3/9/17

Para P.


La silueta de tu presencia lidia con tu rastro. No se diluye, no busca rutas alternas, no sube en autobuses ni en tranvías. Jamás transita en dirección al ruidoso abismo de los atascos y las derrotas. La silueta de tu presencia es una ausencia presente, un siempre-estar-ahí tenue y poderoso que me enraíza en lo posible.

Ω


Hoy se acaba el mundo y una estúpida tranquilidad me hace buscar el tacto intacto de tus nalgas. Es, quizá, una manera de aferrarme a la vida que se diluye sin remite, o, podría ser sólo un síntoma de demencia lúcida esta actitud de buscar el lunar indecente de tu cadera cuando el colapso se presenta con las lentas garras de este oso perezoso con saco y corbata. Hoy se acaba el mundo y yo, absurdo, lúcido como nunca, en la rendija de tus besos, siento que comienza todo.

29/8/17

Habitar (nos)


Vamos a amueblar esta casa amueblada para que cada esquina respire nuestro aliento. Vamos a pensar en esa esquina, tan huérfana de afectos, tan necesitada de nuestro abrazo improvisado en una tarde tonta en que la lluvia y el dolor se queden fuera de estas paredes. Vamos a buscar una solución para el sofá, el mullido lugar en el que dejar que tu pecho sea mi almohada y que mis muslos sean tu sostén. Vamos a rompernos la cabeza para rehacer la cocina. Ya sabes: fogones de pasión, limpiador de tristezas, horno para los días de invierno incontenidos (e incontenibles), luces directas para las palabras hermosas que atesoramos para el otro, temperatura justa en la nevera en la que aplazamos lo urgente para sacar lo importante a la mesa del comedor de patas móviles… Vamos a amueblar esta casa amueblada para que seamos nosotros, y no las cosas, las que habitemos en las grietas invisibles de esta (de) construcción.

31/12/15

2016: el año de los radicales

A ver si es verdad y se confirma en este año que comienza el apocalipsis anunciado por la televisión, por los políticos de la poltrona y por la iglesia de transformistas purpurados. Ya sabéis… andan preocupado por la cantidad de radicales que habitan los parlamentos y por prácticas insanas como el asamblearismo, la democracia, la honestidad o la transparencia [vicios todos para ser mentados pro no practicados].
Por eso, en mi lista de deseos y propósitos para el nuevo año está de número uno: “Radicalizarme”. Pensaba que ya lo estaba, pero constato con pavor que me falta mucho para poder provocarles el pánico necesario a esta banda criminal que nos desgobierna y nos saquea todo los días. El adjetivo radical formará parte intrínseca de mi nombre y buscaré la forma de generar desazón y zozobra en todos aquellos que usan la corbata como guadaña y la falda como mortaja.
Los radicales a los que temen no son en realidad radicales, pero son útiles para su sainete. Los radicales –antisistema, etc, etc- a los que temen hablan de rescate ciudadano en lugar de rescate bancario, anhelan el empleo en lugar del emprendedurismo, se refieren a la concordia antes que a la competitividad y se atreven a poner encima la soberanía de los pueblos en lugar de la pétrea constitución dictada por los poderosos. No es tanto lo que piden. Si realmente fueran radicales –antisistema, anticapitalistas, antipatriacales- igual estaríamos hablando de renacionalizar todos los servicios públicos y los sectores estratégicos, de fijar un súperimpuestos a las transacciones financieras, de clavar un IRPF del 58% a las SICAV, de acabar con la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, de acabar con la educación concertada [de acabar con la educación privada, en realidad], de establecer el aborto libre y gratuito, de acabar con el 100% de los privilegios de la Iglesia católica, de acabar con todas las leyes mordazas que nos atenazan, de abrir las fronteras dese la fraternidad y la racionalidad, de romper la perversa cadena oligopólica de las cadenas de supermercados, de instalar la revocatoria directa a cualquier cargo electo…. En fin… si fuéramos radicales seríamos radicales. Estos cabrones [hombres cabrones y mujeres que se comportan como hombres cabrones] tienen la suerte de que somos los radicales útiles que ellos quieren en lugar de los radicales libres que deberíamos ser.

Pues eso, este 2016 será el año de los radicales… nosotras decidimos de qué tipo.

18/11/15

Miedo, miedo, miedo

Es el miedo a perder lo que tenemos lo que nos convierte desconfiados y algo avaros. Nuestras dudas a la hora de abrir el corazón a desconocidos surgen del miedo a ser lastimados. El miedo al fracaso nos impulsa a no saltar los riachuelos de la vida y es el miedo a la desilusión el que contiene nuestros deseos. Miedo a comer lo que nos envenena, miedo a mirar lo que nos conmociona. El miedo al saber cierra los libros y el miedo a dudar es el que alimenta nuestros prejuicios. Tenemos miedo de casi todo: de la velocidad y de la quietud, de la poesía y de las Variaciones Goldberg en las noches de insomnio que las parieron, de la naturaleza en su expresión más pura y de la pureza cuando no está recubierta de prevención. Tenemos miedo a casi todas las horas del día: cerrar los ojos puede ser el preludio de una tormenta en forma de pesadilla y abrirlos a veces es tan doloroso como encarar la vida. Nos da miedo solicitar, con la luz prendida, el oscuro deseo sexual que amasamos en el silencio de una educación castrante; también nos da miedo no dominar, no ser capaces de rayar las paredes con el nombre de la persona amada o de gritar a mediodía que lo queremos entero… Tenemos miedo de los policías, de los jueces, del burócrata que nos ignora y del abogado que nos sojuzga. Tenemos miedo del padre violento y miedo a parecernos a él. Sin duda, nos da miedo la vejez, la podredumbre del cuerpo mientras la cabeza sigue procesando temores, y nos da miedo no ser suficientemente jóvenes como para cambiar de rumbo. Nos dan miedo las encrucijadas y los túneles, los aviones y las patinetas. Nos da miedo besar a la rana y nos da miedo el gluten o la lactosa. Nos da miedo el Estado Islámico, las bombas y las oscuras noches iluminadas por rayos. Los perros sin bozal, las rosas con espinas y los ladronzuelos de barrio nos dan miedo. Nos da miedo la piel de un color diferente al nuestro y nos da miedo lamer de la piel que nos provoca el sudor de su desconsuelo. Nos da miedo no pisar la tierra aunque nos den miedo los bichitos que en ella se esconden. Las arañas, las cucarachas y las serpientes unas veces nos dan asco y otras nos provocan miedo. Tenemos miedo a los comunistas y tenemos miedo a las listas de los escuadrones de la muerte en la que, por una torpe casualidad, podemos figurar (nosotros que nunca hicimos nada). Los agentes de frontera gringos nos dan miedo y también las gentes que atraviesan las fronteras desde la noche de los tiempos. Nos dan miedo los que viven sin dinero y los que saltan de tren en tren allá donde hace décadas no hay vías ni andenes. Nos da miedo el futuro de nuestros hijos y nos paraliza de miedo el presente de nuestros hijos. No hay espejo que no nos dé miedo en alguna mirada esquiva y es extraño el día que no sentimos miedo al cruzar la calle equivocada en la que se agazapa la enésima amenaza de nuestra historia. Nos da miedo la Historia porque de conocerla no seríamos lo que somos y nos gusta engañarnos sobre lo que seremos para no tener miedo a lo que vendrá. Las utopías nos dan miedo porque, en caso de creer en ellas, nos obligarían a caminar. El silencio nos da mucho miedo; por eso nos cobijamos de él en los centros comerciales y en los audífonos de marca. Nos da miedo la soledad, casi tanto como el aburrimiento, y fingimos seguridad con tal de no reconocer que tenemos miedo a la duda. Tenemos tanto miedo a la enfermedad que no preguntamos antes de empastillarnos y la vigilia es tan atemorizadora que utilizamos drogas de diseño para no mantener la cabeza despejada ni el corazón aterido por el gélido acontecer de nuestro tiempo. Es el miedoso el que pierde la partida en el recreo escolar y es el miedo el que permite que desperdiciemos horas y horas en video juegos que recrean la vida que nosotros sólo alcanzamos a imaginar. Nos da miedo imaginar porque entonces sacamos las patas del fango y volver a él es una perspectiva feroz. La memoria da miedo y ese miedo nos empuja a la amnesia personal y colectiva. Miedo a dudar de dios, miedo a vivir sin él, sin su juego de cartas trucado. Miedo a confiar en las personas y miedo a las personas.

El miedo es uno de los motores más efectivos de control de nuestras sociedades. Somos tan miedosos que un atentado más o un terremoto de menos no hace la diferencia. Suponen sólo momentos álgidos de esta vida atemorizada que habitamos. Somos tan extraños… que a lo que debería darnos más miedo le confiamos buena parte de nuestras vidas: al mercado, a los poderes políticos, económicos y religiosos, al azar. Vivir sin miedo da miedo. Pero, les advierto: una vez que se prueba, ya no se quiere volver jamás a ese estado de enajenación que provoca el pavor que nos enseñan desde que nacemos. Inténtenlo.

15/7/15

Sin miedo hacia la unidad popular

Los procesos políticos contrahegemónicos nacen sembrados de miedos. Miedo al fracaso, miedo al triunfo, pero miedo también a las corrientes internas, miedo a la gente para la que decimos trabajar, miedo a que no haya ‘control’, miedo a perder los galones que nunca sirvieron de mucho, miedo a la institucionalidad y miedo a los movimientos sociales, miedo a no ser lo que creemos ser…
Por eso, cualquier iniciativa en busca de la unidad popular debe prescindir del miedo y jugar con cierta osadía despreocupada.
Los últimos meses han sido complejos para los que anhelamos esa unidad popular cocinada a fuego lento. He aquí algunos de los factores que creo que nos han afectado:

-       Las prisas electorales: la presión de lo electoral responde a la necesidad de desalojar del poder a aquellos políticos que están siendo tóxicos para nuestras sociedades. Pero esa prisa y esa necesidad han provocado mutaciones políticas y apaños postelectorales que pueden lastrar el futuro.
-       La abducción: los partidos tradicionales han decidido dejar de pelear con los ‘emergentes’ y cada uno ha elegido pareja. El PP ha optado por la familia tradicional y se ha casado con Ciudadanos. El PSOE ha decidió tener una aventura más incierta y progre y, después de negarse a pronunciar el nombre de su amante, ahora le propone compartir piso en La Moncloa.
-       La mimetización: Ganar, ganar, ganar… esa es la palabra que se repite en un mundo donde los perdedores son leprosos sin Lazareto en el que esconderse del escarnio. Para ganar no hay que desalambrar, dicen los gurús del nuevo milenio: más bien la técnica es mimetizarse con el enemigo para que sus votantes te voten. El problema es que en el camino se pierde lo poco de auténtico que se tiene. Si ser socialdemócrata en el siglo XXI es la nueva política, entonces el fascismo también puede tener un buen espacio de crecimiento.
-       El tactismo: No es nuevo el tactismo, pero sí está adquiriendo dimensiones bíblicas en estos meses. Todo es válido a cambio del asalto a unas instituciones que, a la velocidad que se modifican los programas, se convertirán en unas organizaciones de ‘rescate ciudadano’ sin capacidad para intervenir en los problemas estructurales o para mermar el poder de los mercados sobre el ejercicio de la política.
-       El votante mediático: si la irrupción de Podemos fue impresionante en las Europeas, no lo ha sido así en las autonómicas. Es cierto que ha entrado en los 13 parlamentos en juego con 1,7 millones de votos conseguidos y que, teniendo en cuenta que no existía hace año y medio, es un buen resultado para un partido emergente. Pero no lo es para una organización que aspira a cambiar todo gobernando. Podemos ha incidido más en el resto de partidos políticos que en el electorado. Desarticulada la participación masiva en los círculos locales e institucionalizada la propuesta, Podemos parece seguir la hoja de ruta que le marcan los medios y el establishment para poder ser aceptado en el club de los que esperan gobernar.
-       El enemigo: algunos han considerado que el enemigo es el PP, cuando, tal y como se está demostrando en el caso de Grecia, el enemigo real son los mercados, el capital. Son los que mandan, esté el PP, el PSOE o el PRC en el poder. Son los partidos que, por “razones de Estado” siguen apoyando o siendo ambiguos con el TTIP o con los nuevos acuerdos con las fuerzas armadas de EEUU para la ocupación de bases militares. Al capital no le molestan los partidos emergentes mientras no toquen la estructura en la que se apoya su beneficio sin límites. Por tanto hay que tener claro que si se quiere cambiar el estado de cosas habrá que situarse en posiciones de extrema incomodidad apoyados en un aparato complejo y efectivo de comunicación y, ante todo, en un sólido músculo movimentista de base.
-       Los lastres: hay lastres para cualquier proceso de confluencia plural. Casi todos nos podemos convertir en lastre. Pero identificaré algunos con claridad. Uno es el de los partidos que se creen, desde hace décadas, con el monopolio de la izquierda. Fracasado su proyecto, contaminados en territorios concretos (como Extremadura  o Andalucía), incapaces de apoyar a su propio candidato, aferrados a su dogma y a sus estrategias de coaptación de todo lo que se mueve, Izquierda Unida en Cantabria ha demostrado que no ayuda. Sus discursos de cambio ya no son creíbles y algunos de sus miembros siguen jugando a una estrategia tóxica que llega al fracaso en busca del beneficio propio. Creo que muchos de sus militantes están cansados de una estrategia que lo único que ha hecho es poner a esta formación al borde de la desaparición y también estoy seguro de que esas militantes son activos magníficos para la confluencia plural. Tampoco ayudan los ‘medradores’, que los tenemos de muchos pelajes, a los que les gusta el poder y controlar los procesos. Los ‘trolls’ tienen oportunidades allá donde los movimientos o los procesos son débiles, pero tampoco hay que tenerles miedo. Contra los paracaidistas lo que funciona es el trabajo y la acumulación de diversidad.

Cualquier proceso de unidad popular real tendrá que nacer de la alegría de hacer política sin prejuicios, desde una izquierda no dogmatizada que sin vergüenza de su historia no se sienta presa de ella. Cualquier proceso de confluencia no tactista deberá partir de ciertas verdades, de no tener miedo a reconocer que Podemos ha supuesto una ruptura, pero que de seguir por la ruta que ahora transita será un a herramienta insuficiente. No hay boicots a Podemos, hay desborde ciudadano, hay necesidad política de ir más allá de los eslóganes y de los cálculos meramente electorales.

Todo militante que ha estado involucrado en anteriores intentos puede caer en cierto pesimismo, en un nihilismo político paralizante. Considero que el pesimismo o el derrotismo es una manifestación más del miedo. Miedo a equivocarnos o miedo a no conseguir lo que anhelamos. La realidad es que lo que no se intenta no puede acontecer y que somos fruto de la acumulación de errores y aciertos. Nos toca aportar nuestra cuota a la historia.