusticia, entendí que la comunidad internacional no sirve de un carajo (aunque me llevara años verbalizarlo), que las personas importan poco cuando los poderes juegan al ajedrez.

Recuerdo perfectamente a los Cascos Azules atrincherados en cápsulas de aire acondicionado y a los helicópteros que les hacían llegar fruta fresca; recuerdo a Deish y los años que compartimos en Tinduf y luego en Madrid; no olvido los tres tes (amargo como la vida, dulce como el amor, suave como la muerte) ni las conversaciones con José Antonio bajo la cúpula brillante de los dioses; allá compartí sueños con Javi para luego darme cuenta de que las evoluciones humanas son inescrutables (Javier hoy dirige un medio de comunicación fascista en España); presencié como el calor y la incapacidad de comprender el mundo puede volver loco a un hombre si lo sacas de su pequeño mundo seguro; no puedo olvidar el acento cubano de los profes saharauis ni el áspero rascar del tabaco negro argelino que fumaba en la pipa saharaui que aún me acompaña; no quiero olvidar cómo me hicieron sentir en casa los que no tenían casa. Los que hoy siguen muriendo y luchando por su casa.

No puedo hacer mucho desde esta distancia o desde estas otras trincheras. Excepto recordar y contar. Y compartir con las 10 personas que leen este blog la tristeza profunda de presenciar a través de las palabras la vergonzosa represión y el cómplice silencio de Madrid; el orgullo infinito por haber conocido y acompañado alguna vez al pueblo saharui, y el imperioso llamado a apoyar los procesos de autodeterminación y liberación de los cientos de pueblos oprimidos sobre este planeta doliente.

Salamu Aleicum

5 comentarios:

Ariel dijo...

la velocidad del vomito... muchos escritos son hechos de esa forma. Interesante post este que da un mensaje y abre muchísimas preguntas.
saludos

Pilar dijo...

Gracias a ti porque, entre vómito y vomito, pones tacto a numeros y titulares y nos obligas a leer de nuevo, de otra manera. Aunque eso implique entender, aun menos, muchas cosas.

Jorge dijo...

Eso te crees tú,,, que son 10 los que te leen, aquí (por mi culpa) ya sacaste algún fan (entiéndase bien).....
y tus recuerdos mantienen viVo el recuerdo que es el modo en que se reencarnan las cosas, en otra cabeza, y a veces... en un nuevo gesto. Yo te recordaré siempre y mis años contigo son ahora ladrillos de la casa donde acojo a nueva gente. Sigue Paco, sigue, aunque no lo veas tu rastro es un surco donde las semillas crecen.

Tu viejo amigo Jorge, otro pequeño glóbulo rojo.

esteban dijo...

recuerdo perfectamente el primer impacto...lamentablemente no sería muy distinto ahora si volvieras como "niño". no tiene buena pinta la cosa. Desde España se vive con sorpresa, más bien con estupor, como una responsabilidad heredada de gente que que no conocimos y que nos cae porque tenemos un pasaporte, pero que no debería ser muy distinta de la que deberíamos tener con otros pueblos. He estado recientemente en Marruecos. Allí sí que la cosa es de vómito...abrazos hermano.

Paco Nadal dijo...

Si querido, Paco. Los dos nos bautizamos en El Aiuún, y a ti debo aquel viaje que me abrió los ojos a una de las ignominias más grandes de la historia reciente. Tu compromiso es ejemplo para muchos. Un abrazo.