17/11/08

Amaneceres II

Cambio de plano

Mudé morral por maleta y humedad por clima controlado. No es tan difícil: solo tres aviones mal aliñados donde las aeromozas sonríen de plástico y la compañía duerme el sopor. Unas comidas de cartón piedra, revistas manoseadas por quiénes no leen y tarjetas de emergencia que no ayudan a vivir sino a evitar la estúpida muerte imprevista. Cuando aterrizo en la normalidad me siento un extraterrestre. Cada día, cada-día-de-estos, me cuesta más adaptarme a las necesidades imperiosas de quiénes me dan de comer. La destreza de conferirle importancia a todas estas estupideces se me está dañando y yo, preso de tantas preguntas como esquirlas de la noche, me dejo ir para no sentirme en el vientre del enemigo.

La tenencia

Tengo buenos amigos, ron de 12 años, trenzas postizas, palabras liberadoras, libertad empalabrada. Tengo amor en dosis mortíferas, tengo aliento, alimento y sustento. Tengo un pantalón que me cubre y una ruana prestada para las emergencias, una vela para prender fuegos y hasta un aparato para escribir varios te quiero. Tengo, cuando lo tengo, un hueco calentito en corazones ajenos, un abrazo de hermano, algunas ausencias que me duelen por su tamaño. Hay días que tengo frío, tragos atragantados, camas sin deshacer, sábanas prestadas y lágrimas en el recuerdo. Otras veces, amanezco en sudor y tengo un temblor de piel, un arranque de dignidad, incluso tengo en esas jornadas la fuerza de quien se mira al espejo sin mudar gesto ni estampa.
Tengo, cuando se trata de tener, las cosas fundamentales protegidas con espumas y mareas. Y allá, en el vaivén de la vida, ellas navegan entre mis dudas y tus vientos.