25/11/08
SABIDURÍAS III
Víctor ve clara la necesidad de Dios para que el hombre sea completo. Y aunque yo no esté de acuerdo, ni seguro de no estarlo, Víctor habla con tripas, espíritu y alma –“las almas respiran en la armonía, respiran en el ritmo”, Zambrano-, y por tanto me alimenta: “Usted sólo con sus creencias de la tierra no puede dominar nada. Usted tiene que corporarse como creador. Ese poder, ese espíritu, ese amor ya nos lo dio a nosotros. Somos nerviosos porque somos de carne y hueso, y ahí no está el poder. Nosotros –a través del mambe- pedimos ese poder, ese espíritu para uno romper el nervio, ese miedo, por eso es que yo digo que uno debe saber entrar y salir. Si usted no sabe salir, entró y ahí queda encantado, y… ¿quién le va a sacar de esa conexión?”.
Salir es tan importante como entrar y, en nuestra búsqueda, los occidentales somos especialistas en entrar, pero no siempre vemos las señales de Exit bien claras. Nos enredamos en relaciones que no sabemos dejar, viajamos a lomos de drogas que no sabemos descabalgar, entramos en la espiral de la ambición sin saber cuando parar la rueda… Cuando no encontramos la manera de salir, llega la enfermedad, la depresión. Mi madre siempre dijo que la depresión existe desde que alguien nos contó que la tristeza era una enfermedad. Antes, según su teoría, a eso (a la depresión) le llamaban tristeza y era tan normal como arrancarse los pelos de la nariz. Demasiado sencillo, aunque con un punto de razón. Víctor cree que eso que los occidentales llamamos depresión es un tipo de ‘enredo’. Demasiado sencillo, pero con otro punto de razón.
“Eso ocurre que uno está enredado –dice Víctor-. Piensa muchas cosas que no puede lograr, que no puede salir de ese abismo. Ahí hay que deshacer el camino, pensar para qué vino al mundo, qué herramientas le faltan, dónde se quedó enredado y quién sabe desenredarlo, quién le puede ayudar a quitar esa basura, quién le va a dar la mano ahora que está metido ahí, quién le va a sacar de esa palizada, quién lo va a limpiar. Y… el único que tiene ese machete filo, esa escoba de barrer, ese tractor para tumbar muro… ese es el creador. De nuevo es poca la fuerza terrestre, hace falta la fuerza divina. Poner la mano en el pecho, decir perdóneme los errores, cámbieme este corazón de piedra por un corazón de carne. Y es uno mismo el que tiene que cambiar de corazón… porque el sicólogo igual que uno es humano. El médico ayuda en una parte, pero en lo espiritual no puede”.
SABIDURÍAS IV
] “¿Por qué será que los blancos o los mestizos no han podido entender las cuestiones de la naturaleza? La están acabando irracionalmente. Con las maderas que se encuentran, con las minas, con todo están acabando. Cómo será que están acabando con todo y, más tarde, cómo quedará esto. No va a haber animales en el monte, no habrá aves, ni peces, y al no haber esos animales cómo será la vida de los indígenas, de mis hijos… hasta ahí llegará, la vida se acaba. Hemos hablado mucho de esto con la compañera, con los hijos… Miramos desde aquí, desde esta cárcel que es la ciudad.
] “(…) Esa parece ser la idea de los blancos, de los mestizos, y son unas ideas como destructivas: tanto acabar con la naturaleza como con el mismo ser humano. Hasta acaban con la misma madre tierra, porque cuando meten la carretera es como mochar (cortar) pedazos de nuestra madre. Nuestra historia dice que estamos hechos de tierra, de madera de una palma que se llama Memé, y de un palo que se llama Chanú, de allá venimos nosotros. De eso hizo nuestro Dios a los indígenas. Todos eso que se ve alrededor son nuestros hermanos. Todo lo que usted ve alrededor tiene un espíritu. Lo que pasa es que los blancos no saben comunicarse con eso.
No lo hacen en parte porque no quieren saber, porque nosotros los indígenas se lo hemos dicho desde que vinieron las primeras lanchas con españoles…. Les venimos diciendo qué significa la brisa, porque esas hojas suenan así… todo eso se lo hemos dicho desde hace siglos. Entonces es porque no quieren saber. Ellos de pronto piensan que están trabajando para el futuro, pero para nosotros eso no es futuro, eso es acabar el futuro, condenarnos a todos a la muerte del cuerpo y del espíritu.
]Los blancos saben y parece que no saben. Yo creo que es porque no quieren saber. Se tapan los ojos, se tapan los oídos para no saber”.
23/11/08
SABIDURÍAS II
(...) Para Víctor, el occidental tiene un excesivo apego a la razón, una desconfianza patológica a todo lo mutante. De algún modo, la paranoia de los indígenas con las leyes naturales –a las que se aferran como para no perder el sur-, se reproduce en los occidentales con las leyes de la razón –la obsesión por llegar a paradigmas científicos inamovibles, a verdades absolutas que, a fin de cuentas, son sólo absolutas hasta que otro científico avanza en el camino del conocimiento y demuestra que hay otra hipótesis más sólida, más absoluta-.
También tiene que ver con la forma de aprendizaje del occidental, que transmite paradigmas sin potenciar lo que Estanislao Zuleta llamaba el “trabajo del pensamiento”. Zuleta, al igual que Víctor, critica la escuela y la esclavitud del aprendizaje, pero desde una perspectiva de la búsqueda de la libertad, de la “búsqueda del descoyuntamiento crítico de las nociones, los valores y los prejuicios (…)”.
“Así, una educación que transmite el saber en el mismo proceso con que refuerza las resistencias al pensamiento produce uno de los logros más nefastos de nuestra civilización: el experto o científico que hacen aportes y que, fuera del campo de su especialidad, son las ovejas más mansas del rebaño, se atienen a las ideas y valores más dominantes, y conservas incontaminadas por su saber las más extravagantes creencias con tal que sean lo suficientemente tradicionales y colectivas como para que no les planteen problemas con su medio”, concluye Zuleta.
Los indígenas no creen en la razón como único asidero para subsistir, para progresar. En su discurso, el pasado es presente necesario que construye el futuro anunciado. Lo terrenal necesita de lo espiritual, aunque la tierra sea su única referencia cierta. Para un murui muiname, como para la mayoría de los indígenas americanos, nada es posible sin la fuerza de un creador, de un padre de origen que dictó unas leyes naturales y un conocimiento que se conserva gracias a la palabra amanecida que se divulga a través de los caciques y de los sabedores.
Víctor cree que los occidentales tratamos de solucionar todo entre seres humanos y nos falta la energía de ese creador. “El problema es que sólo sienten la fuerza terrestre. Nadie con la fuerza terrestre hace, sino con la fuerza divina. Toca aprender desde un principio. Nadie nació sabio en este mundo. Nosotros aprendemos a través de otro compañero y lo que sale por su boca no es él, es la palabra divina. Muchas veces miramos los defectos de esa persona… no hay que mirar porque son iguales a nosotros, son humanos los que nos enseñan. No mirar, escuchar”.
Y para escuchar, los murui muiname se refugian en la noche, cuando todo está tranquilo, cuando los seres bajan la guardia y están frescos para escuchar y en sus sueños mascullan el eco de las palabras para ponerlo en acción al día siguiente. Quizá esta lógica tan efímera es lo que provoca la desconfianza de Víctor hacia las escuelas occidentales. Desde su mirada, el conocimiento comienza en casa y se fundamenta en el amor, en la práctica cotidiana del amor al otro.
“El amor de los occidentales yo lo que he observado, es que no más dicen de la boca, lo dicen por la lengua no más, pero no lo emplean, no lo cumplen. Para cumplir el amor hay que dar, hay que satisfacer, no sólo decir (…). Eso no vale. Mucha máscara, en vano.
“El amor primero hay que dialogar, de noche. Al amanecer el día, hay que poner mano a la obra. Hay veces que ustedes creen que el amor es sólo sexo. Va pasando de mano a mano, nosotros no, lo que uno consiga hay que dar vida, hay que educar lentamente. Porque si el amor no lo educa, dónde está. Nosotros no somos animales, somos humanos, somos gente.
Algunos saben quiénes son. Para saber quién es uno hay que reconocer la familia. Primero, en el hogar, papá y mamá esos son los maestros. Si uno en el hogar no les da esos brindis y piensa que en el colegio les van a brindar eso…. No, allí van debilitando, van quedando porque eso allá ya está planificado en los libros. Es importante saber quién es el abuelo, el bisabuelo, de dónde procedemos. Y eso nos lo tienen que contar papá y mamá…”.
Nos tocaría pues, volver a escuchar y a confiar. Ese valor se ha perdido, igual que se ha diluido la necesidad social de ser reconocido, no para recibir la palmadita en la espalda, sino para comprobar que nuestro esfuerzo, que la tarea de descoyuntar nuestro pensamiento sí ha valido la pena. Ambas cosas –escuchar y confiar- tienen mucho que ver. Uno escucha cuando confía en la honestidad intelectual y moral de su interlocutor. Cuando, aunque no se esté de acuerdo, incluso pensando que el que habla defiende planteamientos descabellados, siente que hay corazón, que hay tripas comprometidas en el discurso.
María Zambrano, esa mujer que encontró en la palabra el poder que puede alimentar al cosmos, la que nos salvó al decirnos que no hay desdicha para “aquel hombre que puede contarse su propia historia”, habría encontrado un filón de pensamiento si el concepto de ‘palabra amanecida’ hubiera caído en su mesilla de noche. “Forzoso es aceptar que al mirar a este último período lo encontraremos lleno de ciencia y conocimiento puro. Pero pobre, inmensamente pobre, de todas las formas activas, actuantes del conocimiento. Y entendemos como activas las que nacen del anhelo de penetrar en el corazón humano. Las que se encargan de difundir ideas fundamentales para hacerlas servir como motivos de conducta en la vida diaria del hombre vulgar que no es ni pretende ser filósofo ni sabio. Formas que no descubren ni inquieren, sino que transforman lo inquirido y descubierto en “ideas vigentes’”. Es decir, que al final Zambrano habla de conocimiento amanecido, puesto en práctica, vigente, pertinente, necesario, humano, soñado, completo, parte razón, parte emoción, parte humanismo, parte espiritualidad –diría Zambrano religiosidad-.
22/11/08
SABIDURÍAS I
} Dicen los murui muiname, los tuyos Víctor, que para que la comunicación sea auténtica, efectiva y útil, deben darse cuatro momentos. El momento del pensamiento, que implica pensar positivamente, sin mantener pensamientos secretos (dañinos porque el que mantiene el secreto niega su identidad, que es la pureza). El momento del corazón, cuando todo pensamiento se lleva a la luz del amor, al hacerlo, todo pensamiento negativo o secreto se podrá exteriorizar sin atacar a nadie, y todo pensamiento positivo llegará hondo, al corazón de los que escuchan. El momento de la palabra, donde el pensamiento que se ha llevado al corazón se expresa en palabra dulce (vuestra forma de hablar de la palabra sabia, necesaria, pertinente), que no ataca ni hiere sino que atrae, une y construye. Y, por último, el momento de la obra, el momento de las consecuencias reales de lo que se dice".
} En la forma de entender el mundo de los murui muiname no hay coherencia si la palabra no se corresponde con el pensamiento y no se aplica en acciones concretas. No vale aquello de “haz lo que yo diga, no lo que yo haga”. La contundencia de la acción relacionada con la palabra es la que otorga la credibilidad a un líder comunitario verdadero. La palabra así toma sentido si quien la escucha identifica al sabio y lo respeta. Escuchar y hablar es lo que se hace en la maloka después de lograr la conexión con la madre y el padre.
} Víctor cree que el occidental tiene atrofiado ese sentido de la escucha. Algo nos pasa que él no comprende. “Es raro, nosotros que somos culturas ancestrales tenemos la palabra nueva siempre y ustedes, que son nuevos, tienen la palabra vieja”. Desde la mirada de este cacique, los occidentales desperdiciamos el caudal de sabiduría de nuestros propios ancestros, cuando, según él, “desde que aprenda una persona nueva, la palabra es siempre nueva, no como en los libros”. La escuela es un lugar donde “el conocimiento se arruma como discos antiguos”, un lugar donde se enseña, fundamentalmente, el valor del éxito, no el precio de la búsqueda. La palabra, al quedar impresa y archivada, deja de pronunciarse y pierde vigencia. En la cultura murui muiname cada vez que se rememoran los mitos del origen, éstos se adaptan a la situación del que los requiere. La temporalidad no es un problema, el espacio no cambia: siempre es el espacio sagrado del intercambio. Se mantiene pues, lo que dijo el primer indígena colombiano que quiso dejar un ideario propio. Quintín Lame ya dijo que los libros de los blancos no sirven como única fuente de saber: “se han envejecido (…) sin aprender a pensar”.
Serie, Sabidurías
Espero sus comentarios o sus silencios, ambos son igual de potentes porque sé que cuando la palabra se siembra el trabajito ya está hecho: cada cual cosecha en su momento.
Gracias mil.
A desalambrar
21/11/08
En lo que ando
20/11/08
19/11/08
Minga Nacional de Resistencia Indígena
CARTA ABIERTA A LA MINGA NACIONAL DE RESISTENCIA INDÍGENA Y POPULAR
YA VENCIÓ LA PALABRA
Paco Gómez Nadal
Ya venció la palabra. En este mes largo de movilización nacional, de resistencia pacífica, de camino, de palabra amanecida, de soportar humillaciones e intentos de sindicación, de solidaridades, de amenazas, de la energía del arcoiris, de hombros que se tocan, de almas que se escuchan… en este mes largo ya venció la palabra. Da igual lo que se negocie, es indiferente si el gobierno o los medios de comunicación masivos y comerciales siguen invisibilizando lo más hermoso de la realidad, en nada influyen las escasas indiferencias ni las ruines estrategias del poder: la Minga Nacional de Resistencia Indígena y Popular ya venció.
Yo, hombre blanco occidental, cargado con la responsabilidad histórica de mi pueblo, dispuesto al reencuentro en la banca de la sabiduría o a la sombra de un palo frondoso, les quiero insistir en que su ejemplo moral (algo cuyo valor no se enseña en la escuela) ya nos ha dado alas, nos ha hablado de dignidad, de vida, de futuro. A ustedes, hombres y mujeres de los pueblos indígenas, a los que tantas veces se les ha acusado de estar anclados en el pasado (los occidentales no distinguimos muy bien ese término del de tradición), están dado una lección de futuro posible.
Construir un futuro posible y justo, no solo para Colombia sino para la Humanidad, pasa necesariamente por la unión de los pueblos (la Minga lo ha hecho), por la solidaridad del camino (así está siendo), por la defensa a ultranza de la dignidad frente a los poderes hegemónicos político, económicos, culturales y mediáticos (ese es su principal aporte), por las plataformas de reivindicación generosas (su agenda política es para el país no solo para los pueblos indígenas) y por los actos de vida frente a los de violencia (eso los ha diferenciado del Estado en esta Minga heroica).
En esta carta abierta quiero agradecerles en mi nombre y en el de muchas ciudadanas y ciudadanos que nos hemos sentido orgullosos de habitar el mismo planeta que ustedes y tranquilos al saber que por encima de la ceguera generalizada de este mundo urbano y adormecido ustedes han sabido conservar la energía de los seres humanos que se saben libre y dignos. Su actitud ejemplar es movilizadora, no lo duden y muchos ya no podremos dejar de movernos en la misma dirección después de estos meses de octubre y noviembre de 2008. Sé que muchas veces antes se han levantado y han dado ejemplos similares, pero tengo la sensación de que esta vez han sido conscientes de verdad del poder real de la movilización masiva y popular.
Nadie podrá acabar con los movimientos sociales, pero ahora son los movimientos sociales los que empiezan a tomar la palabra. En realidad, están cambiando su propio nombre para convertirse en la Minga Nacional de Acción Indígena y Popular.
Buena suerte y un abrazo de hermano menor. Para lo que necesiten, para lo que necesitemos, nuestras almas, las de todas y todos los que hemos estado cerca de la Minga, están prestas.
18/11/08
El Malcontento de hoy 18
Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
Lo bueno de las teorías es que si se dicen frente a un micrófono con la suficiente seguridad y cara circunspecta casi siempre cuelan. Por ejemplo, si mañana el presidente francés se planta en una conferencia de prensa y asegura con contundencia que la crisis financiera mundial es culpa del excesivo consumo de caramelos de menta, habrá voces que alaben la hipótesis. Igual ocurriría si alguna de nuestras autoridades ambientales justificaran el aeropuerto marítimo en pleno archipiélago de Las Perlas porque así las ballenas deben rodearlo y ese ejercicio extra ayuda a la forma física de las bestias (¿quién es la bestia en este caso?).
Aquí lo importante es el peso público de quién suelta la teoría y la seriedad y reiteración de los argumentos. Si se dan cuenta, la mayoría se creyó eso de las armas de destrucción masiva que se escondían en Irak, casi el 100% de los humanos aplica cada día esa teoría estúpida de que trabajar hasta reventarse el lomo por unos dólares ennoblece, y, si no fuera por la imagen de Delgado Diamante, hasta nos podríamos creer que su ‘incidente policial’ pasó por algún juzgado de turno que olvidó dejar constancia de la diligencia.
Mi hipótesis sobre las teorías flaquea ante la doble clase sobre el delito que nos dieron la semana pasada Mireya Moscoso, una mujer con gran autoridad moral para hablar de delincuentes y por Rodrigo Cigarruista, el suplente en la banca de DDD. La primera volvió a sacarse de la manga su famosa Mano Dura, aquella que aplicó con placer casi libidinoso en los últimos días de su gobierno contra pobres muchachos pobres, mientras repartía indultos a terroristas reconocidos, otorgaba concesiones dudosas y compraba unos modelitos de lujo para no ir por ahí andrajosa.
El segundo, Cigarruista, nos explicó que "para cometer un delito se requieren tres elementos: deseo, capacidad y oportunidad”. Y añadió: “nosotros no tenemos el control de que una persona tenga el deseo y la capacidad, lo único que podemos controlar es la oportunidad". Quedé perturbado, lo reconozco. Jamás había escuchado una explicación tan clara, ni repasando los capítulos de CSI, ni recordando algunas de las conversaciones claves de James Bond o de Batman en su persecución del mal. Pero quiero señalar un error que cometió el ministro encargado, quizá por los nervios de la comparecencia pública.
Fíjese señor ministro (e): la oportunidad es lo que no puede controlar. Porque para hacerlo debería evitar la ostentación de la riqueza de algunos, debería modificar el modelo de consumo desenfrenado que nos lleva a acumular estupideces en la casa que son robables o a comprar carros que brillan a los ojos de los ladrones provocando un incontrolable deseo de delinquir. La oportunidad no depende de usted. Si se trafica con droga es porque existe la oportunidad de vendérsela a los gringos o a los españoles cocainómanos; si se secuestra es porque existe la oportunidad de cobrar una cuantiosa vacuna; si se corrompe a los funcionarios públicos es por la magnífica oportunidad de hacer negocios que hay en el país…
No señor Cigarruista, no se enrede. El tema está en el deseo. No es que yo lo quiera animar a controlar todos nuestros deseos, eso le quitaría mucha emoción a la vida y atentaría contra el modelo de sociedad de consumo, donde la satisfacción del deseo es el único momento de verdadero placer del ciudadano. Pero sí puede concentrarse en modificar el tipo de deseos que acorrala a algunas personas y que puede hacerlos delinquir. Por ejemplo: si los jóvenes de Curundú, el Chorrillo u otros barrios excluidos de Panamá no se despertaran con el deseo palpitante de un apartamento decente donde no vivan hacinados, o con el deseo voraz de comerse un filete especial con papas y ensalada, o con el ingenuo deseo de estudiar en la universidad, o con el tonto deseo de cierta justicia en el reparto del botín del país, es probable que algunos de ellos no se torcieran ni se dedicaran al pandillerismo o a la delincuencia (una manera rápida y eficaz de sublimar el ‘deseo’ de venganza).
Piénselo bien, señor ministro (e). Su antecesor –bueno, en vacaciones ahora- tuvo un deseo irrefrenable de matar a un subalterno y él buscó la oportunidad, que esa siempre se presenta. Si hubiera controlado el deseo, probablemente no habría muerto ni enredo. Cambie de estrategia y quizá consiga ver realizado el deseo nacional de que la ex presidenta Moscoso también se tome unas vacaciones sine die.
[En este mundo de locuras repetidas hace falta valor, como escribe PFP, para perseverar. C. recarga fuerzas: “Hace falta valor / para seguir siendo si se sabe, / a-ciencia-cierta,/ que vencen y fracasan / eternamente los mismos, / que la impunidad que da nausea, / que el cruel desahucio / legisla, castiga y predica / cómodamente a sus anchas”.]
17/11/08
La cooperatio revolutum
Reflexiones sobre la cooperación, el mundo partidito en proyectos y la desactivación de lo político.
Paco Gómez Nadal
¿Cuál es la verdadera intención del sistema de cooperación internacional en caso de existir una?, ¿qué efecto han tenido los miles de millones de dólares ‘invertidos’ en países del tercer mundo en las últimas décadas?, ¿a quién sirven las élites profesionales que con chaleco en ristre reparten cheques y fórmula de desarrollo por medio planeta?
La cooperación internacional, y hasta la nacional, es uno de esos temas vedados para tratar en público. La buena intención que se le supone -como la valentía al soldado-, el principio del mal menor –mejor que esa plata llegue a que se dedique al hoyo financiero-, y hasta las formas de lo políticamente correcto impiden que se construya un pensamiento crítico serio acerca de la acción de las cooperaciones oficiales y de las ONG.
Llegaría así la primera pregunta: ¿son lo mismo? En un alto porcentaje sí. Son realmente pocas las Organizaciones No Gubernamentales que son realmente No Gubernamentales. La mayoría se alimenta de dinero público llegado de diferentes instancias. Las ONG, en su mayoría, representan el sector mercerizado de la cooperación, la buena cara de estrategias más complejas que tienen que ver con el mapa de la geopolítica y con ciertas formas novedosas de colonización económica, cultural y política.
Las pocas ONG que no obtienen la mayoría de sus ingresos de los estamentos públicos, tienen un mayor margen de libertad y se les nota, aunque en su caso la perversión pasa por la necesidad de recaudar fondos privados apelando a la misma sensiblería y marketing que una marca de chocolate. Durante un tiempo pude colaborar con una de las más reconocidas en su aparato de comunicación. Ahí aprendí como recaudan el 70% de sus ingresos en los pocos días de Navidad, “cuando la gente es sensible al mensaje”. Adoptar simbólicamente a un niño en Asia, pagar una cuota mensual para defender a los defensores de los derechos humanos, o donar un pírrico porcentaje de la compra semanal para engañar al hambre en Sudán son actos de compra, de consumo, al igual que lo sería comprar un pavo, un nuevo ipod o una moto. La diferencia es que al apoyar a una ONG se compra conciencia y una autoimagen complaciente y tranquilizadora. Luego entraré a analizar la acción de ONGs y Cooperación, pero no está mal un pequeño adelanto de realidad con las palabras de Femi Kuti, músico africano lenguaraz y directo como pocos: "Las ONG dicen estar trabajando, pero no se las ve. Las Naciones Unidas organizan conferencias inservibles. Los músicos occidentales promueven conciertos benéficos sin ningún resultado. ¿Recuerda aquella canción, We are the world? Han pasado más de 20 años y todo sigue igual".
Si hablamos de las cooperaciones internacionales oficiales la cosa es más evidente, excepto para los que trabajan en ellas. Diplomacia alterna disfrazada de corderito, canal de distribución de presiones e ideas vestido de novia simpática y solidaria, dinero y dinero derrochado en estructuras inservibles para que unas cuantas migajas lleguen a alguna comunidad que no pudo elegir en qué se invertía la plata.
Todas presumen ahora de sus métodos participativos, de tener en cuenta toda la listica de palabras de moda como sostenibilidad, incidencia, componente de género, productivo, evaluación y monitoreo, metas… un bla, bla, bla perverso que camufla la ineficacia y la necesidad de que la ayuda sea eterna para eternamente influir en realidades ajenas. ¿No les parece que si realmente se evaluaran deberían cerrar sus oficinas después de décadas de fracasos repetidos? ¿Es acaso este mundo mejor o más justo que el de hace 50 años?
No sé si estarán de acuerdo con la similitud en la acción de cooperaciones oficiales, cooperación intergubernamental (De la que la reina es la inoperante Organización de las Naciones Unidas) y la mayoría de ONGs, pero es fundamental para entender que en la siguiente relación de afectaciones que causa la misma no distingo entre unos y otros (cada cual sabe cuál es su grado de responsabilidad).
a. La cooperación como salida laboral
Todo es justificable. De hecho en nuestras vidas privadas así lo hacemos: tenemos razones para fumar y para dejar de fumar, para acumular y para no hacerlo, para reciclar o para decidir mandar todo mezclado al vertedero (hay que darle trabajo a los pepenadotes). En el mundo de la cooperación esto es un axioma. Cuando se comenzó a ‘profesionalizar’ la solidaridad el argumento era que había que tener a las y los mejores profesionales al servicio de la causa y que para eso había que pagar lo mismo que en una empresa privada, reconocer el valor del trabajo, no halar del voluntarismo.
Suena bien, para que negarlo. El problema es que con este argumento se eliminó de un tajo el compromiso político o, cuando menos, ético con el Otro. El recorrido es estándar. Como en una empresa, el joven cooperante entra en prácticas por un salario bajo, casi anecdótico. La baja remuneración se compensa por cierto heroísmo reconocido en el círculo social primermundista más cercano. Después, comprende el polluelo que hay una carrera por construir un largo recorrido de siglas que desmenuzan mejoras salariales considerables y una calidad de vida más que razonable sin perder mucho del halo heroico.
Al final, tenemos una élite cooperante, que habla varios idiomas, se desenvuelve como pez en el agua en lo étnico y que temblaría ante la terrible posibilidad de que el hambre y las guerras acaben porque tendrían que trabajar en el departamento de contabilidad de IBM y se perderían esta vida llena de ‘experiencias’. Son, sin duda alguna, la encarnación del flaneur de Bauman ["The flaneur is a witness, not a participant; he is in, but not of the place he walks; a spectator of the never-ending spectacle of crowded urban life; a spectacle with constantly changing actors who do not know their lines in advance; a spectacle of no beginning nor end; no unity of time, place or action" (Zygmunt Bauman 1992)].
b. La vida es un proyecto
Las organizaciones que gestionan los miles de millones de la cooperación no son especialistas en el pensamiento complejo: es decir, no saben que la vida es compleja. Como funcionan según las normas de las leyes de mercado tienen que diseccionarla en productos o en proyectos (que a la postre son lo mismo) que sena medibles, contabilizables, que permitan demostrar resultados según el esquema del libro de cuentas.
Resulta que la vida no es así, y menos en los países del tercer mundo, donde la distancia más corta entre dos puntos jamás es la línea recta. La fragmentación de la cooperación en proyectos ha fomentado la reorganización de los movimientos sociales de base para dar respuesta a esa estructura, ha desconectado las acciones antes concluyentes y ha desactivado buena parte de la fuerza de las comunidades.
Hay, por supuestito, un mercado de proyectos. Oferta y demanda, duplicación de acciones, repetición de las mismas. Un indígena colombiano relataba hace un tiempo cómo recordaba los primeros proyectos que llegaron en los años 80 de la cooperación holandesa. “Era de esos de hacer huertitas en las casas”. Según él, y de manera metafórica: “30 años después, todos los proyectos son igualiticos”.
Cambia eso sí, la moda, lo que vende en el momento. Hay años en que lo primordial es el género, otros en los que es la institucionalidad, la gobernabilidad, el cambio climático o la incidencia en políticas públicas. Si se quiere estar en el mercado de los proyectos solo hay que estar al tanto de las tendencias y adaptarse de manera pragmática a formularios, marcos lógicos y evaluación de metas.
c. Adiós política, adiós conciencia
Si hay una energía irreemplazable en las comunidades esa es de la conciencia política. Un movimiento social fuerte es una organización donde el motor nunca es la plata, sino la conciencia y la conexión con las bases. Para que sea así, deben confluir dos factores: tener base real (algo de lo que casi ninguna ONG puede presumir) y formar a la misma en la reflexión crítica y la formación política.
Al escribirlo ya me doy cuenta de que suena anticuado. La cooperación fomenta la existencia de movimientos sociales semiprofesionalizados que canalicen recursos y ejecuten proyectos fiscalizados por ONG y financiados por la cooperación.
Los parámetros de la cooperación no permitirían, además, una partida que explícitamente dijera: “formación política de las bases populares” (se consideraría políticamente incorrecto) o una que hablara de “gastos de transporte y alimentación para asambleas políticas”. Sin embargo, se multiplican los fondos para talleres y capacitaciones tan inútiles como costosos gracias a los cuales los expertos tenemos trabajo y los ahora funcionarios de los movimientos sociales comen bien durante un par de días y gestionan nuevos fondos para su organización en los corrillos informales del mercado de proyectos.
El resultado es pavoroso. Tenemos movimientos sociales en otro tiempo aguerridos y fuertes, debilitados al extremo, tan preocupados en mantener la estructura funcionando que olvidan su objetivo inicial. Y, del otro lado, vamos convirtiendo a las comunidades en ejércitos de pedigüeños a la espera de un nuevo proyecto que alimente la precaria economía formal de la cooperación (y las corruptelas que comporta).
d. La falsa participación
El discurso democrático occidental de la cooperación contempla, por supuesto, la participación de las comunidades en el diseño de su modelo de desarrollo. La realidad demuestra que, al igual que en la democracia, esto es solo un requisito formal o, en todo caso, estético.
La verdad es que en las oficinas de Naciones Unidas en Nueva York o en Ginebra o en los corredores de la Comisión Europea sesudos expertos en cooperación internacional, derechos humanos o desarrollo humano definen las tendencias y las prioridades.
Daría igual lo que una comunidad considere prioritario so esto no está alienado con los Objetivos del Milenio o con las prioridades estratégicas de la UE. Las ONGs saben qué vender a cada cooperación, conocen lo “que les gusta”. En el fondo, y a pesar de los esfuerzos por disimular, el eurocentrismo y el gringocentrismo siguen mandando en la relación entre la cooperación y los movimientos del tercer mundo. Los primeros disimulan y se comportan horizontalmente. Los segundos se aguantan la verticalidad porque es equivalente a dinero fresco.
Cualquier reflexión como esta debería comportar alguna propuesta de solución. O eso se supone que es lo constructivo. No la tengo. O la que tengo no les gustaría. Yo refundaría todo porque creo que el sistema está tan viciado que no puede ser reformado desde dentro (véase el fracaso del intento de reforma conservadora de la ONU). De momento, creo que no se puede ser cómplice, o que si se es por necesidad (de trabajo, de recursos o de acompañamiento) hay que ser muy conscientes y trabajar para su propio fin -y no para su reproducción infinita-. El regreso al compromiso, a la solidaridad entendida como hermanamiento y no como tutela, a cierta militancia de lo civil (no de grupos o sectas como hace unas décadas), podría ayudar a reconducir las relaciones. Sé que no he dicho mucho, pero prometo volver sobre el tema. Desde que constato sobre el terreno el terrorífico efecto de la cooperación tenía la necesidad de, primero, vomitar esto para los amigos y amigas más cercanas. Pero le daré forma, trataré de construir, partiendo de estas palabras, un texto que se pueda compartir y que, con un poco de suerte, pueda construir.
Amaneceres II
Mudé morral por maleta y humedad por clima controlado. No es tan difícil: solo tres aviones mal aliñados donde las aeromozas sonríen de plástico y la compañía duerme el sopor. Unas comidas de cartón piedra, revistas manoseadas por quiénes no leen y tarjetas de emergencia que no ayudan a vivir sino a evitar la estúpida muerte imprevista. Cuando aterrizo en la normalidad me siento un extraterrestre. Cada día, cada-día-de-estos, me cuesta más adaptarme a las necesidades imperiosas de quiénes me dan de comer. La destreza de conferirle importancia a todas estas estupideces se me está dañando y yo, preso de tantas preguntas como esquirlas de la noche, me dejo ir para no sentirme en el vientre del enemigo.
La tenencia
Tengo buenos amigos, ron de 12 años, trenzas postizas, palabras liberadoras, libertad empalabrada. Tengo amor en dosis mortíferas, tengo aliento, alimento y sustento. Tengo un pantalón que me cubre y una ruana prestada para las emergencias, una vela para prender fuegos y hasta un aparato para escribir varios te quiero. Tengo, cuando lo tengo, un hueco calentito en corazones ajenos, un abrazo de hermano, algunas ausencias que me duelen por su tamaño. Hay días que tengo frío, tragos atragantados, camas sin deshacer, sábanas prestadas y lágrimas en el recuerdo. Otras veces, amanezco en sudor y tengo un temblor de piel, un arranque de dignidad, incluso tengo en esas jornadas la fuerza de quien se mira al espejo sin mudar gesto ni estampa.
Tengo, cuando se trata de tener, las cosas fundamentales protegidas con espumas y mareas. Y allá, en el vaivén de la vida, ellas navegan entre mis dudas y tus vientos.
Más amaneceres
El contagio
Hay ya pocas posibilidades de ocultar la sombra propia ante tanto desdén. Cuando el resto duele, la piel y los días dejan de gozar el sol y las gotas de rocío, para convertirse en cómplices de la noche y las escaramuzas. Las justificaciones son paridas sin control en nuestras vidas de mentira. Todo, todo, todos, todo tiene-una-buena-razón-para-ser y, sin embargo, ahora me parece mucho más claro que nada, nada, nadie, nada puede poner como excusa una balada ni un tremor. Ha llegado el momento de ser coherentes si decimos que el resto somos nosotros.
En ese camino hay que ser cuidadosos al extremo. Acontecen encuentros con personas que ya llegaron a mirarse al espejo y renacieron para poder convivir con el reflejo. Esos seres, extrañas criaturas de ligereza peligrosa, tiene el poder de contagiar su enfermedad a los que en una noche de conversa o en un paseo de descargos osan a escuchar y a sentir el ritmo de sus batallas.
Para qué ser coherente, pregunta el hermano de murallas vírgenes y vírgenes acumuladas. Para contagiar bro, para contagiar, para provocar pequeños tsunamis de dignidad que vayan arrinconando a tantas almas adormecidas, a tantas caras camufladas en la rutina castrante de vivir. Lo demás, es profilaxis, miedo a la roncha en la delgada epidermis humana, pánico al estornudo que moviliza, a las segregaciones del otro revueltas en nuestras entrañas.
Gracias
Agradecido a los aviones y a las lágrimas, trato ahorita de permanecer en esta encrucijada. Imposibilitado para añorar, tentado a poseer, provocado para pedir más, me hago fuerte en la gratitud para constatar que pocos seres han estado en los lugares que yo frecuento. No es visita permanente, ni siquiera habitual, pero frecuento la felicidad como el caminante que evita gastar demasiado el mismo andén para conservar la sorpresa de lo desconocido.
13/11/08
Vuelve el insomnio... y sus texticos
La ceguera tiene solución, aunque los científicos sean ciegos a esta afirmación contundente, excluyente, nada esperanzadora. Cierran los ojos porque la perspectiva sería abrumadora y dolorosa. Ver es doler. Ojos indispuestos ante las lacerantes verdades que arroja la calle, la vida.
Al caminar, los pies pasan por delante de una rejilla de madera. 40 cm x 40 cm que muestran otros pies. Los del desheredado por mi y por ti que duerme en este hueco que algún día tuvo otra función práctica.
La ceguera, cuando tiene solución, es dolor. Y es acción. Quedarse inmóvil, sin pestañear, cuando el velo de la ceguera ya no turba es admitir que no somos humanos, que se puede seguir viviendo como si no se estuviera viendo. La pregunta, en este punto de retornos, es ¿hasta dónde?, ¿hasta dónde mover los resortes de la decisión y de la acción? La coherencia, una vez que se practica es tan necesaria como la vista pero, al igual que esta, no hay sino que cerrar los párpados para olvidarse de su necesaria presencia.
Alturas
Añadir 170 centímetros más a estos 3.600 metros de dignidad parecería poco prudente. Me pregunto, pequeñito y casi sin aliento, como puedes respirar y sonreír al tiempo en este universo cargado de botas y quebrantos. Sin tener que hablar, me miras a los ojos, vuelves a reglarme una sonrisa, te ajustas el abrigo y pedaleas directa hacia el triunfo.
Una vez más, las razones para dar la pelea se alojan en almas irredentas, incapaces de cejar en el empeño de que vivir sea algo más que estar vivo.
4/11/08
El Malcontento /Elogio a la política
Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
Voy a hacer justicia. O, mejor expresado, voy a fijar posiciones porque mis desahogos semanales pueden llevar a confusión. Suelo descargar la ira personal, la rabia de ciudadano frustrado, en los políticos, que no en la política. Y no en cualquier político, tengo la mala costumbre y de nefastas consecuencias –como habrán observado- de poner nombre –o, al menos, apellido- a los políticos que considero perversos o, como poco, ineficientes o decorativos.
Cargo menos con el sector privado y, la verdad, es que lo considero mucho más nocivo que el público, entre otras cosas porque suele ser la plata de algunos empresarios la que mueve los hilos de la política local. No hay duda que el mercado sin control, tan legal en territorios ‘desarrollados’ y tan selvático en tierras tropicales, nos ha engullido y la marcha a atrás, si es que la hay, será profundamente traumática para poblaciones enteras educadas ya en las vitrinas de los centros comerciales (esas catedrales tetratétricas llenas de luz y espejitos).
Hoy quiero hacer justicia y defender a la política por encima de todas las cosas. La construcción de lo público requiere de la política y de los políticos. Creo que todos, incluido este articulista, somos culpables de haber satanizado la política. Es ahora desagradable que alguien exprese en público que tiene aspiraciones políticas. Las miradas de resquemor y de desprecio marcan a esa persona que, si tiene pudor, suele desistir del intento. Un niño o una niña en la escuela tiene vergüenza de decir que su papá o su mamá se dedica a la política. No es un ‘trabajo’ de moda.
No hay problema, sin embargo, en presumir de sueños empresariales. Si el niñito dice que de mayor quiere ser millonario provocará la carcajada benevolente de los presentes que, por supuesto, nunca se cuestionarán el hecho de que para ser millonario hay que delinquir o especular –si es que no es lo mismo-. No tengo nada en contra de los millones, pero es que las cuentas no salen: para que unos pocos tengan tanto, otros muchos deben vivir en la frontera de la miseria y la explotación.
Por eso reivindico y redignifico el hecho de ser político o de hacer política. Necesitamos a las y los mejores en la política. No a los mejores empresarios, ni a los mejores artistas, ni a los mejores burócratas… lo que necesitamos es a la gente más inteligente y honesta. Servir a lo público debería ser un orgullo, no un sacrifico. Si lográramos que la política volviera a ser un territorio de esperanzas, los ciudadanos saludaríamos con respeto a los que se dedican a ello, agradeciendo que su inteligencia esté a nuestro servicio. En este sentido, sin ser yo un partidario pasional de Barak Obama sí reconozco en su discurso palabras que puedan construir un entorno político diferente, de imaginación y emoción, de entrega y construcción. Y de eso se trata la política: de construir lo social, lo de todas y todos, un modelo de país y de mundo en el que quepamos y podamos vivir con dignidad.
Recordaba estos días como en América Latina las mentes más lúcidas llegaron a la presidencia o lideraron procesos revolucionarios. Participaron en la política de forma contundente personajes como Domingo Sarmiento en Argentina (autor de Facundo) o Rómulo Gallegos en Venezuela (los míticos Doña Bárbara o Canaima), los muralistas de México (como Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros), Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez en Nicaragua, Roque Dalton en El Salvador… La lista es larga. Perdón, era larga. Ahora escasean los ejemplos y eso ‘criminaliza’ la política.
Solo tenemos malas noticias desde esa vereda: corrupción, connivencia con intereses privados, enriquecimientos legales pero ilegítimos… Por eso es tan difícil creer en los políticos. Aun así, renunciar a la política es entregar nuestros países a los maleantes o tercerizar el Estado, que es lo que han estado buscando los pillos neoiliberales desde que el Consenso de Washington diera las órdenes precisas al respecto.
Creo en la política y ojalá que vuelvan los hombres y mujeres honestos e inteligentes a coparla. ¡Oh cielos! Me levanté demasiado soñador hoy. Perdón.
[C. recupera parte de un poema de Dalton que trata del papel de la palabra, de la posición ética de quienes estamos en los medios: “ay del traslado del crimen hacia los hombres de los débiles: “ay de las complicidades / ay de las delaciones /ay de los servilismos /ay de los soplos al oído del verdugo /ay de las tolerancias /ay de las mentiras matutinas y vespertinas…”. Tomo nota]
30/10/08
Y esta es la elegante respuesta del señor ministro
Respuesta de Blades a Gómez Nadal
29 DE OCTUBRE. Desde mi participación en las elecciones de 1994, he sido blanco de insultos, calumnias y mentiras, métodos propios de la inmadurez de quienes, carentes de argumento, utilizan el ataque ad homine, tal como hace usted, aseverando sin prueba alguna que estoy “regalando descaradamente el país”. Le pedí que sustentara su acusación y no lo ha hecho.
Su excusa de “un inofensivo artículo de opinión” resulta carente de entereza. Admita la realidad: usted afirmó algo que no es cierto. Exijo una disculpa porque no acepto mentiras sobre mi persona, o mi trabajo, y menos de un testaferro traído para despotricar contra los panameños. No le censuro que use mi nombre para hacerse notar, pero aparte de insultar ¿qué es lo que realmente ha hecho usted por Panamá? Su escrito no provoca sonrisas, si no carcajadas. “La carta de disculpas se rebeló contra su autor”.
¡Qué imagen tan patéticamente cursi! Nuestra gente no se sonríe ante su amargura y prepotencia; por lo menos haga el esfuerzo de conocernos un poco. Venga a nuestras oficinas para hacer un debate sobre sus acusaciones, filmado y grabado, para hacerlo público y que todos escuchen su posición. Muéstrese, descubra al público el rostro de quien vierte todo ese veneno, descalificando a otros sin mostrar argumentos concretos y reales. La principal cualidad del intelectual es su curiosidad y usted no la posee. Nunca se interesó en obtener una entrevista, que con gusto le daríamos, porque no le interesa obtener información. Su prejuicio lo lleva a escribir presuntuosa y arrogantemente, con giros rebuscados, exceso de pompa y poca sustancia, propios de un escritor mediocre. Esta es mi “inofensiva” opinión acerca de su persona.
Es poco probable que acepte nuestro reto y me temo que tampoco obtendré sus disculpas, pero espero conocerlo cuando termine mi servicio público. Aparte de las sonrisas, hay un par de cosas más que me encantaría darle, también gratis. Al público lector de La Prensa le imformo que el formato del periódico nos obligó a recortar nuestro escrito original a 377 palabras. Para leer la versión completa de esta respuesta, puede ir a la página de internet http://www.atp.gob.pa de la Autoridad de Turismo.
Rubén Blades
29/10/08
Les regalo la belleza
"Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que alimenta.
Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos -tediosos de libertad- se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón"
28/10/08
La 'respuesta' a Blades
EL MACONTENTO
Exijo una disculpa pública
Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
El honor es cosa de la élite económica, política o social del país. Bueno, siempre ha sido así. Incluso en la época de los duelos de honor a espada o plomo los únicos que perdían el tiempo con tamaña estupidez eran los nobles o los advenedizos que querían serlo. Los pobres, siempre tan ocupados con esa extraña tarea de sobrevivir, nunca invertían su pingüe capital de tiempo en soberana demostración de complejo fálico y exceso hormonal.
Nada ha cambiado. ¿Se imaginan a la esposa del hombre al que mató DDD en un “incidente policial” exigiendo que reparen su honor o su prestigio?, ¿están preparados para recibir cartas de los campesinos del interior pidiendo disculpas públicas a todos los que los han ido expulsando de sus territorios a cambio de monedas engañosas?, ¿qué ocurriría si todos y todas las jóvenes de nuestras universidades se batieran en duelo con nuestras autoridades educativas ante el insulto que supone entra a las aulas para salir con menos coeficiente intelectual del que se tiene al ingresar?
Son solo algunos ejemplos que me han motivado a autoconferirme el papel de portavoz de las mayorías inertes para pedir una disculpa pública en este medio por parte de todos nuestros altos funcionarios –no todos-, incluyendo los de administraciones anteriores. Disculpas por construir un país de neón cuyas luces ocultan la pobreza y la exclusión lacerante de una buena parte de la sociedad. Esta vez vamos a cambiar las tornas. Normalmente, tenemos que soportar que cualquier funcionario que se siente criticado por su gestión pública –claro, nadie les explicó lo que significaba eso de “pública”- haga declaraciones ampulosas pidiendo rectificación en bien de su honor y el de su familia. En la actual administración, se repite el estribillo: “Esto es una campaña política, un montaje, una infamia. Esto es… que te lo digo yo…. Esto es”. Y con él, repitiéndolo muchas veces, se logra tapar el sol con un dedo. También pedimos disculpas públicas a los empresarios –no todos- que se enriquecen día a día a costa de no cumplir, por ejemplo, los derechos laborales fundamentales
Las disculpas que exigimos las ciudadanas y ciudadanos aquí representados –ya me siento diputado- consiste en la rendición pública de cuentas. Su disculpa, funcionarios de la infamia, debe partir de mostrar sin tapujos qué hicieron y qué no hicieron. Los que solemos criticar su gestión en artículos de opinión –que por eso se llaman de opinión y por tanto no hay por que compartirla - lo hacemos en función de los síntomas del enfermo. A saber: la mitad del país concesionado para sacar minerales o arena, para producir energía que montar en la línea Puebla-Panamá-Colombia o para plantar turistas; nuestra cobertura boscosa o nuestros manglares en extinción; una promoción turístico-inmobiliaria que ha llenado el país de ‘turistas’ residenciales, edificios de 50 pisos y casinos llenos de mafiosos de medio pelo y algunos de pelo y medio; yates de lujo y multimillonarios locales y extranjeros junto a los bolsones de abandono y esclavitud moderna –ahora se llaman fuentes de empleo- que escondemos más allá del aeropuerto o más acá de nuestras conciencias; miles de indígenas viviendo de la caridad oficial que es tan pírrica que no da para vivir; una educación desastrosa que sitúa a Panamá en la cola; una Asamblea ociosa y descarada; una Justicia que aún sigue practicando la injusticia; una salud pública a la que ninguno (ni ustedes ministros, ni yo columnista) nos atrevemos a asomar la cara porque nos podemos permitir pagar un seguro privado…
Lo voy a preguntar con todas las palabras: ¿qué tenemos que agradecerles? ¿qué? Quizá, sí, que en los informes de las fundaciones e institutos que ustedes mismos frecuentan aparezcamos con buenos números macroeconómicos, pero esos, después del sacudón de la crisis financiera ya no se los cree nadie. Tampoco la macroeconomía alimenta a la mayoría.
Pídannos perdón, demuestren que les queda algo de dignidad y pídannos perdón a nosotros ciudadanos, los que pagamos impuestos, los que sufrimos las consecuencias de cada una de sus decisiones. Y si no, renuncien. Nadie les ha pedido que sean funcionarios, nadie les ha puesto una pistola en la sien para que acepten el cargo y dejen en paréntesis por unos años –que en realidad tampoco lo hacen- sus fructíferas carreras en el sector privado como empresarios, comerciantes o artistas.
Como verán, este artículo que pensé sinceramente como una carta de humildes disculpas ante Blades (Rubén, sí, Rubén) –tan ofendido como sacrificado- tomó vida propia y se rebeló contra su autor. No era mi intención convertirme de victimario en víctima, pero es que, en este insomnio que perdura, comencé a repasar los logros de los y las que tienen cartera ministerial y la pluma ejerció su venganza. Claro que, señor ministro, sonría por favor-es gratis- y no se preocupe por estas torpes palabras. Esto no es más que un inofensivo artículo de opinión. El prestigio, al igual que el honor, es algo que se cocina en fogones mucho más íntimos: los de la conciencia.
[C. renuncia al honor y al prestigio. Acorazado en sus páginas, reconoce el honor en los miles de indígenas que durante dos semanas pusieron a sudar al presidente de guiñol. El prestigio lo deja para quienes se alimentan de lo que piensan los otros.]
A una semana del derrumbe del imperio
!Oh Cielos! El imperio se acaba y no nos hemos dado cuenta. reviso el Nostradamus y no encuentro referencias precisas, a veces los oráculos se pierden en nimiedades e ignoran lo fundamental. Por suerte, al final del camino, en una semanita, todavía cabe la esperanza de que la clase media estadounidense entre en razón y se dé cuenta que la Palin puede disimular sus instintos sadomasoquistas de cuero y tachuelas y apuntarse al creacionismo y que el propio McCain salvará a Wall Street con helicópteros de segunda mano utilizados en el ese Vietnam: única guerra del que el perdedor se siente orgulloso.
El voto blanco salvará al imperio. O lo hará el mismo Obama. Una vez en el poder, deberá blanquearse para ser aceptado y para garatizar la tan dichosa 'gobernabilidad'. Cambiamos Irak por Afganistán, el discurso de élite por el de la temerosa clase media, y nos dedicamos unos años a hacer análisis sociológicos de lo que significa tiznar la Casa Blanca y manchar la tradición racista y excluyente del país de las oportunidades.
Falta una semana y nos están hartando de noticias sobre estas elecciones que son tan poco nuestras. Tan incomprensible esa llamada democracia, tan de modas, tan de opinión pública. Los españolitos felices porque Obama quizá quiera cenar con ZP; los franceses esperando la enésima pirueta de su fantoche mediático para hacercarse a los demócratas; los colombianos temerosos porque está en riesgo el sacrosanto TLC (ago bueno para la causa); los venezolanos creyendo ver ya a Obama entrevistado en el programa La Hojilla con una camiseta roja rojita...
Tranquilos, nada de esto debe ocurrir... ya salió el fantasma del socialismo (denominar así a Obama es un insulto para tantos socialistas de verdad que por ahí pululan en el fracaso). Y si gana, será para el anecdotario: un país como EEUU no se pude permitir a estas alturas de la historia el no haber tenido un presidente negro ni una mujer en la Casa Mulata.
Amanecerá... ¿amanecerá? y veremos
27/10/08
Un cuentico más
[Quién iba a imaginarlo. Ella no, desde luego. Siempre había visto esas manos grandes, plagadas de los callos que parecían haber nacido con él, fuertes al saludar, fuertes al despedir. Nadie hubiera imaginado esa tersura.]
“Señora Goldberg, los compañeros y las compañeras ya están esperando, yo creo que va a sentir el calor pero, al menos, debajo del gacebo este sol de hoy no le va a molestar”. José Concepción Alauri le hablaba como si fuera blanca. “Es un tema de cuenta corriente”, le decía su marido para molestar. “Bueno, y de ese estilazo que te gastas con los campesinos. A todos los efectos, eres más blanca que yo”. El líder de los campesinos de la vereda del Guamo la trataba de la manera preferencial en que se recibe a un invitado en casa, es cierto, pero nunca con reverencia postrada. Nunca un doctora o un licenciada, nunca una mirada al piso, nunca un agradecimiento en exceso por su ayuda en la organización de esa pequeña e insignificante trinchera frente al gigante azul y verde.
“Por esta tierra, por esta gente”, rezaba el lema que el gigante azul y verde estampaba en cada migaja que repartía en los alrededores del Guamo para ganar adeptos y acorralar a estas 23 familias de color dudoso, de mezcla centenaria, de historia borrada por las huellas de su propia pobreza y redignificada en la construcción de su resistencia.
“Lo que yo no entiendo” –se arrancó La Mulata- “lo que yo no entiendo es por qué no pueden inundar otro sitio, donde no haya gente ni animales de cuidar. Recuerden: aquí pedimos muchas veces al Gobierno que nos ayudara a exprimir esta tierra y los funcionarios que alguna vez vinieron nos dijeron que los predios no valían nada y que esto no servía ni para hacer una represa”. La Mulata a sus 46 años parecía arrastrar más bien 60, o quizá era que como arrastraba a sus cinco hijos a cuanta reunión se convocaba siempre parecía más cansada y canosa de lo que su pelo negro y duro transmitía. Hasta que hablaba. “Cuando la mulata habla a todos se nos encogen las huevas”, bromeaba siempre El Casto cuando llevaba dos cervezas de más. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía: su tono de voz, su mirada sin excusas, su corporalidad sin urgencias. “Entonces lo que yo no entiendo –redondeó La Mulata- es porque ahora resulta que nos van a levantar la pinche hidroeléctrica justitico en donde están nuestras casa y nosotros nos tenemos que ir”.
[Ana Goldberg nunca hubiera imaginado que al hacer contacto con su piel negra y cuidada, las yemas duras y ásperas de José Concepción Alauri se convirtieran en plumas silenciosas capaces de resquebrajar su resistencia. Cierto es que, a veces, cuando José Concepción cerraba las reuniones de la vereda con esa contundencia y esa suavidad tan de él, Ana Goldberg se perdía por segundos en los ojos verdes de este hombre a los que jamás le hubieran pegado pupilas tan boscosas.]
“No podemos ir de frente contra el desarrollo de estos proyectos. Somos pequeños y ellos tienen mucho poder, pero sí podemos conseguir que les respeten sus derechos constitucionales”. Sonaban tan estúpidas sus palabras. Hacía unos meses le hubiera parecido que esas eran las únicas posibles. No porque fuera un discurso aprendido en los talleres de formación sobre incidencia política que tomó en Buenos Aires, ni porque ella no tuviera fuerza para luchar en otras trincheras semánticas. Es que le parecían las adecuadas, las mejores, las palabras que podían conseguir algo dentro de este sistema. “Hay que aprovechar las reglas del sistema, hay que construir desde la institucionalidad”, solía insistir en las reuniones internas de la organización que dirigía. Ahora todo era diferente. Las últimas semanas había aceptado el reto de José Concepción Alauri y todo era diferente.
“Por esta tierra, por esta gente”. El gigante verde había invertido unos dólares en comprar papeleras instaladas donde no había papeles y bancas de parque para adornar la vereda donde nadie se sentaba. Los derechos de los campesinos se completaban con un solitario parque prefabricado de juegos para la infancia –esa que pasaba el día con el lomo doblado en los cultivos de papa y yuca-, un centro de salud al que ningún médico había asomado y una fuente en lo más parecido a una plaza del pueblo que, en realidad, era la entrada al templo evangélico que amenizaba las tardes con sus atronadores sermones de megáfono. Allá, en esa fuente con querubines importados y peces de alta montaña, solía orinar con precisión cada noche, de regreso de la tiendita, El Casto. “Al menos, que esta mierda sirva pa’algo. ¡¡¡Carajo!!!! Y miren hijoeputas: no fallo ni una…”.
“Señora Goldberg, con todo el respeto que me merece y con temor de ofenderla, pero si me permite…”. Ella le permitió pasar la frontera invisible que sí los separaba. La que separa la ciudad del campo, lo formal de lo empírico, lo teórico de lo practico, la racionalidad prudente y temerosa de esos instintos impulsivos que José Concepción domaba a su antojo según las circunstancias. “Usted está orinando fuera del tiesto”. Se agolparon en la cabeza de Ana Goldberg todas las recriminaciones que conocía: ingrato, maleducado, bruto, desagradecido, ignorante… incluso algunas que su formación católica y sus maneras de colegio de monjas le impedían traducir de manera literal. “… pero es que usted viene, habla con nosotros, se solidariza y se va. Yo no conozco su casa y me alegro de que la tenga, pero imagino que es cómoda y tiene acueducto y hasta ventanas de vidrio, que me imagino yo. Y sus hijos, porque usted me dijo que tenía hijos, van limpios a la escuela y los recoge en busito y eso… Por eso le digo señora, con todo el respeto que me merece su merced, que está orinando fuera del tiesto. Mi gente no está defendiendo cosas, ni quiere conseguir cosas. Mi gente a lo que se subió fue a un bus de dignidad. Es que lo que estamos hartos es de que nos pateen, de no existir hasta que les hacemos falta. Mejor dicho, hasta que les estorbamos… porque falta ni les hacemos”. Bruta, maleducada, ingrata, ignorante, desagradecida… ahora era Ana Goldberg la que se miraba al espejo y se arrojaba las palabras trancadas. Este hombre acostumbrado a arrancar la yuca con sus manos y a pensar desde el alma –que no desde el estómago- la estaba arrastrando en la civilización de su origen solo para mostrarle el abismo de comprensión que los separaba.
En la casa de La Mulata había un escalón que Ana Goldberg no alcanzaba a entender. Eso es lo que acontece con la arquitectura de los pobres: escasa en lo necesario y barroca en lo accesorio. El escalón doble separaba los dos ambientes de la casa: la sala que era entrada y donde le acomodaron la hamaca a esta abogada negra –casi una contradicción para la gente del Guamo tan poco acostumbrada a los avances de la ciudad-, y la cocina y cuarto amontonado de La Mulata y la caterva salida de sus generosas caderas. El escalón la encaramaba desde la sala para obligarla a descender de nuevo en la cocina-cuarto. Inútil, pero elegante. En este último espacio, una puerta de madera que ajustaba con un clavo grande y oxidado daba paso al patio de uso múltiples donde tras bajar cuatro escalones -esta vez sí necesarios- se accedía al baño de la casa, al grifo autista que hacía de lavadero, a las cuerdas donde colgar la humedad de su vida y al palo de mango que hacía de tienda de golosinas para los cinco varones que tres hombres diferentes le habían ayudado a parir a La Mulata. Las primera horas allá fueron difíciles. Ana Goldberg había llevado pocas cosas para no dar una imagen demasiado burguesa. Sin embargo, cada paso la hacía sentir mal. La Mulata había gastado unos reales en fumigar la casita. “Pa que no se la coman los zancudos, que usted es nueva por estos lados”. Ninguna de las dos entendía muy bien el experimento de José Concepción pero todo comenzó a caminar mejor cuando La Mulata, cansada de tanto ‘por favor’ y ‘perdone’ le escupió a Ana Goldberg: “mire Anita, este es mi hogar y me ha costado levantarlo tanto como a usted el suyo. Así que yo me siento orgullosa. Ni tenga pena ni pesar que tanta p se le va a atragantar con la avena”.
[Con el mismo respeto, calma y dignidad con los que le hablaba, besó José Concepción Alauri los muslos, la espalda, las axilas, el vientre, los pechos, los talones, el anverso de las rodillas y el sexo de Ana Goldberg. Con la misma sorpresa y con mucho más placer que al mirar sus ojos verdes, Ana arqueo su cabeza y su torso al recibir a todo este hombre de piel agrietada en su cuerpo húmedo de vida. Su boca se abrió para no gritar, pero dentro, allá adentro, sintió como si alguien hubiera descubierto zonas clandestinas o vetadas hasta ese momento.]
“Sean razonables”. El mensaje del gigante y de Palacio era igual: trabajamos para que se cumplan sus derechos –“y a los izquierdos que les jodan”, habría respondido El Casto si no hubiera muerto 11 días antes de este encuentro de cirrosis hepática-. El progreso del país, el consumo de energía para alimentar los aires acondicionados y las neveras de la ciudad (un 78% del consumo eléctrico del país) precisaba de esa hidroeléctrica y desde Palacio ya estaba listo el pingüe cheque para que los excluidos mejoraran su nivel de vida un 4% y para que el gigante procediera a engullir tierra y casas en pro del desarrollo. El licenciado Méndez no podía entender, entonces, que Ana Godberg, con la que tantas veces se había reunido, fuera tan poco razonable ahora y no le agradeciera el hecho de haber convencido a Palacio, de donde salía el salario de Méndez, y al gigante, de donde presionaban a Palacio, de que para evitar demandas internacionales lo mejor era pagar y ya. Las exigencias de Ana y de su organización se habían cumplido: la Policía se retiró de El Guamo, se valoraron las propiedades de los expropiados –tan pírricas que al gobierno le dio vergüenza e infló un 10% las indemnizaciones-, se pidió autorización a la Asamblea Nacional para un crédito adicional al presupuesto y el presidente firmó en Palacio el decreto que permitía compensar a las 23 familias de la discordia. “¡Qué misericordia la suya!”, espetó el capellán de la Primera Dama al saber de la excelsa firma del ungido en las urnas.
La Mulata lo tenía claro y por eso localizó a la mamá de su penúltimo hombre para pedirle que se quedara con dos de los niños. Su hermana, fuerte como una ceiba y paciente como un perezoso, se hizo cargo de los tres menores. La casita en el Guamo, de pronto, infló sus pulmones y se hizo grande y poderosa. La presencia allá de Ana Goldberg y la ausencia de los pequeños la convirtieron en el cuartel general de esta avanzada. A veces, en esas noches de planificación y agite, José Concepción alcanzaba a doblegar su parquedad y miraba a Ana de reojo buscando una respuesta. A veces, entre falsas convicciones de victoria, Ana se angustiaba ante la necesidad de compaginar una vida viable y estática ante otra imposible y provocadora. A veces, convencida de que en esta se dejaba la piel, La Mulata deseaba morirse para dejar de estar sola a pesar de dormir rodeada de esas diez piernas que no se movían sin su aliento.
[Se hizo costumbre la ronda nocturna de José Concepción por la calle empinada y pedregosa donde vivía La Mulata. Las pisadas eran señal suficiente porque nadie más caminaba a esas horas ni por esos limbos. Ana descendía de la hamaca como un gato, empujaba la puerta que era más silenciosa que su aspecto y se encontraba con él en el terreno baldío de enfrente. Fueron seis noches. No más. Y para Ana fue renacer en la posibilidad del amor no construido. En esas mismas noches, José Concepción se sintió mujer y hombre, serpiente y tigre, maestro y alumno, poderoso y arropado en un juego de dicotomías que lo persiguió el resto de su existencia. Aunque a su existencia le quedaran unas horas, o unos días, que depende siempre de cómo se cuenten las horas.]
El día que el presidente de Palacio llegó al Guamo todo estaba listo. Las botellas de agua mineral fría para confrontar la sequedad de este viento sin mar; las toallas blancas para entregárselas en los pocos instantes de intimidad para secar sudor y eliminar secreciones ajenas; el discurso con copias y los periodistas para recibirlas y reproducirlas, y el representante del gigante vestido de safari por aquello de la integración con el pueblo. Cuando la primera piedra iba a ser puesta cientos de piedras milenarias volaron sobre la comitiva oficial. Palacio, que siempre era precavido, tenía una unidad antimotines preparada y escondida que apareció de manera tan repentina como las piedras y las pancartas que el pequeño grupo de resistentes desplegó. Las piedras se acabaron en el segundo embate y las pancartas solo aguantaron de pie lo que las piernas de esas 17 personas tardaron en doblegarse. Los gases estaban ahogando a La Mulata, que buscó a Ana Goldberg en un gesto reflejo provocado por las últimas semanas de convivencia. A José Concepción un tolete metálico le golpeó la cabeza con tal violencia que la abrió como un melón maduro para disponer. El presidente de Palacio habló luego, con una leve marca en su frente, de acciones terroristas de grupos de antipatriotas deseosos del fracaso de sus políticas. Garantizó, eso sí, que todo el peso del estado y de la ley caería sobre los responsables. Al final del comunicado oficial y después de una extensa explicación de las heridas sufridas por los agentes de la Policía se resumía en una frase el parte de víctimas entre los ‘agitadores’.
Si El Casto hubiera estado vivo hubiera aceptado la plata oficial solo para poder bebérsela y cagarse en los muertos que ataron a sus vivos. Hubiera chupado hasta el amanecer durante cinco días seguidos y hubiera pagado trago ajeno hasta perder la consciencia. Si El Casto viviera otra cosa sería. Quedaría memoria, tal vez… alguna de sus décimas mal rimadas recordaría a los mártires en los días de quincena: La Mulata (Soledad Almanza, que tenía nombre para morir), José Concepción Alauri, Feliciano de Jesús Alape, Dora María Arauz y Ana Goldberg.
Algunos domingos, como muchas familias de la ciudad de diamante, el viudo de Ana Goldberg y sus dos hijos van a la pradera con juegos mecánicos infantiles que el Gigante construyó al lado de la descomunal pared gris que contiene las aguas. A diferencia de las otras familias, estos tres fantasmas no vienen a almorzar ni a corretear por la senda de observación ecológica. Con ayuda de los dos hijos mayores de La Mulata limpian el monte que terco se empeña en enterrar las cinco crucecitas dobladas a 150 metros de donde ahora está la represa de la hidroeléctrica El Porvenir. Todavía está clavado junto a ellas un cartel que pintó el más artista de la comunidad: “Aquí no hay sembrados terroristas”.