28/8/14

Mi ruidoso silencio

Así de callado paso los días.
Grito a cada instante para instalar el silencio 
en estas calles tan atestadas, 
tan estancadas, tan obstinadas en no reventar. 
Callo para no contarle a la vecina que vende prendas de otro tiempo que nuestro tiempo es el de la revuelta. Callo para no tener que confesar ante ese calvo de pestañas que la vista cansada es mal que solo aqueja a quien no sabe mirar.
Callo para poder ocupar mi boca en tus menesteres. Callo para no caer en el abismo de los mudos días de mi gente. Callo sin dejar de hablar, ni debajo del agua –dicen los poco observadores-, porque hablar es privilegio de pájaros (Mariano dixit) y callar, delito de humanos.

Paso los días callado para despertar todas las sospechas y para levantar las liebres que se esconden bajo la túnica de los complacientes. Callo porque me sale del alma el grito, el llanto, la voz común, el gorjeo de los corderos, el aullido de los colibríes que no acuden a beber a mi ventana. Callo porque me da la gana. 
Y de esta forma, 
ruidosa, 
irreverente, 
desvergonzada, 
inútil, 
terapéutica 
                           paso mis días.

28/7/14

Celebración

Celebramos tu y yo que yo y tu somos. Celebramos que nuestra piel es una, que nuestras dos almas saben acompasarse. Celebramos que me faltó contar hasta cinco y que a ti te faltó un suspiro esta tarde. Celebramos que levantaron la barrera en este largo paréntesis y que el crustáceo que alojamos dentro tiene la piel canela de ese mar en el que nos (re) encontramos.

Celebramos quizá que nos extrañamos, que nos cuidamos hasta derretir el hielo incandescente que puede ser la vida. Celebramos el lento transcurrir del olvido cuando estamos juntos, la corta distancia entre el silencio y el estupor. Celebramos como se derrumba esta civilización mientras construimos nuestra cueva de esparto, como, incluso en contra de las predicciones, hoy el sol se ha sublevado en el estrecho margen de los cúmulos. Celebramos, al fin, que no hay nada que celebrar, que nuestro llanto cósmico está más justificado que nunca, que cada día es una nueva oportunidad para morir juntos, celebramos tu y yo que yo y tu somos. Somos los dos en los dos. Somos.

21/7/14

Decreto

Camino en los sucios andenes ordenados del Norte soñando despierto. La mayoría de la gente va en la dirección contraria a la mía. El ayuntamiento ha decretado día de alegría y, por tanto, aun sin motivo aparente, se han activado piernas y brazos, lenguas y pañoletas, sonrisas impostadas y humores de fiesta. El decreto incluye las sanciones pertinentes para los que seguimos cabizbajos, solo pensativos, quizá. Me explican que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, al contrario del real decreto sobre la televisión que indica con claridad que el desconocimiento de la realidad sí te exime del compromiso.
En la plaza reina un silencio ensordecedor. Gritan hoy los que callan todos los días. Los que callan. Los que callan cuando les quitan el empleo, cuando echan de su casa al vecino, los que callan cuando las concertinas rajan los anhelos de los nadie, los que callan cuando ese-tipo-que-parecía-normal raja a su mujer de varios y certeros machetazos. Ay que ver cómo está el mundo, musitan algunos antes de seguir con el estricto cumplimiento de la ley. Antes de regresar a la alegría que durará exactamente entre el lanzamiento del chupinazo y el regreso a las galeras.

Caminaba seguro de la originalidad de mi pedrada pero al llegar a casa el periódico me supera. El suplemento de las fiestas, encabezado por una foto en la que no caben los humanos, titula: Se permite la alegría y, así, una vez más, la prensa me confirma mis peores pesadillas.

20/7/14

Sensibilización

Había una vez, si es que la había, una organización no gubernamental. Creo que les llaman ONG. Esta se dedicaba a proteger el medio ambiente. Ya saben eso que es medio porque nos hemos comido más de la mitad.
Esta ONG hacía reuniones mundiales cada tres años para decidir las mejoras en su estrategia de sensibilización –advocacy le llaman-. El tema, y no era fácil, era encontrar el animal más efectivo para cada momento.
¿El animal? Sí, el animal. Porque los ciudadanos y los donantes  no se sensibilizan con objetos inanimados, como piedras o árboles, aunque dentro habite la vida, y menos con cosas demasiado grandes, como océanos o parques nacionales.
El experto en marketing repetía: “tenemos que buscar un animal concreto del que la gente se pueda enamorar o compadecer. No nos sirve nada intermedio”.
“Se me ocurre una ballena”….
“Eso ya no funciona”
“¿Y qué tal un delfín?”
“Muy visto”
“¿Y un oso polar?”

“A ver, a ver un poco de imaginación”, estimulaba el consultor que cobraba 500 euros la jornada para facilitar la reflexión.
En realidad, la reunión estaba muy bien planificada para llevar a los participantes a donde el fa-ci-li-ta-dor quería: las abejas…

“¿Las abejas?”, preguntó un activista de la ONG que venía de un territorio en Oriente Próximo.

“Sí, claro, las abejas y la polinización.. vean si no. Cualquiera puede matar a una abeja en verano, y eso significa que cualquiera puede salvarlas. La polinización es un símbolo de la fertilidad y de la reproducción y eso siempre genera empatía entre los humanos”.

“¿Las abejas?”, seguía preguntando en voz alta el activista de Oriente Próximo… “¿cómo convenzo a la población de que hay que donen dinero para salvar las abejas?”

“Es fácil. Uno puede matar muchos insectos al cabo del día, pero eso no mueve conciencias. Unas cientos de moscas aquí, unas hormigas laboriosas pero egoístas por otro lado, unos ciempiés allá, los molestos mosquitos… Pero… ¿las abejas? Aunque nos molestan podemos entender que son necesarias y, además, acabar con una pobre abeja que poliniza tiene muy mala prensa. Tenga en cuenta que la gente no dona por convicción sino por vergüenza”.

“¿Y salvaremos a las abejas?”, preguntó un noruego casi albino preocupado con sinceridad por la polinización y su relación con el futuro del planeta-

“No sea ingenuo. No creo que las salvemos, pero eso nos fortalecerá como organización y nos dará tiempo para pensar en la siguiente campaña de sensibilización. ¿Acaso salvamos a las ballenas en su momento? No, hay demasiados intereses en juego ,pero logramos que la gente sepa lo que los japoneses hacen con ellas”.

Al volver a Palestina, nuestro activista se encontró con una situación compleja. Israel había decidido hacer pagar a toda la población por la muerte de tres de sus ciudadanos y no había forma de parar la masacre. “No puedo hablarle de las abejas a mis hermanos”, reflexionaba el activista.

Sin embargo, encontró la manera de aprender los nuevos conocimientos de marketing social. Trató de hacer un paralelismo. Los edificios en ruinas por los bombardeos eran equivalentes a piedras o árboles, aunque dentro de ellos contengan un universo vital. Los estúpidas muertes de decenas de vecinos que caían cada día bajo los obuses inteligentes no parecían conmover al planeta. Hormigas y moscas morían como personas y sus cuerpos mutilados eran sólo parte del recuento que la ONU hacía cada día. No tenían nombre, no provocaban ni enamoramiento ni compasión. Además, no parece fácil que cualquiera pueda matar a 20 personas de una vez tumbando un edificio.

El activista no se atrevía a aplicar la lección, aunque intuía la manera de hacerlo. La realidad, sin embargo, suele ser terrible maestra y ayer por la mañana, cuando abrió los oídos y escuchó las noticias, entendió que había sido Israel la que había ayudado a encontrar las abejas palestinas: Mueren cuatro niños y otros diez resultan heridos en un ataque israelí a una playa de Gaza. Los niños estaban jugando al fútbol. Israel declara una tregua humanitaria de cuatro horas.

Nuestro activista, después del desayuno y con el alma bombardeada, asiste a la reunión prevista a media mañana con gente del barrio. El líder más político resalta la cobertura mundial que está teniendo el suceso de la playa. “¿Esto servirá para frenar la agresión y salvar nuestras vidas?”, pregunta aún acongojado nuestro activista.

“No seas ingenuo. No creo que pare ni que salvemos a todos, pero eso nos fortalecerá como pueblo y nos dará tiempo para pensar en la siguiente campaña de sensibilización. ¿Acaso han servido las campañas de las últimas décadas? No, hay demasiados intereses en juego pero al menos logramos que la gente sepa lo que los israelíes hacen con nosotros”.


13/6/14

¿A qué sabe lo que no sé?

¿Tu sabes lo que sabes? ¿Sabes a que sabe el sinsabor de no saber donde poner los pies… los pies en esta tierra tan dura? Los pies… estos pies siempre aprisionados en la cárcel de piel falsa que los envuelve de convenciones y debilidad…
Esto, hoy, no va de pies.

Lo que pasa es que no sé lo que quiero saber. No sé si sé las consecuencias de la ignorancia tranquilizante o de la ceguera mental en la que volver al remanso silencioso y uterino de la dependencia. No sé si os sabrá bien el ácido que exudo cuando re-pienso, cuando me-pienso, cuando os-pienso de una forma convexa, expulsadora, insultadora.
Sé que saber es incomodo. Sé que saber es molesto. Sé que saber te preña de incertidumbres. Sé también que saber es renunciar a la seguridad del imaginario, al seguro asidero del prejuicio, renunciar al ya-lo-sabía-yo, al si-es-que-las-cosas-son-así, al lo-leí-en-la-prensa, al fue-o-que-aprendí-en-la-escuela.

La escuela… esa cárcel que aprisiona a los pies y a las almas en la piel falsa del cuidado estatal que los envuelve de convenciones y debilidad.
No sé lo que quiero saber… porque sí comienzo a saber que no sé casi-nada-de-lo-importante… entonces… entonces, tendría que empezar de nuevo… ¿o desempezar? ¿o descaminar todos estos años de seguridad mentirosa y lenguaraz????
Sé eso sí un par de sabores que me gustan. Me gusta… me gusta… me gusta tu boca y lo que de ella sale…. Me gusta tu boca y todo lo que la rodea… esa sonrisa que contiene la vida, el robusto color de tus emociones, el veranillo que empieza a colgarse de tus mejillas, la leve brisa limpia del nordeste que sabe a polos de limón y a veranera estresada por el calor.
Sé también que quiero saber equivocarme. Hacerlo con contundencia, sin propósito de enmienda, sin miedo…

El miedo… ese pie embotado que te aprisiona el rostro contra el asfalto cuando los poderosos deciden que ni la escuela ni la cárcel podrán reconducirte al rebaño de los buenos, de los callados, de los replicantes que compran y comen, que se masturban amparados en el murmullo de la mayoría silenciosa.

¿Tú sabes lo que sabes? ¿Y tú? ¿Y tú? Saber es no más el pasito del sinsabor de la insana costumbre de la ignorancia.