17/1/09

Insomnio de verano

Hay lugares comunes donde somos únicos. Puede tratarse de un lago, donde el oleaje suave mece nuestra mirada hasta llevarnos a la somnolencia. Podría ser que se dieran en lomas africanas, peladas de hastío y de sangre. Incluso, forzando la figura, se podrían encontrar en desiertos de hielo donde la voz sea el único silencio asible. Pero también se pueden localizar los lugares comunes en una lavandería o en el forro de tu abrigo, hasta los tristes semáforos logran reivindicarse como faros imprescindibles a la hora de tocar puerto compartido.
Somos únicos, cada ser es único en lo común y se activa de manera diferente en función de los impulsos externos. Una caricia, un insulto, una melodía recordada, la sorpresa de dos palabras secuestradas... todo sirve para activarnos y cuando lo hacemos nunca es de la misma forma.
El cuerpo, resorte infinito desconocido por la mayoría, tiene conectores que van desde el alma (aunque los incrédulos insistan en que no existe) hasta las líneas secretas de nuestra espalda. El alma, receptáculo sin límites oculto a su portador, es un código de barras bloqueado a lectores di-gi-ta-les sin alma.
Hay lugares comunes donde somos únicos y hoy pretendo vestir el casco de minero dispuesto a detectar algunos lugares singulares donde sentirme común.

3 comentarios:

Baby dijo...

Yo, que aprendí la contraseña de
la tuya, entro a ella sin dificultad, y me hermano contigo...

Paco Gómez Nadal dijo...

pero es que vos, mi querida Baby, sí tienes alma, una inmensa y hermosa.

el pasado que me espera dijo...

Eres único, sin duda.Y tu busqueda singular.