28/1/09

El Malcontento del 27.0.109



La rebelión de las élites

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Hoy me convierto en ladrón de libros ajenos, que son el único patrimonio real que tengo como buen ladrón de conocimiento.

Comienzo con Angosta, una metáfora fácil pero contundente del mundo que estamos construyendo escrita por el colombiano Héctor Abad Faciolince en el que una ciudad está dividida en tres “estratos” geográficos y sociales. El alto (Tierra Fría), rodeado de alambradas y protegido por fuerzas internacionales del terrorismo: un mundo controlado de parques, canchas de tenis, casas hermosas y calles limpias y pavimentadas.

Allá lo público funciona para las élites económicas y allí llegan cada día trabajadores y trabajadoras no cualificados con el salvoconducto que le permite limpiar casas ajenas y cortar el césped de los bienaventurados. El medio (Tierra Templada), espacio lleno de indefiniciones, habitado por la clase aspiracional, por la que sueña con estar arriba algún día. Aquí la calidad de vida y la presencia de lo público merma y se vive a caballo entre el trabajo menesteroso (como buena clase media engañada por aquel lema del “trabajo dignifica”) y el miedo a la inseguridad que llega desde el estrato bajo, el “calentano”.

Ese último piso social y geográfico (Boca del Infierno) es el habitado por los excluidos que o son pandilleros, putas y malandrines o limpian casas y cortan césped en Tierra Fría. Allá la única presencia del Estado es la policial, dispuesta a hacer redadas para mantener el orden público fuera del “calentano” y la pobreza a su interior.

Puede sonar a fácil, pero, insisto, es en lo que estamos. Mano Dura para los guetos, puestos de empleo y deudas para la temerosa clase media, y urbanizaciones de lujo, centros comerciales video vigilados y restaurantes elegantes donde trabajan los “decentes” miembros de los guetos. Y las propuestas de nuestros políticos no hacen sino profundizar esta división. Lo público, en otra época propuesta de integración y justicia social, es hoy gerencia de la desigualdad, profesionalización de la gestión de la pobreza. La clase media, que se cree casi todo lo que le cuentan, sacó hace tiempo a sus hijos del sistema de educación pública, paga costosos seguros médicos inseguros y bebe agua embotellada. Por tanto, el sistema educativo, el de salud o los servicios conocidos en otra época como básicos se han quedado solo para los pobres. Conclusión, da igual lo que se invierta en ellos, nunca mejorarán.

No escribo teóricamente. En Panamá, buena parte de la actual clase dirigente y empresarial pasó por el Instituto Nacional, donde convivían estudiantes de distintos estratos sociales, con presión familiar para que la educación fuera de calidad, con un trasvase de experiencias enriquecedor que construía país. Ahora no.

Las escuelas públicas son guetos dentro del gueto, los maestros y maestras son tan pobres como sus estudiantes y educan a sabiendas de que lo que les espera a sus pupilos es ser saloneros de bar, limpiadores de hotel u operadores de maquinaria pesada (un orgullo para el actual gobierno). Nada indigno con estos oficios, pero la limitación del futuro intelectual y económico de estos estudiantes es evidente. Ni ellos, ni sus familias, ni sus docentes son estúpidos.

El segundo libro que me robo es el que da título a este artículo: La rebelión de las élites del estadounidense Christopher Lasch. En él, una de las tesis que se apuntan es la retirada de las élites de la vida pública, la creación de un mundo paralelo al servicio del cual está el entramado democrático.

Nuestras élites, aisladas en Costa del Este o en Coronado (depende del día de la semana), nos dirigen sin tener ningún interés real en incluir al ejército de seres que no pesan nada en la vida pública del país. Un Estado no protector, dicen los utopistas de derecha. Y los políticos cumplen a rajatabla porque la desprotección solo es para algunos (acaban de entregar al sector bancario mil 110 millones de dólares unas semanas después de que éste informara de tremendos beneficios en 2008).

Las élites decidieron que el resto somos solo trabajadores del “calentano”, o quinta columna del estrato medio dispuesta a defender sus privilegios porque aspiran algún día a tenerlos. Una vez más, animo al ejercicio político de votar en blanco y demostrar a los principales empleados de las élites –los políticos– que tenemos vocación de participar en las decisiones y en el diseño del país en que vivimos, además de ser mano de obra barata.

[C. sabe que muchos lectores no saben de él. Pero recuerda que su revolución es sin rostro y de palabras. Unas más: “Ando por un mundo repleto de deudores./Sobre unos pesa/el embargo de las alas./Otros, quieran o no,/declararán las hojas./Cada tejido nuestro/está en el Debe. /Ni una pestaña, ni una ramita/podrá ser conservada para siempre”. Cortesía de Wislawa Szymborska, desde Polonia].