24/12/10

Lamentos

En esta tienda puedes comprar el Totally Sexy Mug o puedes "regalar agua potable a un niño del Tercer Mundo". Aquella otra vende perfume de 120 euros el tarrito pero anuncia en una pantalla de plasma que colabora con 6.000 damnificados de Haití. Un poco más adelante una mujer rumana, parte del ejército organizado del lamento, canta un triste Feliz Navidad mientras aburrida balancea el tarro vacío de la generosidad. Camino en el asfalto perfecto que oculta las brechas, que maquilla las arrugas de este mundo que ha fracasado en el intento de reinventarse tras las guerras fraticidas de mitad del siglo pasado y que no ha sabido inaugurar aún el nuevo.
El tañir susurrante de los lamentos agota cuando lo que se ve es calidad de vida (que no siempre una vida de calidad). La queja inmovilizadora se instala cuando sobra el tiempo y la salud. Mientras, compramos concencia, tiempo, plazos o almas. También, por qué negarlo, compramos energía condensada en un gramo, los inconfesables giros del sexo en la red o enredados en oscuros garitos, la diversión empacada en ruido, el afecto con forma de regalo navideño, el desenfreno embotellado con el hielo derretido del tedio...
Y, sin embargo, bajo los pliegues engañosos de la perfección, un pequeño batallón de inconformes se dedican a roer y medrar. Unos, organizados para no consumir; otros, cultivando las lechugas de la revuelta; algunos mandando tiernas felicitaciones de Navidad a unas embajadas insulsas en Roma; los más, leyendo esta vida para aprender a re-construirla. No hay descanso para los designados, para los que saben que en su actitud y en sus agallas reposa la esperanza.