12/9/09

El exceso

Fuegos artificiales que derrochan luz, gritos en la noche que malgastan la energía acumulada en siglos de pereza, comida, mucha comida distribuida en rebosantes platos medidos en grasa y tradición, masas que degluten la calle como quien no puede hacer otra cosa que seguir arrasando pueblos, sonrisas de medio pelo en conversaciones tan intrascendentales como únicas, niños jugueteando con el tiempo y sus retuercas, policías civilizados que acomodan la realidad para que cuatro negros no vengan a joderla, algodones de colores, pulseras y artesanías de pobres para adornar las casas interétnicas de la clase media, moros y cristianos, farsa y mirada insultante a la historia, abuelas que fingen ser quinceañeras, sets de Tv en directo para contar lo que acá mismo está aconteciendo, no hay salones VIP donde todos los invitados ya son privilegiados, espera para la gula, precocidaz para el consumo, todo-el-mundo-parece-bonito-en-este-primer-mundo... excepto los dos africanos que apuran el cartón de vino barato en las escaleras de la periferia, excepto la rumana con foto y cantaleta que trata de estafar unas monedas, excepto los obreros -más feos y deformes en este circo de poses-.
A veces, solo a veces, cambiar de planeta no es un buen plan para los extraterrestres que no entendemos como funciona esta especie. Siempre, o casi siempre, la jaqueca del exceso se apodera de mi en las primeras horas del alunizaje en la tierra propia.