20/4/14

La sangre

Es la sangre del otro la que riega el progreso. El progreso de las religiones, el progreso de las naciones, el progreso de los tecnócratas, el progreso de los empresarios, el progreso…
La palabra mágica se repite en procesión, encapuchados cobardes, incapaces de dar la cara, pasean imágenes de madera para que el otro se postre ante ellas: iconografía de sangre, de martirio, de mentiras disecadas, mutadas en el tiempo, a conveniencia del progreso de los que dictan la fe (Fe. Dícese de la material fecal ciega por naturaleza de la que están compuestos nuestros miedos].
Progresa el hábil de manos en la mesa del trilero, el rápido de reflejos en el parqué de la Bolsa, el palabrero sin contención que ocupa los púlpitos, el engominado que esconde su mala baba debajo del capirote y que al terminar su día santo volverá a sus quehaceres impíos. Progresa en el escalafón el policía y progresa el lameculos; progresan las mujeres objeto al convertirse en mercancía y progresa el chuloputas que las comercia cuando abre oficina de publicidad y otras sabrosas bicocas. Progresa Dios y su industria milenaria, progresan los censores del mercado con su sapiencia en materia de gustos, progresan los poetas del régimen, los escritores que gustan de premios y cocteles. Progresan, sí progresan, los milicos metidos a mesías, los mesías metidos a gurús, los gurús metidos a anacoretas, y los anacoretas que regresan del desiertos infectados de santidad.
El engranaje del progreso se lubrica con sangre, con nuestra sangre. Lo sabemos y por eso no duele. Dóciles, dispuestos a dar el todo por la patria, por la fe, por el equipo de fútbol o por la puta madre que nos parió, entregamos nuestra sangre sin casi darnos cuenta. Somos los de “mantenimiento”, los que permitimos que este sistema funcione casi a la perfección [la perfección, téngase en cuenta, requiere de sobresaltos, conflictos armados, hambrunas y distracciones varias para fijar preferencias e instalar el miedo en los maquinistas de clase media que mantienen fijo el rumbo].

Es así de fácil. Y de doloroso. Para evitar las punzadas sólo hay que seguir adelante, progresar, no mirar al paisaje devastado que dejamos atrás ni a las víctimas “colaterales” que caen a nuestra vera. Por eso nos gusta tanto el progreso, es la perfecta huida que anestesia, la cuota de sangre mínima que debemos aportar a cambio de vivir dopados, sedados de alma, escasos de indignación. La mayor cuota la ponen los que realmente están bajo, aprisionados por el pesado lastre de la minoría, impotentes ante la arrolladora máquina de progreso que pasa a toda velocidad por delante de sus chabolas y de su miseria. 
“Si no salen de ahí es porque no quieren”. Si no salimos de aquí es porque no queremos. Es la única verdad del sistema y del progreso. Si quisiéramos, si realmente quisiéramos, dejaríamos de trabajar para ellos [y para ello] hoy mismo, tomaríamos plazas, edificios oficiales y templos, cultivaríamos en los parterres y en las fuentes, compartiríamos las sonrisas y comerciaríamos con los restos de su vergüenza “hasta agotar existencias”. Si quisiéramos comenzaríamos a vivir sin pedir permiso. No nos creeríamos el sueño productivo de los capitalistas oficiosos. Tampoco el de los marxistas oficiales. Construiríamos una comunidad llena de conflictos para los que encontraríamos solución entre todos. Pero eso no necesita de sangre, sólo de conciencia: conciencia de clase, de especie, de seres dignos. Sangre tenemos mucha y cuando falta se hacen campañas urgentes de donación. Dignidad… para eso no hay donantes, que es un asunto escaso en un territorio habitado solo por mercancías: unas inertes; otras, llenas sólo de sangre.

13/4/14

Extrañamientos III

La ciudad es extraña. Hace sol donde debería nublarse la mirada. Hay alegre bullicio inconsciente donde el silencio de velatorio podría marcar las horas. Unos jóvenes tocan, encorsetados, instrumentos nacidos para ser libres. Las autoridades subvencionan la estupidez en lugar de permitir que se desarrolle gracias al libre mercado. La máquina de tabaco escupe ginebra en lugar de ron. Y tu. Tú no estás. Así, desconcertado, trato de superar la loma para protegerme en nuestro universo. Justo antes de llegar, el tráfico me recuerda que nada ha cambiado. Al fin.


14 de abril

Te acuerdas. Tus abuelos cambiaron el anverso de la Historia y, durante un breve instante, nos hicieron dignos. Después llegó el silencio de la muerte, el denso hedor del miedo, la turbulenta quietud de los buenos, el desprecio cincelado en cada represa… ¿Y tu?, ¿y yo? Aquí tranquilos, inermes ante la humillación cotidiana, dispuestos a tragar polvo en cada giro del camino, cansados sin saberlo de ser quienes somos: malos herederos de una tradición rebelde que quedó en cada muro, de cada cementerio, de cada pueblo, de cada juicio si juicio, en el que nos fusilaron… ¿sientes, al menos, la herida?

30/3/14

Preguntas de un domingo con sol


Por qué seguimos fingiendo que sabemos lo que hacemos. Por qué nos empeñamos en tener razón cuando no atendemos a razones que no sean de nuestra propiedad. Por qué estamos tan seguros de lo que tiene que hacer el otro cuando nuestras vidas están llenas de zurcidos. Por qué fingimos paz cuando caminamos con los ojos inyectados en rencor. Por qué nos decimos conscientes cuando es la inconsciencia la única ciencia de nuestra precaria alquimia. Por qué. Por qué respiramos mierda en lugar de vomitar lo que nos contamina. Por qué vamos por ahí blandiendo las ideologías como cuchillos de cocina listos a tajar sandías. Por qué lavamos el carro y dejamos sucia la memoria. Por qué insistimos en sacar brillo a nuestras casas aunque dentro anide el silencio en el lugar de la alegría. Por qué llamamos a amor a lo que quizá sea posesión. Por qué insistimos en golpear con la cabeza las paredes en lugar de echarle cabeza a cómo derrumbarlas. Por qué carajo somos tan bien portados, tan respetuosos de la “legalidad vigente”. Por qué tenemos miedo de todo. Por qué. Por qué nos da miedo el miedo, las heladas, el punzón de la pasión, las cucarachas, la poesía o el helado de queso en lugar de protegernos de burócratas, empresarios, gestores y predicadores. Por qué seguimos fingiendo que nada de todo eso es lo importante. Por qué reciclamos, como obedientes ovejas, la lata cargada de azúcar y veneno que nos hemos metido dentro para que allá afuera alguien gane pata con su desperdicio. Por qué no me miras a los ojos. Por qué la policía se “ve obligada” a golpearnos y nunca es violenta. Por qué nuestros estallidos de dignidad son antisistema. Por qué el sistema no admite anticuerpos tan inofensivos como nosotros. Por qué sistema de tres nos tenemos que bancar las primeras comuniones y los últimos deseos cuando lo lógico es poner primeros los deseos para después comulgar con lo último que nos convenza. Por qué has leído hasta aquí. Por qué he escrito hasta aquí. Por qué. Por qué.

25/3/14

Somos lo que olvidamos

Han sido días de insulto. De insulto a la memoria y a la dignidad. Dos países paralelos que no saben del otro, una mentira tras otra alimentando la indolencia.
El país oficial se inventa héroes (de papel), consensos (que podríamos llamar renuncias), transiciones (que son leyes del silencio), democracia (que podríamos denominar enfermedad), progreso (que sería algo así como la acumulación de AVES que no van a lugar alguno).
Mientras una parte mínima, pero grande, del pueblo se manifestaba bajo una palabra en desuso (dignidad); otra, mucho más pequeña pero muy crecida gracias al altavoz de los medios, hacía cola para ver a un país muerto hace tiempo. Su entierro no es la señal de un nuevo tiempo, sino la siembra de la cizaña nunca resuelta, la concatenación de una era de medias verdades con otra de mentiras completas. ¿Y las mayorías? Las mayorías andaban preocupadas de un duelo medieval y globalizado de tipos en pantalón corto que les roban su dinero y su energía. Las mayorías son silenciosas cuando hay que hablar y vociferan en masa cuando un silbato les ordenan que lo hagan.
Hay que tener mucha fe en esta especie de mastuerzos para seguir luchando por y con ella, pero no hay mucha más salida.
En Europa, en la decadente y patética Europa se sigue llamando crisis a no poder cambiar de carro mientras se anhelan los tiempos en los que la plata salía de los grifos de las frías urbanizaciones de la clase media. ¿Dónde estaban los indignados? ¿Qué preguntas se hacían sobre su ‘bienestar’, sobre los miles de millones de humanos desechables que eran necesarios para que su ‘democracia’ funcionara?
Como en la Argentina del corralito, sólo hace falta un poco de pienso para que se abandonen las calles y se vuelva al cálido onanismo en espera de la jubilación. Ese miedo, a no tener jubilación, a no obtener el ‘merecido’ descanso del buen trabajador, nos tiene ahora asustados, atenazados, viendo un abismo donde apenas hay un charca putrefacta alimentada de nuestra escatológica historia.
Éramos fruto del olvido. Vivíamos cómodos arrastrando el olvido de las víctimas de una guerra vil, conviviendo con la falsa historia que nos hablaba de unas Corte de Cádiz, de generaciones de grandes escritores a los que no hemos leído, con el olvido de la esclavitud y sus beneficios, de la ‘conquista’ y su terrorífica y vigente herencia… No hacerse preguntas es convertirse en victimario; reclamar sólo cuando a ‘nosotros’ nos va mal es un ejercicio de cinismo histórico y de intencional amnesia.
Los jóvenes ‘revolucionarios’ de esta España lloran por la reducción en sus Erasmus; los jóvenes ‘revolucionarios’ subsaharianos se tiene que conformar con dejarse la piel en unas vergonzosas vallas que no ha  logrado quitar el sueño a los mismos que nos decimos hartos del sistema, decepcionados de la ‘democracia’, dispuestos a encabezar un cambio social. Nos mentimos más que nos olvidamos.
Y si somos lo que olvidamos, somos el Cid y Alfonso I, somos Pizarro y el cardenal Cisneros, somos  Torquemada y e Solón Virreinal, somos López el Negrero antes de llamarse Marques de Comillas y somos Primo de Rivera antes de ser Marques de Estella. Somos el enano gris dictador del siglo XX y el reformista que ahora enterramos, somos el aún vivo González renunciando al marxismo y el enano con peluca que medró desde el estalinismo que ahora se nos olvida.
Ya sé, ya sé que nos gusta recordar a Cervantes y a Tirso, a Ortega y Gasset y a Lorca, a Nadal y a Indurain, pero eso… el recuerdo selectivo y hagiográfico es una trampa, una trampa que no logra burlar a la historia de la verdad ni a los fantasmas que rondan este cementerio de lujo en el que vivimos.
Somos lo que comemos y comemos mierda. Somos lo que olvidamos y olvidamos la mierda de herencia que gestionamos. Somos la primera capa de una escombrera en la que no queremos escarbar. Somos nuestra propia mentira, somos indignos bramando dignidad.
Hoy llueve.