16/7/09

Monos y espejos

El bosque está vallado. La ciudad lo rodea de bullicio y ansiedades. La masa verde se apeñusca y solo una puertecita verde, menuda, metálica, oxidada, hace de entrada a este universo de olor y rumor, de vida diminuta alojada en esos gigantes palos que sobresalen buscando el sol. Los monos, que también los hay, no osan a atravesar el muro, juegan en el límite buscando comida industrial -la novedad siempre es un juego- para luego saltar de nuevo a las ramas de su encierro. Ellos no lo saben, pero son prisioneros. Tampoco nosotros, monos útiles, autoextrañados de ser quiénes somos, inconscientes de ser jugadores y cómplices, piezas necesarias de un mecanismo aceitado con la sangre de la exclusión. Miro el muro desde el humo que quemo en estos pulmones que destilan incomprensión. Miro los monos y miro el espejo. Me miro y,
cuando me reconozco, tan inerme, tan espantado ante los horrores, cedo al cansancio y los huesos se repliegan en maniobra defensiva.
Saltar la cerca es arriesgarse a ser atropellado por la velocidad y los neones. Quedarse agazapado en la protección de la manigua no es más que comer de la mano de la seguridad mentirosa. Fuera, además, no hay diferencia. La aparente libertad obliga a movimientos más certeros pero igual de erráticos: cadáveres de la democracia consagrados a trabajar desde el amanecer para poder comprar en la noche el tiquete de las vacaciones -temporales, siempre temporales-