21/8/09

Nubes con palabras

Desde la nube en la que me sosiego me llegan palabras prestadas:

"Dichoso aquel que una mañana
de repente
se aparta del camino que anduvo cada día
durante muchos años hasta el inapelable
distrito del deber
(...)
Dichoso aquel que un día desanduvo la vida
hasta alcanzar la paz de lo no aconsejable'


La nube me conoce perfectamente. Sabe cómo acariciarme con el algodón de su vaho, sabe dosificar humedad y ternura, besos preñados de cielo y palabras cosidas con pespunte a la espalda de mi conciencia. Las palabras -bendito regalo de quiénes saben juntar emociones, y separlas, y dosificarlas, regando puntos y comas, guiones alargadores, paréntesis promisorios o corchetes que secuestran el aire- son la materia prima de las nubes. Los físicos, que no tienen ni idea de cuál es la materia de la que está compuesta la humanidad, se empeñan en hablarnos de vapor, de condensación, de cúmulos y estratos... pero obvian que las nubes en las que nos podemos encaramar se van construyendo palabra a palabra, emoción a emoción, beso a caricia, sueños contra desvelos. La paz de lo no aconsejable, esa otra plataforma desde la que observar este mundo sin paz, es sin embargo, una vereda tan anhelada como repudiada. Lo razonable, lo aconsejable, suele pelear de frente con lo vital y la vida, así, no deja de convertirse en una sucesión de eventos aconsejables que destruyen lo hermoso que teníamos dentro en el minuto cero.
La nube no entra en ese terreno de "lo aconsejable". Lucha, luchamos, contra las convenciones que enredan lo que no tiene enredo, que complican lo que debería ser agua de quebrada corriendo a la desembocadura, cantarina, dichosa. Mi nube, que es tan tú, es el único espacio dichoso donde puedo imaginarme y allá, protegido en los pliegues blancos que me dispones, quiero reconvertirme en el biencontento malhumorado al que siempre he aspirado ser.