31/1/09

Un delirio con Caballero

Las noches pueden ser cortas como un adios, o eternas como un beso aplazado. También pueden estar repletas del vacío, acompañadas de versos que les dan sentido al sinsentido de estar despiertos. Caballero Bonald se ha colado en mi vida como un visitante esperado al que no conocía. Cada letra, un paso más en este avance pétreo, cada intento de reconstrucción, campo baldío de dudas.

Fortalecido en la traición, el cuerpo
contempla un día la frustrada huella
de la felicidad, fuego engendrado
en cautelosa nieve, donde sólo
perviven ya rescoldos, momentáneos
delirios, rebeldías, simulacros
de desnuda agresión. Estéril
ya el olvido, toda la dicha cabe
en una lágrima, toda la culpa
en un recuerdo (...)

Una servilleta de papel, chupatintas delirante, es notaria del encuentro con palabras que solo pueden conmover, girar frente a nuestras lágrimas para que los desconocidos no detecten la dicha del dolor.

Llega el momento de decir la palabra
y se la deja caer, se la apremia
a transitar entre los labios,
anclada ya en sus límites de tiempo.
La palabra se funda en ella misma, suena
allá en la soledad de quien la dice
y puja poco a poco hasta nacer
y antes es nada y sólo una ansiedad
la hace constancia de algo irrepetible.
(...)
Es nada la palabra que se dijo
(no importa que se escriba para
querer salvarla), es nada y lo fue todo:
la música del mundo y su apariencia.


Algunos versos sueltos me obligan a retorcerme sobre mi vientre adolorido. El trago ya no adormece mi inconsciencia y trato de incorporarme hasta que leo "Cuántos anhelantes resquicios del deseo se iluminaron para mí, mientras anduve tropezando". Vuelvo a rearmarme y creo que ya soy libre de mi, pero él insiste: "Aquí me entrego, dije/preso soy en mi propia libertad". Le golpeo en las sílabas, trato de arrancarle de cuajo los fonemas no pronunciados, pero es él el que me remata: "¿No podía ser yo de otra manera, tenía que elegir mi libertad a costa de ser otro?". Sólo el poeta acepta su destino. "Únicamente soy/mi libertad y mis palabras". Aunque otro poeta, arrinconado en el mínimo balcón desde el que respira, me recuerda: "somos, hay veces, ay, qué pocas veces, víctimas de la poesía, no autores suyos".

La pelea no es con Caballero, es quizá con los fantasmas plurales que se enfrentan consigo mismos. Juego de máscaras, de sombras no.

Cuántos días baldíos
haciéndome pasar por el que soy.

Máscara sin memoria, líbrame
de parecerme a aquel que me suplanta.

Evito, con pericia inigualable, los versos de desamor, de amor, de prostíbulos y de pasillos donde los cuerpos creen ser del otro. Sin embargo, alguno logra superar la barrera de corales amorfos que predicen la marea. "Dentro de ti me aferro/igual que recordándote, subsisto/como la espuma al borde de la espuma/mientras e activa entre los cuepos/la carcoma voraz de estar a solas".

A solas, bebo un poco más en esta extraña ciudad a la que no termino de acoger. El poeta me susurra una frase de efecto... "la botella vacía se parece a mi alma". Debo pagar por llenarla. Una desconocida discute y se sincera. Yo, sociólogo de almas errantes, me divierto escuchando sus pasos al borde del abismo propio. Le grito en silencio: "¿hasta cuándo/vendrás a importunarme, a desmentirme, a llenarme la casa de utensilios inútiles (...)?". Ella insiste en la simpatía del origen, en el vínculo de la tierra. Cansado del juego, le callo al oído: "Cuando vuelvas mañana/nadie se llamará ya como yo".

Los viajantes -expatriados sin pasaporte en busca de lágrimas donde refugiarse, de recuerdos de los que aferrarse- son especie extraña. En aquella mesa, dos gringos apuran el décimo trago. En esta, demasiado sobrio de alcohol, demasiado ébrio de palabras, trato de concentrarme en los mapas y en sus designios, en botar la brújula de la vida a albercas tupidas de vegetación.

He navegado en barcos
desiguales
-dóciles, neutros
belicosos-
tratando de llegar
lo antes posible a ningún sitio
o acaso rezagándome en las últimas
demarcaciones de la soledad.

Al final, el cansancio de la inmovilidad me vence y me arrastro hasta el sueño. Una tarjeta plástica abre la puerta del insomnio para sumergirme en el letargo de lo impersonal. Son tantas ya... tantas tontas habitaciones en cuyas paredes voy dejando impregnadas mis dudas y mis certezas... cábala de números elegidos al azar, suerte de adivinanza matemática de la que no escapo.

Vuelvo a la habitación donde estoy solo
cada noche, almacén de los días
caídos ya en su espejo irreparable.
Allí, entre testimonios maniatados,
yace inmóvil mi vida: sus tributos
de tornadizo empeño.

La peregrinación está acabando. El destino, pintado en una placa de metal, no es nuevo, pero si diferente. Me dedicaré, entonces, a lo único que me es permitido para apostarle a la felicidad.

Desde un lugar que aprendo
a registrar cada mañana, vuelvo
sobre mis pasos y te espero
allí donde estoy solo.
(...)
¿Qué me queda
de aquel itinerario, habitaciones
clandstinas, subalternos refugios
del amor, qué me queda
detrás del sortilegio?
Ser feliz un instante y perderte mientras
vuelvo sobre mis pasos cada día.

Y una vez instalado en la espera....una esperanza....

Detrás de la cortina un cuerpo espera.
Nada es verdad si no es su encarnizada
inminencia, esa insaciable culpa
que a mí mismo me absuelvo
aborreciéndome. Nada es verdad.
Un cuerpo está esperando
tras el mudo estertor de la cortina.