10/8/08

El sentido de la vida

(otro intento de relato sin datos)







La muerte,
a veces,
no es seria.



O es tan seria que se resiste a que uno decida por ella. Coincidirá conmigo en que no es de recibo la actitud esquiva de esta muerte pacificadora, dolorosa pero pacificadora. Me preparé sin ansias para morir y, sin embargo, el esfuerzo para lograrlo me pareció innecesario. Ella me dio la razón.
La mayoría de las personas me consideraba un hombre fuerte, decidido, “de carácter”, aseguraban los más educados que no querían molestar a mi ego ni a mi madre al decir “un hijoeputa sabelotodo”. Instalado en la seguridad que aboné y que me implantaron en esos años en los que las malformaciones se perfeccionan a punta de la tabla del 7, casi siempre he sido jefe y bueno en lo que hacía. Sí, y nunca tuve problemas de humildad, lo reconozco. Lo complicado de casi toda caricatura es que una vez que el trazo es firme ya no hay borrador que la enmiende.
Las etiquetas, digo, son tranquilizadoras. Clasificar al otro como algo, ponerle nombre a ese algo y estamparle el cartel en la frente es un mecanismo de autorelajación como otro cualquiera. El pusilánime lo es hasta la muerte, el sensible perdura, el cobarde nunca deja de serlo y el seguro, osea yo, no se permitirá desliz alguno que contradiga la etiqueta. Hasta la muerte.
Mis últimos días fueron realmente buenos. Ni una mala noticia en la oficina, dos amantes ocasionales que me devolvieron los besos que con absoluta seguridad les repartí, la estabilidad estable de casa sin cambios –por eso es estable- y un par de guerras veraneras en televisión para distraer los insomnios. Incluso me sentí sociable durante minutos aislados, algo que contrasta con mi habitual distancia de mis similares.
Hay ciertas decisiones que se deben tomar en un contexto positivo. Una de ellas es la de morirse. El momento perfecto, el día ideal –cumpleaños de mi hijo mayor para que nadie lo olvide y darle un toque dramático especial-, la luz teatral necesaria arrastrándose entre las cortinas y una mierda de pistola con menos balas de las necesarias.

Primer intento. Colmado de emoción, apunto la pistola a mi corazón. Las palpitaciones no son de miedo, son de emoción y de descanso. Se acabó ser fuerte, terminó esta vida sólida y envidiada, que jodan a todos y que mi memoria los torture. Aprieto el gatillo. Hueco en el tambor. No hay redobles, no hay disparo, no hay bala. No muero.
Segundo intento. Las carcajadas se escuchan al otro lado de mi oficina y mi familia debe pensar que, como siempre, el hombre seguro y fuerte que soy mantiene su tono en la hora de encierro habitual a la que los he acostumbrado durante años. Es la hora de mis tres tragos de ron y de gastar 60 minutos en no hacer nada. El único lujo que me he impuesto para respirar. Me río de mi y de mi falta de previsión. Esto de la muerte es así. Un pequeño componente de azar permite sospechar que no es uno el que decide y dejar de este modo intacto el ego de la parca, de la zorra caliente que abre sus brazos para recibirme en su cama de sábanas almidonadas. Intuyo que si una bala faltó, por qué no más ausencias. Hago rodar el tambor del revolver y sigo sonriendo pero ya con la mesura del momento previo. Vuelvo a apuntar al corazón, ya más tranquilo. Disparo y la sonrisa se torna turbia. No muero. Otra bala esquiva que huyó de su lugar para no afrontar su responsabilidad. La historia de la humanidad: llena de escapistas que nunca están donde deben estar en el momento clave.
Tercer intento: Nada de alegría. Ahora el azar me ha recordado que no controlo todo, ni siquiera mi muerte y eso me enfada. Soy así, paso de la alegría al mal humor en un nanosegundo. Abro el tambor y al menos compruebo que eran solo dos las bromas que me reservaba el destino. Ya no le doy margen. Me cansé. Hay balas, están en su sitio. Yo solo necesito una, pero ellas solo son quienes son en compañía gregaria. La tercera sería la vencida. Una vez más dirigí el artefacto hacia mi corazón. No hay manera mejor de terminar que parando en seco este extraño motor que moviliza la sangre a la que tememos tanto miedo. Listo, serio, relajado al fin, aprieto el gatillo y se me olvidan las dos clases de tiro que recibí hace años, cuando compré este estúpido cacharro. La posición de la muñeca –a quién se le ocurre agarrarla con la mano derecha-, los nervios y mi falta de firmeza levantan la pistola cuando la bala sale y es mi hombro el que resulta perforado.
Cuarto intento: Respiro entrecortado, gimo levemente como después de un buen polvo, la sangre me recuerda que estoy vivo justo cuando debería estar muerto. ¿Cuál es el chiste? Mi familia ya no se mueve tranquila al otro lado de la puerta entretenida en su aburrida y monótona cotidianeidad. Ahora se agolpan contra el marco, gritan, pregunta qué pasó. “!Papá, papá!”, la voz de Angélica es tan delgada como ella, y el punto de histeria que y transmite me pone nervioso. Por suerte no hay nadie con fuerza para forzar la cerradura, pero me están poniendo nervioso. El melodrama siempre me ha superado, los excesos de dolor fingido y aún el real, me han sacado de quicio desde que tengo memoria. Hay que actuar rápido. La pistola se me ha caído al piso en el fallo estrepitoso. Me agacho. La recojo con la mano izquierda. Nunca hay que confiar en la derecha, me digo en la última broma para la que me queda aliento. Vuelvo a cargar. Ya no quiero juegos con la muerte. Los labios reciben con alivio el frío del acero y todavía mi humor sin remedio se ríe de esta imagen fálica y terminal. No recuerdo qué pasó al apretar el gatillo, pero debió funcionar. Angélica ya no grita y yo ya no soy.

La vida comienza a cobrar sentido.

2 comentarios:

César-in dijo...

¡Jueputa!

Santiago dijo...

Mierda, paquiño. Espero leer más de esto...