1/8/09

Publicado el martes 28

EL MALCONTENTO
¿A quién le toca ahora?


Paco Gómez Nadal


Somos débiles. Como ciudadanos y ciudadanas somos muy débiles. Dependiendo del momento pasamos de ser simples contribuyentes, a damnificados o reclamantes sin futuro en medio de un corte de carreteras. Y, en los momentos más lamentables, pasamos a ser “El Pueblo”. Los extremos se tocan. Somos pueblo cuando algunos iluminados populistas de izquierda deciden provocar una revolución en nuestro nombre partiendo de la teoría foquista y aseguran, con seguridad abrumadora, que nos falta conciencia de clase –cosa cierta, pero que no justifica que tomen decisiones por nosotros-. También somos pueblo cuando, en el otro extremo, unos tremendamente ejecutivos populistas de derechas deciden que ha llegado nuestra hora. La palabrita es útil en todo momento, siempre y cuando sea solo un eslogan publicitario.

Durante los procesos electorales escuchamos incesantemente arengas que prometen un accionar para responder al pueblo, pero cuando se llega al gobierno se suelen anunciar medidas “poco populares” para favorecer a ese mismo pueblo. Un enredo. Inauguramos en Panamá un gobierno populista, una necesidad histórica de todo país si se logra analizar bien. No porque vaya a lograr cambios sustanciales en el derrotero de cemento y vidrio de Panamá, sino porque sin quererlo de tanto repetir el mensaje de que “Ahora le toca al pueblo”, el pueblo se lo puede creer y empezar a exigir sus derechos.

Si el populismo de Martinelli logra devolver a los ciudadanos a la política, será ganancia. Pero en el camino vamos a tener varios cadáveres. Uno es el de la institucionalidad. El modelo de “presidente-sheriff” que va por el país tumbando paredes, poniendo vallas publicitarias sin firma, y ordenando acciones espectaculares va en contra de toda institucionalidad democrática –que debería funcionar sin necesidad de tener un superhéroe mediático al frente-. Otro cadáver es el de lo público: nadie quiere que el presidente viaje utilizando su tarjeta de crédito platinum, sino que utilice bien los recursos públicos. Uno tercero es el de la justicia: no necesitamos este goteo incesante de filtraciones o denuncias mediáticas sobre los actos de corrupción del gobierno saliente; lo que precisamos es que los responsables de tales actos vayan al banquillo de acusados y paguen por sus fechorías. Y el cuarto cadáver –que no es exclusivo de gobiernos populistas- es el de la verdad: que queda enterrada bajo una inmensa cantidad de lemas facilotes y frases de cajón que caminan entre el nacionalismo rampante y los tópicos políticos más gastados. De hecho, una de las cosas más interesantes de la puesta en escena populista es que cuando hablan apelan a la “cruda verdad” y logran una empatía brutal con los ciudadanos a punta de mentiras.

Y mientras… seguimos sin modelo de desarrollo para el país. Ni lo tenía Torrijos, que obvió todos los esfuerzos de planeación de la Concertación Nacional o de los pactos de Estado anteriores, ni lo tiene Martinelli –rodeado de estupendos asesores de imagen y con un coctel de medidas llamativas que sorprenden, pero no construyen-. Por eso, ‘Ahora le toca al Pueblo’, es verdad. Porque si la sociedad civil no se organiza, no discute, no reflexiona antes de creer este aluvión de promesas parecido al maná celestial… puede verse sorprendida, una vez más, cuando haga balance dentro de cinco años.

Si es la hora del pueblo, entonces hay que escucharlo, hay que respetarlo, dejar de tratarlo como un ejército de pobres que hace filas kilométricas paraacceder a las migajas de este festín de millonarios. Si es la hora del pueblo, digamos de qué pueblo, quién entra en esa categoría, o si entramos todos. Si ahora le toca al pueblo, el Gobierno va a necesitar de asesores “populares”, porque la mayoría de sus altos cargos no lo han visto de cerca en su vida –excepto cuando el pueblo ha sido empleado de sus empresas-. Me había prometido no escribir sobre este gobierno hasta que se cumplieran los 100 promisorios días. Ven que mi fuerza de voluntad es limitada frente a la fuerza de los hechos –y de las vallas sin dueño-.