11/8/09

La cáscara y la pulpa

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

El Estado se ha convertido en una especie de contratista de contratistas. Construye y hace cosas, más o menos eficientemente –más menos que más-, sin echarle cabeza al por qué de las cosas o el para qué de ellas. La mayoría de quejas que diariamente salen en los diarios de comunidades llorosas por la falta de atención estatal tiene que ver con construcción. Estamos en el mundo del bloque.

El trío mágico de peticiones en las comunidades suele consistir en: educación, salud y electricidad. Aunque, en realidad, lo que piden es escuela, centro de salud y torres de energía, ya que nadie se preocupa por el contenido de las edificaciones sino por las construcciones en sí.

La cinta costera es un ejemplo que apuntala mi tesis, pero es mucho más dramático buscar la confirmación en pequeñas comunidades rurales donde se levantan aulas de clase preñadas de sobre costo, centros de atención sanitaria más vacíos que la cuenta corriente de un mendigo y electricidad que en lugar de traer desarrollo viene con la televisión a cuestas.

Un médico ngäbe calificaba hace unos meses esta trilogía como “la mentira del desarrollo”. Lo hacía desde una comunidad con necesidades básicas insatisfechas y partía de una reflexión más que acertada: “Vaya a las comunidades que tienen escuela, centro de salud y energía desde hace 20 años y mire si han salido de la pobreza…”. No, no habían salido porque era pura forma sin fondo, ladrillos sin masa gris, aparente atención estatal y verdadera desidia de Estado.

Esto no es solo culpa de los gobiernos, hacedores irreflexivos que corren contrarreloj para apuntarse éxitos mediáticos, sino de unas sociedades que se emboban con la cáscara brillante de la fruta y se olvidan que el licuado que alimenta se hace con la pulpa.

Leo un análisis sobre el mal estado de las escuelas, otro sobre el mal estado de los parques, es fácil oír lamentos sobre el triste aspecto de los hospitales, pero no es tan habitual escuchar debates de fondo sobre la calidad o el tipo de educación que acontece dentro de las escuelas, o sobre medicina preventiva o atención humana a los pacientes… Eso no solo depende de presupuestos, sino de cabeza y sensibilidad.

Es decir, el problema no está en si se fusiona o no el Inac con el Ipat sino en el trasfondo filosófico de la decisión (si es que la tiene); lo más grave no es que en las escuelas haya goteras, sino que los docentes vayan desganados a repetir lecciones mal aprendidas repletas de imaginarios y prejuicios nocivos para la salud; lo más triste no es que falten medicinas, sino que desde unos cuantos pasos antes a los pacientes que buscan el sistema público se les trate a las patadas como si fueran ganado; la pregunta no es cuántos baches tiene la carretera a Darién (unos dos millones) sino para qué sirve, qué concepto de desarrollo territorial ha pensado el país para una zona como esa; la disyuntiva no era ampliar o no el Canal en función de presupuestos y complejidades ingenieriles, sino qué país se quiere tener en 25 años y si es el de empleados de servicios o el de autogestión y sostenibilidad; el reto no es solo bajar el costo de la canasta básica, sino plantearse por qué el país no produce ni da acceso democrático a alimentos de calidad y en la cantidad suficiente para poder presumir de soberanía alimentaria…

La lista de pulpa venida a menos es interminable y el peligro de las cáscaras es que puestas en un mal lugar pueden provocar una resbalada monumental. Hay que provocar los grandes debates para encontrar las pequeñas soluciones. Por desgracia estamos en la era de la ‘productividad’ y las ‘cifras’ y los gobiernos tienen pánico a pensar porque eso se podría traducir en inactividad. Las personas también estamos atenazadas por ese temor. Se ensalza al que hace, se aparta al que piensa. Por eso el nuevo presidente gusta tanto, por la imagen de “hacedor”.

Sin embargo, algunas cabezas pensantes son necesarias en cualquier fórmula de éxito. Dudo que desde los gobiernos o desde los platós de televisión se colabore a redefinir el modelo de país más allá de los bloques de cemento, por eso es imprescindible que periódicos, grupos civiles organizados, vecinos, obreros, estudiantes y demás sectores del país se den a la tarea de pensar para proponer. Parece un trabajo estéril, pero es siembra para futuro, fruta fresca entre tanto fruto seco.