13/10/09

Irresponsable indiferencia

EL MALCONTENTO

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Digo yo que debería ser un asunto de egoísmo. Claro… que si yo quiero vivir en un planeta habitable, que si quisiera que mis hijos que no tengo crecieran en una sociedad que no tienda a la autodestrucción, que si me importara mi salud o mi vejez apartaría la indiferencia y la cobardía del menú de mis actitudes.

No parece así. En la posmodernidad líquida y desquiciada la indiferencia a todo lo que no sea consumo se ha impuesto. La inmensa mayoría vive en una burbuja insensible que solo se ablanda en épocas decembrinas o cuando la televisión nos avisa de la llegada de la Teletón. La actitud de protección —“no quiero ver, no quiero sufrir”— es tan cortoplacista que anuncia desastres mayores. El sistema de comunicación, por si fuera poco, con sus mensajes reiterados, logra que veamos como un peligro público a todo aquel que sí lucha por lo suyo, que defiende lo colectivo, que se alza contra las injusticias: un neochavista fusión del Che y Bin Laden que puede carcomer los cimientos de tan precaria convivencia con el peligro. Los revoltosos, los radicales, los izquierdistas, los apocalípticos –como los bautizara Umberto Eco-, los que están en contra del progreso… en fin, los que hay que mantener bajo vigilancia por si acaso cobran más fuerza de la permisible.

La indiferencia se cierne como la peste de nuestros tiempos. Pueden matar a una mujer en la calle a plena luz del día y la mayoría de ciudadanos mirará de lejos mientras unos pocos optarán por marcar el 104 para que los servicios de “limpieza” estatal recojan los restos y limpien la escena del crimen, para que se olvide rápidamente. Pueden poner diques al mar, vender nuestros ríos o cercenar montañas, y nosotros, frente a la pantalla de plasma, estaremos preocupados por la clasificación al Mundial de Fútbol de Argentina o emocionados ante un premio Nobel de la Paz otorgado a futuro.

La indiferencia nos convierte en sombras de seres humanos, más crueles que si fuéramos victimarios, más ausentes que si fuéramos víctimas. Vemos caminar a un puñado de indígenas y campesinos que defienden nuestro futuro y miramos a otro lado o pensamos que mejor estarían trabajando en lugar de “vagabundear”; quizá financiados por potenciales terroristas, quizá simplemente porque no tienen metas y proyecto de vida como nosotros, que aprendimos a vivir en las clases del MBA de Administración de Empresas o leyendo el Selecciones. Vemos como cada día maestros, obreros, desempleados, periféricos en fin, llegan a las puertas del poder a protestar y pensamos que afean el Patrimonio de la Humanidad, que provocan atascos de tráfico en la ciudad, que ya está bien, que un poco de orden vendría bien. Y no vemos, porque la ceguera social lo impide, que cualquier día podemos engrosar las filas de los excluidos, que la línea que diferencia el dentro del afuera es muy delgada, que cada vez el afuera se hace más y más grande mientras el adentro tiene que construir muros mayores y contratar más guardias de seguridad para no sentirse amenazado.

Por eso, hoy, apelo a su egoísmo (y al mío). Tenemos, debemos, dejar la cobardía a marcarnos, a perder algo en el camino, a sufrir. Debemos hacerlo si queremos dejar un mundo habitable para otras generaciones, si queremos cumplir con nuestra responsabilidad histórica (que no consiste en acumular sino en ser parte de este entramado y mejorarlo), si queremos, al fin, dormir tranquilos, con la sensación de no solo ser buenas personas sino de haber aplicado esa bondad con los otros.

Ayer, 12 de octubre, muchos de los que sí luchan, muchos de los que no se callan, muchos de los excluidos de la fiesta de la opulencia y la supuesta comodidad estuvieron en la Plaza Catedral recordándole al presidente Martinelli que quien vende la patria, que quien vende su tierra, está vendiendo a su madre. Es posible que ni usted ni yo hayamos asistido a la marcha pero, al menos, le pido que sea consciente de que ellos y ellas están trabajando por nosotros, por nuestro mundo, por nuestro futuro. Sin indiferencia hacen la diferencia.