5/5/20

S.

En la tierra
Ahí, donde los silencios son puros
Ahí, donde la luz es densa
Ahí, donde no hay arepas blancas
Ni ron añejado en la conversa
Ni trenzas con las que cambiar de ser
Ni artículos traducidos a la brava
Ni la posibilidad de cambiar de opinión
Ni unas lágrimas dispuestas a despecharse por tus ángulos
Ni piernas que se disparan
Ni enfermedades que amenazan
Ni vida, tampoco
Ni vida
Tampoco.


En la tierra
De donde fuimos
para ser germen
En donde enterramos los pies
para poder volar con saña
Desde donde parimos
proyectos destinados al fracaso.


Desde la tierra
Hoy, te ríes de tan pomposa desesperación
Hoy, desparramas raíces para abrazar tu ausencia
Hoy, envidio ese tu no-estar tan presente
Este mirarme desde mis propias sombras
Este negarme la posibilidad de ser-contigo-como-éramos


Desde la tierra
Te recuerdo
Te invoco
Te necesito
Te desestierro
Te rescato
Te paseo
fría y sin ropa
como,
cuando,
sin miedo
a la vida
nos lanzábamos
al océano oscuro
para intuir
            quizá
alguna maldita luz.


29/4/20

Estamos solas; nos tenemos

Parece una constatación poco original: estamos solas. Estamos solas porque esta crisis global nos ha pillado con las defensas de clase destruidas. Ya no hay organizaciones masivas, políticas, sindicales o de clase que den sentido a nuestras resistencias. Estamos solas porque los partidos políticos que preformatean la democracia en unos Parlamentos nada representativos de las mayorías no son nuestros y no trabajan con/para nosotras. Estamos solas porque no nos ha dado tiempo a tejer nuevos vínculos planetarios entre las nadie al tiempo que nos defendíamos de las brutales dentelladas del tardocapitalismo y su necesidad de desposeer para acumular. Estamos solas porque nos hicieron sospechar de nuestras iguales, porque nos convencieron de que solas podíamos, que el ombligo era el punto cardinal más “moderno”, que la autorrealización equivalía a una especie de felicidad digital en la que dejar pasar el tiempo mientras tiempo era lo que vendíamos a cambio de un salario pregastado en el economato de la patronal.
Sindicatos que son maquinarias institucionales de defensa de ciertos grupos de privilegio o meros proveedores de servicios a trabajadoras y trabajadores que pueden pagar la cuota; partidos que cierran los canales de participación cuando sienten que la gente participa; movimientos ‘revolucionarios’ autocomplacientes en su pureza porque abrirse a la vida plural significaría contaminarse y salir del autoconfort del dogma; proyectos atrapados en las lógicas de la consecución de ‘objetivos’ y eurodependientes de subvenciones y repartos inequitativos de la miseria institucional…. Estamos solas.
Algunas, miramos con esperanza el movimiento telúrico que hizo temblar a la América Latina desde 1998 y descubrimos, una vez más, que la institucionalidad –cualquier institucionalidad- fagocita a las alternativas que creen posible domarla y que, una vez institucionalizadas, las alternativas juega a defenderse de las personas y a gestionarlas -con mayor o menor reparto de las migajas, pero gestión al fin y al cabo-. Otras, pensaron que los movimientos clasemedianeros del 15M o del Occupy podrían hacer la diferencia, cuando lo que reclamaban era la atención de ese padre canalla y alcohólico que es el estado y un espacio en el sofá familiar del neoliberalismo. Quizá alguien pensó que en los movimientos neorurales de autosalvación se podría gestar una salvación colectiva con el paso del tiempo; pero, eso, el tiempo, es lo que no teníamos –ni antes, ni ahora.
Estamos solas.
Jodidamente solas.
Pero nos tenemos las unas a las otras. Es decir, que si constatamos esa soledad política desde la óptica tradicional podremos imaginar otras formas de articulación política que rehuya cualquier tentación institucional. Estamos solas, pero nos tenemos y eso, si sabemos interpretarlo, traducirlo y articularlos, es tremendamente poderoso. No hay manual de uso, jamás nos hemos enfrentado a una orfandad tan brutal, tan desoladora. Así que sólo nos queda tirar de imaginación, de osadía y de afinidades. ¿Nos animamos?

7/4/20

Blancos ‘normalizados’ aterrorizados sólo por este virus

No hay que investigar mucho para toparse con la realidad planetaria. Esa realidad nos recuerda que cada año mueren unas 400.000 personas como consecuencia de la malaria (entre ellas, 700 menores de cinco años al día), que al menos 770.000 personas murieron por enfermedades relacionadas con el VIH en 2018 y que al final de ese año 37,9 millones vivían con el virus, que unos 390 millones de personas se contagiaron de dengue el año pasado, que sólo en 2018 murieron 1,2 millones de personas VIH negativas por tuberculosis… No hace falta meter en el repaso de cifras a refugiados, desplazados internos ni migrantes… digamos que obviaremos así al ‘virus’ de las guerras de dominio, las invasiones, las sanciones internacionales o los ‘desastres naturales’.
Pero lo que sí dice la realidad respecto a cuatro situaciones de salud –malaria, VIH, dengue y tuberculosis- es que ya vivíamos con pandemias de dimensión abrumadora. Más incluso que la actual pandemia del coronavirus. Entonces ¿qué nos ha pasado para que ahora estemos tan consternados, tan afectados por la crisis sanitaria y por la visibilidad extrema de las prácticas del biopoder?
No es que nos hayamos dado cuenta de que la globalización  y la tecnomovilidad del siglo XXI ha expandido con velocidad el virus (eso ya pasó con el VIH y su claro recorrido planetario en los años 80 del siglo pasado), ni que nos falten recursos para enfrentar médicamente al virus (eso lleva pasando con la malaria desde hace décadas), ni que la dimensión de las cifras sea imposible de aceptar para la sociedad mediatizada (las cifras que suman estas tres enfermedades suponen el contagio, entre las tres de 629 millones de personas al año, un 8% del total de la población mundial)… Lo que ocurre es que esta pandemia afecta por primera vez a las personas blancas normalizadas que habitan el norte global. Y es ahora, cuando afecta a los seres humanos provistos de humanidad, cuando se prenden todas las alarmas.
No hay demagogia en el argumento. Cuando el coronavirus estaba en China se pudo constatar como Europa o Estados Unidos veían el asunto como un “problema chino” y en las calles de España lo que se vivían eran ejemplos de claro racismo y xenofobia. Cuando el virus golpeó a Italia, España, Inglaterra, Francia o Estados Unidos, entonces, y sólo entonces, se convirtió en una “lucha de todos”, en un “de esta salimos todos juntos”, en ese “no se queda nadie atrás”.
La mayoría de analistas han centrado su crítica o su diagnóstico respecto al capitalismo y sus desigualdades, con un cierto placer morboso por ver “al emperador desnudo” en su propia casa y, al tiempo, denotan una cierta culpa por haber ‘maltratado al planeta’. Ven una situación apocalíptica respecto al capitalismo y la crisis ambiental y se preguntan, cómo salir del atolladero, cómo repartir las migajas, cómo evitar la precarización de las ya precarizadas tras la crisis económica de 2008.
Digamos que el COVID19 ha mostrado una vez más las costuras no sólo del sistema capitalista neoliberal, sino del racismo sistémico (también intelectual) y de la negación de las jerarquías de la colonialidad que siguen operando incluso al abordar crisis denominadas como globales.
Con poco éxito y mucha dificultad, colectivos de ‘nadies’ de la zona del ser –como las trabajadoras del hogar, las personas sin hogar o las privadas de libertad- tratan de hacerse un hueco en la agenda ‘buenista’ de las soluciones a la era postCOVID19 pero menos éxito aún se tiene cuando se intenta hablar de la condición de racialización de parte de nuestras sociedades –y la precarización que incluye de partida-.
Se repite la frase “nada va a ser igual” después de la pandemia de coronavirus y ojalá sea así. Lo que debería ocurrir es que el “nuevo orden internacional” pusiera la vida en el centro de sus debates y acciones sin criterios racistas, pero siento decirles que no creo que eso ocurra. Mientras la mayoría de muertes por tuberculosis ocurran en India o China, mientras el dnegue golpee básicamente los países de América Latina y algunos del sudoeste asiático, mientras el VIH siga enquistado en grupos de población considerados “malos” (maricones, drogatas, promiscuas de diferente pelaje y pobres africanos) y la malaria sea cosa de negros y de cholos, el Norte Global seguirá invirtiendo millonarias cantidades para encontrar vacuna para el COVID19 mientras los refugiados esperan junto a sus muros y mientras fuera, en el Sur Global, nada habrá cambiado.
Ébola, Zika, SARS, fiebre amarilla, malaria, VIH, dengue… la salud de una buena parte del planeta seguirá siendo tan frágil como antes del COVID19 pero los pocos recursos que se redirigían del Norte Global al Sur Global para tratar de combatir los brotes epidémicos ya no fluirán en la misma –y pírrica- medida. No es un tema de humanitarismo, sino de racismo, de una mirada blanca, occidental, capitalista y heteropatriarcal del mundo en el que todas las jerarquías operan para que el blanco “normalizado” sobreviva en la guerra darwinista (eso sí es una guerra) con la que se lucra y subsiste el sistema.


5/4/20

La normalidad

Si algo se ha incentivado en nuestra era es el presentismo. Desde los coach pseudosicológicos, hasta los buenistas del hedonismo se ha incentivado un “vive el presente” que ha empujado a la mayoría de familias de la clase media occidental a una especie de carrera hacia el abismo pensando que al final sólo se encontraba un centro comercial.
Para que el presentismo extremo funcione debe ser convenientemente combinado con e “adanismo”: esa perversa idea de que la historia comienza con nosotros y que su final, en todo caso, no nos incumbe. Tanto las derechas más tradicionales, como las más sofisticadas, así como un sector de la izquierda marxista convencional han vendido la idea de que es en el presente donde encontramos soluciones a cada reto que se nos presenta. Occidente, para ello, nos ofreció la ciencia y a los científicos como placebo ante cualquier reto apocalíptico: ellos, ellas encontrarían una solución mágica para que todo siguiera siendo igual, normal, al fin.
En Islandia, por ejemplo, en lugar de diseñar un plan para acabar con el problema de las emisiones de CO2 –algo que pasaría obligatoriamente por descartar el modelo económico del crecimiento ad infinitum, es decir, el capitalismo- han inventado CarbFix, un mecanismo para capturar el CO2 de la atmósfera y mineralizarlo gracias a un sistema que lo termina convirtiendo en roca. Dentro de una décadas habrá que inventar un destructor de rocas para sacudirnos el nuevo problema, pero el CarbFix parece una metáfora perfecta de la ciencia al servicio del suicidio colectivo.
La pandemia del COVID19 y la(s) crisis que trae en la mochila para las próximas décadas opera en esa misma clase media presentista al extremo un fenómeno similar: un deseo desenfrenado porque la ciencia ataje el problema al costo que sea para poder volver al presente, es decir, a la normalidad. De hecho, los Estados, que nos conocen bastante bien, dosifican la información para generar el espejismo de que el confinamiento obligatorio es un paréntesis breve en la vida que no pertenece exactamente al presente y que sobrellevarlo supone que “todo va a salir bien” y que podremos volver a la normalidad. Mientras nosotras, de forma disciplinada cumplimos la función de policías de nosotras mismas, fuera, en el exterior del paréntesis, hay “héroes” científicos que libran una “batalla” para lograr un vacuna que nos permita seguir en la fiesta del presente suspendido. Y llegará un momento en que los grandes medios certificarán la “vuelta a la normalidad” –como hicieron con el “fin de la crisis” de 2008, aunque esa crisis nunca acabara- y recordaremos estos meses como una pesadilla que justificará los excesos de consumo y de fiesta posterior.
¿Por qué no hemos sido tan disciplinados con las terribles consecuencias del cambio climático reduciendo nuestro consumo, nuestras emisiones y cambiando nuestras formas de vida para salvar al planeta y, con él, a nuestra especie? Porque la amenaza estaba situada en el futuro y esta sociedad occidental no está programada para pensar en esa clave.
Este presentismo que determina de forma dramática “la normalidad” supone dos problemas graves para interpretar con cierto tino la era postcoronavirus. Por un lado, nos evita pensarnos como ancestros, es decir: nos libra de la responsabilidad de pensar y actuar para que las generaciones venideras habiten territorios donde la vida sea viable. La irresponsabilidad del presentismo se cifra, entonces, en clave de un egoísmo absoluto del yo, de un narcicismo inherente al capitalismo y a esta etapa decadente de La Modernidad. Una vez que hemos eliminado la trascendencia de la ecuación vital –y para eso hemos matado, primero a los dioses; después a las utopías sociales- la forma de vivir con “normalidad” está determinada, fundamentalmente, por la irresponsabilidad. Para ello, hay algunos mantras que conviene conjugar: “No hay que saber demasiado”, “Greta Thumber es una niña alterada y pesimista", “Hay que ser optimistas”, “Experimenta el presente como si no hubiera un mañana para ser feliz”. Felicidad, optimismo, ignorancia… la receta mágica está servida.
El segundo gran problema es que nos deja especialmente expuestas a las consecuencias de nuestra ignorancia. Es decir, no hay que ser linces del análisis para intuir que la era postcoronavirus estará atravesada por ciertas veleidades fascistas, de control social, de una importante reconfiguración de la relación con el “otro”, de una precarización de la vida para amplios bolsones de personas que pasarán a ser una amenaza para la que superen la crisis manteniendo un empleo decente, una casa segura y una salud razonable. En estos días se ha machacado a cualquiera que apuntara los problemas que puede conllevar la entrega de la ciudadanía sin condiciones a autoridades, por un lado, y científicos, por el otro. Ese hecho, el haber renunciado a la ciudadanía, no es nuevo. Llevamos décadas arrancando pedacitos de lo que se suponía ser ciudadano a cambio de placeres presentistas: desde la entrega de los datos personales para “disfrutar” de ciertas aplicaciones digitales, hasta la nula participación real en movimientos asociativos (sindicatos, partidos políticos, asociaciones de vecinas…) a cambio de que “otros” (empresas, funcionarios, aplicaciones…) se encargaran de la pesada tarea de gestionar los asuntos públicos que nos atañen a todas, pasando por la renuncia a parte de nuestra humanidad (permitiendo campos de concentración, millones de refugiados, cientos de miles de muertos por enfermedades “de pobres) a cambio de la “seguridad” de nuestro hogar.
Lo que ocurrirá ahora, como continuidad necesaria acelerada por el COVID-19, es la entrega de los últimos fragmentos de nuestra ciudadanía y eso permitirá desde el control geolocalizado de poblaciones enteras, hasta los periodos reiterados pero cortos de confinamiento, pasando por una elitización aún mayor de los movimientos transfronterizos. Y eso ocurrirá desde un nacionalismo casposo y patético como el de la derecha española o desde una sofisticada tecnopolítica autoritaria al estilo chino. Todo se justificará en defensa de la vida y esa vida –las vidas que sí merecen la pena ser vividas- supondrá la condena a muerte de millones de personas absolutamente prescindibles –las poblaciones “supérfluas” de Bauman o las nudas vidas de Agamben, da igual-.
La normalidad a la que volveremos pasado el desastre pandémico será tan desigual, injusta y violenta como la que ya experimentaban los “condenados de la tierra” (¡ay Fanon!) antes de que el virus acelerara la globalización del despojo. A las que nos vemos como ancestras, como personas responsables con el futuro y con la vida por-venir nos tocará resistir, huir de la angustia del presente pero incidiendo en él, atender las urgencias que esta crisis va a provocar a muchas de nuestras hermanes pero trabajar con la perspectiva de ese cambio civilizatorio que nosotres no veremos aunque seamos co-responsables de su construcción.


28/3/20

Sueño erótico

He tenido un sueño erótico colectivo. La gente, sin amenaza alguna, ha decidido vaciar los centros comerciales y ha salido corriendo hacia casa para encontrarse con los suyos o con su propia sombra, esa que suele quedar atrás en la carrera incesante de la vida occidental. Cada cual ha parqueado su carro y ha tirado la llave al contenedor de basura más próximo. Los desplazamientos se hacen caminando y sólo tienen dos funciones: observar nubes y páramos, silencios y bandadas de pájaros, y cuidar de las otras personas, de las más vulnerables. En mi sueño, la gen te, tras acumular alimentos no perecederos y gominolas de arroz, carga sus bolsas y se acerca a los que nada poseen para entregarles el contenido y volver a casa con la bolsa cargada de abrazos.
He tenido un sueño erótico colectivo. Mis vecinos se han presentado y, después de años compartiendo edificio sin saber si quiera nuestro nombre, ahora hemos desgranado en el salón la estirpe de cada cuál y los anhelos no confesados. Los bares y los comercios del barrio se han puesto de acuerdo para juntar todo aquello que ya no pueden vender y regalarlo sin esperar nada a cambio. En mi sueño, los centros de internamiento han abierto sus puerta y en sus canchas antes tristes, ahora se celebran conciertos y recitales sin necesidad de artistas famosos ni de infraestructuras imposibles.
He tenido un sueño erótico tan autodeterminado como son todos los sueños y en él los pueblos, sin amenaza alguna de por medio, han renunciado a banderas y pasaportes y se han lanzado a construir muchos mundos nuevos, cada cuál del tamaño necesario, cada quién buscando las alianzas que le hacen sentir más cómodo. En mi sueño, los internos del centro de personas con otras capacidades intelectuales diferentes a las mías nos reciben para contarnos su forma de ver el mundo, el amor o la economía. Algunos jóvenes se han organizado para reciclar el plástico y los minerales sobrantes de los cientos de artilugios tecnológicos que hemos decidido no volver a utilizar y algunas personas mayores andan compartiendo su sabiduría sin contención.
Me he despertado y he mirado por la ventana. Llueve y la calle está vacía. No circulan carros y en la mayoría de ventanas se ve luz y las siluetas familiares me han hecho confundir por un instante el sueño con la vigilia. He encendido la radio y las noticias hablan del Estado de Alerta y de múltiples amenazas que tienen a la población en pánico y a las enfermeras y médicas doblando turnos. Mi consuelo es que los sueños, a veces, son premonitorios.

Apuntes para dejar de cuidar viejitos y (más bien) comenzar a aprender de elles

Uno de los hermanos-compañeros a los que más aprecio tengo suma 87 años de experiencia vital. “La clase obrera está acostumbrada a palear bocabajo”, me dice por teléfono desde una esquina del planeta que a muchas les costaría ubicar. En su cabaña, frente al Pacífico, hay cientos de libros peleando con el comején y sus convicciones no merman con el paso del tiempo. Cada minuto sobre la faz de la tierra de Heriberto es necesario para la humanidad, mucho más que los días y los meses de los cachorros del capitalismo llamados emprendedores cuya juventud Holanda cuida por encima de las vidas de los que para ellos ya han vivido.
Recibo unos largos correos de otro hermano-compañero-maestro que debe estar ya por encima de los 70. “Entre muchos podremos inventarnos estrategias eficaces para vivir mejor, para cambiar los dogmas capitalistas. Quiero apostarle a esa posibilidad, sabiendo que no sé nada del futuro”. Este hermano me regaló hace muchos años noches de trago y debate filosófico y el texto iniciático de Estanislao Zuleta (El elogio de la dificultad). Escribía el maestro Zuleta: “puede decirse que nuestro problema no consiste ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos; que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear”. Rodrigo me ayudó a vivir con gozo las dificultades y hoy su re-conexión me proporciona oxígeno y me sigue ayudando a caminar con perspectiva.
Hablo con mi mamá varias veces al día. Su sabiduría no deja de sorprenderme. Hace del confinamiento virtud, entiende el momento que le ha tocado vivir y logra que el miedo (ese que todes tenemos) no la paralice: ejercicio, cuidados del otro más querido, reflexión, atención a los jóvenes de la familia que están solos en el aislamiento. Venturosos 86 años los de Eduvi llenos de energía, de amor por les otres y de responsabilidad.
Conocí al viejo Víctor Martínez, sabio del pueblo Murui Muinane, cuando ya era viejo. Reviso las notas que tomé después de horas de conversa pausada. Al compartirme su visión de la libertad me explicó cómo está encadenada a un tipo de “obediencia”: “Usted primero tiene que sentir de su hermano, ver cómo vive el otro. Oler lo que huele en el mundo. Escuchar a los que sufren en el mundo y pensar. Usted no puede hacer sólo desde usted mismo, usted debe escuchar a todos, ver a todos, saber lo que pasa en el mundo…”.
Desde hace algo más de un año trabajo en UNATE, una organización que se dedica a la formación no reglada de personas mayores y las últimas dos semanas de interacción con nuestras alumnas y alumnos en la distancia física del confinamiento están cargadas de lecciones de resistencia, de fortaleza, de una esperanza prueba de pandemias.
El país en el que habito no es diferente a Holanda. La  mayoría de personas que mueren en esta crisis son mayores, pero no por ser mayores, sino por un modelo de atención que las confinaba a residencias con poco personal, lógicas hoteleras de escala no humana y que, como las cárceles, permitían que las mayorías no “sufrieran” la imagen de la vejez. Es evidente que cuando las personas necesitamos cuidados extremos y especializados (a cualquier edad), lo mínimo que puede hacer la sociedad es habilitar espacios de cuidados de calidad y abiertos a la vida. Hace dos días, cuando la cifra de víctimas mortales andaba por las 4.000, 1.517 personas mayores que vivían en residencias había muerto. ¿Causalidad?
Es el momento de aprender de las viejes en lugar de tanto mensaje que los infantiliza y los convierte sólo en “grupo vulnerable”. Son un grupo humano que deberíamos cuidar por razones egoístas: perder su acervo de conocimiento, experiencia y vida es de estúpidos. Claro, que teniendo en cuenta que muches quieren volver al a.c. (antes del COVID19) y que todo vuelva a ser igual (de brutal, desigual, injusto, inmoral, deshumanizado), igual es que somos bastantes estúpides.
Que elles no se aburran de nosotres y nos sigan ayudando a entender la vida…

24/12/18


Alguna vez, el hombre que creyó ser hombre intuyó que éramos sangre, huesos, tendones no más. Alguna vez, el hombre que creyó ser hombre se equivocó hasta la médula y, al llegar, la miró de frente y afirmó negando: no somos médula, ni sangre, ni huesos, ni tendones no más. Y el hombre que creyó ser hombre buscó en su mochila y apenas alcanzó a sacar una flauta de hielo y una espátula sin mango. Puso los escombros de su cuerpo sobre la mesa de café y distribuyó vísceras y estructuras a la vista de los viandantes. Allá, sentado, mirándose de frente, sangrando el olvido, anhelando un cuerpo no más, una sangre no más, unos huesos quizás, unos tendones no más, el hombre que creyó ser hombre pudo balbucear una frase entremezclada con su último suspiro de hombre que era hombre. Los cien pelícanos que siempre lo acompañaban con la boca cerrada alcanzaron a escuchar el sabio susurro de los moribundos: somos, de ser algo, memoria no más, tejido gaseoso a la intemperie, pleamar de afectos y de saña, vigilia desdentada a la espera de que sangre, huesos y tendones vuelvan a ser tierra no más.

28/9/17

P.


La marea está lejos y los profetas anuncian que no volverá. Es un alivio para el planeta que nuestra humedad seduzca a la arena para que el orden de los tiempos no atrase la aguja del vaivén incesante de la vida.

Ω

La habitación es minúscula, pero todo parece seguir un orden: la cama de pino lacado con las sábanas tensas como arco de violín; el interruptor que aligera el esfuerzo de bajar y subir persianas a la nada; el pequeño escritorio sin mota de polvo en el que escribir un poema erótico tapado hasta las cejas; este armario dispuesto para camisas pero con aspecto de armero de temporada en Cáceres; el grifo sin pérdidas y las almohadas sin grumos de memoria… Todo está en orden y, a pesar de ello, no logro imaginar un abismo más incierto que este en el que falta tu voz, tu miedo, tu sonora forma de perfumar mi soledad.

Ω

Cuando los tiempos impiden que esté en ti sin calendario me pregunto cómo es posible vivir sin el lento gemido en el que me multiplico. Cuando nuestra cama vuelve a hundirse ante nuestro-ser-así-dentro entiendo que no hay horas malas para la buena nueva. Siempre nueva.






3/9/17

Para P.


La silueta de tu presencia lidia con tu rastro. No se diluye, no busca rutas alternas, no sube en autobuses ni en tranvías. Jamás transita en dirección al ruidoso abismo de los atascos y las derrotas. La silueta de tu presencia es una ausencia presente, un siempre-estar-ahí tenue y poderoso que me enraíza en lo posible.

Ω


Hoy se acaba el mundo y una estúpida tranquilidad me hace buscar el tacto intacto de tus nalgas. Es, quizá, una manera de aferrarme a la vida que se diluye sin remite, o, podría ser sólo un síntoma de demencia lúcida esta actitud de buscar el lunar indecente de tu cadera cuando el colapso se presenta con las lentas garras de este oso perezoso con saco y corbata. Hoy se acaba el mundo y yo, absurdo, lúcido como nunca, en la rendija de tus besos, siento que comienza todo.

29/8/17

Habitar (nos)


Vamos a amueblar esta casa amueblada para que cada esquina respire nuestro aliento. Vamos a pensar en esa esquina, tan huérfana de afectos, tan necesitada de nuestro abrazo improvisado en una tarde tonta en que la lluvia y el dolor se queden fuera de estas paredes. Vamos a buscar una solución para el sofá, el mullido lugar en el que dejar que tu pecho sea mi almohada y que mis muslos sean tu sostén. Vamos a rompernos la cabeza para rehacer la cocina. Ya sabes: fogones de pasión, limpiador de tristezas, horno para los días de invierno incontenidos (e incontenibles), luces directas para las palabras hermosas que atesoramos para el otro, temperatura justa en la nevera en la que aplazamos lo urgente para sacar lo importante a la mesa del comedor de patas móviles… Vamos a amueblar esta casa amueblada para que seamos nosotros, y no las cosas, las que habitemos en las grietas invisibles de esta (de) construcción.