9/4/10

Cuento de humo

Paisaje con hombre fumando en un balcón

Todo empezó como empiezan las historias, por una casualidad o por un resbalón. En este caso se combinaron los dos factores. La casualidad hizo que alquilaras un apartamento desde el que podías ver sin mucha exposición el balcón interior que aliviaba la oscuridad del mío. Un resbalón hizo que golpearas el marco de tu ventana con la contundencia de un saco de cemento y que yo te pillara fisgando, husmeando mi humo, viendo mi perfil no ensayado.

- ¿se ha hecho daño?
- No tranquilo, solo en mi dignidad

El sarcasmo y esa sonrisa de medio lado entre disculpadora y enmascaradora, bueno y el enrojecimiento de tus pómulos y tus hombros descubiertos y tu cuello interminable y el timbre de tu voz y la comisura derecha de tu boca y la mano con la que sujetabas el codo golpeado, de dedos alargados, de venas marcadas, de promesas y delirio enredados… confieso que te deseé casi de inmediato. Claro, yo te dije luego que me había enamorado de ti en el momento, pero debo ser sincero: te desee en el momento… lo demás no sé si llegó a suceder, si solo quise que sucediera o si ahora lo niego en venganza.
No sospeché nunca de la importancia del balcón ni siquiera cuando aquella nefasta decisión me hizo abandonarlo.
El hecho es que te deseé e hice lo imposible por trabar conversación contigo para así dejar que mi imaginación jugara con tu blusa, que tuviera tiempo de visualizar tu ropa interior –a estas alturas ya sabes que soy fetichista-, que pudiera decidir si te gustaba el vino o el trago fuerte, si fumabas o no, si leías poesía o ensayo, si follabas rico o no. Decidió mi imaginación, habituada a tomar la iniciativa por mi, que bebías vino tinto solo, que fumabas pero marihuana y exclusivamente en la noche, que hacía años que solo comprabas ropa interior negra, que hacer el sexo contigo era una operación delicada y firme en la que yo sería devorado respondiendo a tenues órdenes susurradas al oído y que había un libro de poemas esperándote en la cocina, en el baño y al pie de la cama.
Cuando por fin te animaste a invitarme desde tu ventana a abandonar mi balcón y tomar en tu casa un aguardiente de la vecina y malencarada república –ese que siempre me ha dado arcadas- no presté atención al pequeño error de cálculo. Pero sí me empecé a preocupar cuando pude ver tus bragas blancas de deportista sobresalir por encima del pantalón suelto de colorines mientras te agachabas a apagar el televisor y me contabas que la final de Canta Conmigo te tenía enganchada al aparato ese del que yo no tengo recuerdo.
Acababa de pasar la Semana Santa y yo creía que mi Vía Crucis particular se traducía en la racha de fracasos amorosos sexuales que llevaba a cuestas. No me puse muy exigente. Me seguía gustando tu cuello y tus labios seguían teniendo el efecto imán de aquel primer resbalón. Así que seguimos encontrándonos a tomar “el aguardientito” (yo que lo odio fingí como se finge en esa extraña fase de enamoramiento en la que se niega la evidencia con tal de no ser evidente). Otro trago. Un trago más hasta aquel día en que me atreví a deslizar mi mano debajo de tu camiseta (nunca vestiste blusa). Tu no la retiraste. Tampoco es que fueras muy activa: cerraste tus párpados como quién hecha el cierre metálico al negocio diario y ye dejaste hacer, abandonada a mi activismo sexual ya desengrasado, torpe por instantes.
Ahora, armado de esta sed de venganza más dulce que cualquier anhelo de amor, te confieso que me aburrí desde esa primera caricia y desde aquella primera noche en tu cama. No fumabas marihuana –tampoco- y al pie de tu cama sólo había otra pantalla de televisor en la que te empeñaste en sintonizar MTV –“para llevar el ritmo” alcanzaste a susurrar-. De hecho fue lo único que dijiste. Ni órdenes susurradas ni un carajo. Sumisa, entregada a una patética pasividad que no va ni con nuestro tiempo ni con mi esquiva actitud de macho latino, mucho más tendente al disfrute mutuo que a tomar posesión del terreno conquistado.
Pero.. bueno, como son las cosas, el juego duró un par de meses. Yo, en seguida, evalué pros y contras y consideré que me convenía esta relación sin sal pero con bastante como para mantenerme aceitadito, fácil, casi escurridizo a los sentimientos. Tu no pedías mucho –solo que de vez en cuando siguiera saliendo a mi balcón a fumar-. Yo no pedía nada, excepto una excusa para salir del hueco triste en donde los espejos me devolvían una imagen grotesca, a penas humana, y dejar de aspirar cada noche el humo de mi tristeza en ese balcón plagado de hormigas y tan enjuto que debía acomodarme con medio cuerpo dentro de la sala.
¿Nos amamos? No creo, pero yo decidí hacer cambios en mi vida para responder a la supuesta relación incipiente. Quería que te dieras cuenta de que detrás del pesimismo crónico que destilaban mis palabras en las conversaciones que solían dormirte se escondían unas ganas terribles de vivir, de tener razones para hacerlo.
Me corté el pelo porque de alguna manera esa melena desarreglada era reflejo de mi alma y, ante todo, decidí dejar de fumar: un evidente gesto de amor para demostrarte lo que me importabas, para dejar de colgarme de la ventana de tu habitación para fumar el cigarro en las postrimerías del sexo sin apestar tu apartamento.
Tu humor también cambió, la parca simpatía que destilabas conmigo se convirtió en frialdad calculada, las cuatro caricias que de vez en cuando me regalabas en un despiste desaparecieron del repertorio repetido cada noche. Tus caderas, habitualmente la única de parte de tu cuerpo que jugaba conmigo, frenaron en seco para convertirte en momia egipcia siendo violada por un pelón pesado.

Hasta hace una semana. Volví de ese viaje de trabajo cargando una estúpida muñeca de trapo que pretendía regalarte y con un singani para ver si te apartaba de la nociva influencia del aguardiente. No me abriste la puerta. Miré por la ventana de la cocina y me pareció ver el apartamento vacío: de ti, de muebles, de vida. Le pregunté al cuidador del edificio y me confirmó que te habías ido sin dejar la nueva dirección y sin ningún mensaje.
Me senté en el área social, esa donde los niños se mean en la piscina y las madres hablan con sus amantes aprovechando que el papá está follándose a Messi con la vista delante del televisor. Abrí el singani y lo apuré con la calma del que no tiene otra cosa que hacer que morir con la lentitud de los días.
Al llegar a mi apartamento encontré, deslizada bajo la puerta, la estacada final:
“Querido, la verdad, la mera verdad es que solo me excitabas cuando fumabas en el balcón. Verte haciendo malabares con tu cuerpo y con el humo, imaginarte diferente a lo que eres, pensarte pensando otras cosas que las boludeces que me has contado. Esa renuncia a lo único que te hacía valioso, o quizá solo atractivo, para mi fue definitiva. By”

Busqué en el cajón de los escondidos, saqué un Piel Roja sin boquilla, me fui al balcón con mi libreta de anotaciones y garabateé:

“Qué extraño morir un poquito, un instante, como si fuera para siempre. Qué desconcertante morir así estando vivo. Apuro la quietud para que me confirme el espacio en el que soy. El humo quiere colarse todo en el laberinto que parezco ser. Cuando se le prende fuego a este hilo todos los tejidos se hacen innecesarios. Desnudo de mi en esta pequeña muerte, de pie en este balcón ya sin vistas, plagado de goteos y de enmohecidos canales, no miro nada. Solo espero que el destino, ese que juega a ser esquivo, algún día me reintegre este órgano cuyo tejido pavonea su necrosis para solaz de tus recuerdos. En este instante solo tengo humo para cerrar este paréntesis”.

Ojalá que este incendio de cenizas prenda tu cama y tus miserias. Te amo.

5 comentarios:

Ana María dijo...

Me gusto mucho este cuento, Paco. Gracias por compartirlo. Y unas gracias muchísimo más grandes por tu risa :-D

Concha Aguda de Bermeja dijo...

El cuento es bastante bueno, lindo. Su psiquis elabora grandes producciones eróticas jovencito.

amalia dijo...

¡Qué tuani tu historia de humo, Paco! ¡Quiero leer más!
abrazos

Joao Q dijo...

Está bueno el cuento.

Gaby Galaxia dijo...

He regresado buen par de veces a leer este cuento, me gusta un montón. De hecho, de tanto leerlo, ya me creo que conozco a los personajes, y que tengo derecho a cuestionarles sus motivos...