14/11/09

Homenaje a Lupita

EL MALCONTENTO


Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Es extraña esta mujer. Única quizá en esta especie de medias tintas y fingidas verdades. Cuando hay una reunión o un encuentro, suele permanecer callada, con cara de pocos amigos, a veces pareciera que adormecida.

Espera hasta el final y suele comenzar diciendo: “yo no tengo nada que decir…” y ese es el presagio de un torrente de sentido y razones.

No ha ido a universidades ni ha tenido la oportunidad de leer o de ver cine de calidad para conformarse una idea de este mundo en el que ella sabe de sobra a qué sabe la injusticia, cómo duele la humedad, lo costosa que se torna la dignidad.

Sin embargo, su voz es un recordatorio, una urgencia, una consigna para poder vivir. No entiende de los argumentos que suelen guardar en el forro del saco los encorbatados que nos dirigen, ni gusta de la cobardía disfrazada de prudencia.

Por eso, me cuesta tanto imaginármela trabajando en uno de los casinos u hoteles que recomienda el sí estudiado y privilegiado Samuel Lewis Galindo para lo que él llama “reservas indígenas”. Como este prócer de la patria indica “los indios, (…) son los responsables de (su) falta de integración de la comunidad al resto del país”.

Y la “india” naso Lupita, esta mujer de manos infinitas y corazón en sangre, si es tan inteligente como yo creo, jamás querrá integrarse con unos seres como el banquero y político que considera a los habitantes originarios de Panamá casi como atrasados mentales sin capacidades ni inteligencia para salir de la pobreza y el “atraso”. ¿Para qué integrarse con los que sí han robado al país desde que nosotros tenemos memoria? ¿Para qué aspirar a ser occidental, acumuladora, egoísta, vil?

La mirada que reflejó el también articulista Lewis Galindo en un periódico local es similar a la que los gringos tenían de la mayoría de panameños cuando eran potencia colonial de facto; quizá, sea parecida a la que muchos “inversionistas” extranjeros se reservan en público pero practican en los negocios: un país casino, una Cuba de los 50 mucho menos grosera en las formas, donde se deja jugar a algunos locales –como Samuel Lewis Galindo– como empresarios y se considera al resto de ciudadanos empleados potenciales para dar servicios a los jubilados y turistas ocasionales que eligen este paraíso estable económica –solo porque hay dólar– y políticamente –solo porque no hay uniformes–.

No sabe Lewis Galindo –pobre, parece que no sabe mucho de la vida real fuera de los muros de su universo privado– que Lupita está luchando por él. Que con su pelea por el territorio y la cultura está defendiendo lo que queda de dignidad y de auténtico. Sería bueno sentarlos juntos una tarde, en la ribera del río Drui, cuando la brisa suaviza las aristas del calor y el rumor de los niños chapoteando matiza la crueldad de esta vida a pisotones. Me los imagino charlando y, si el empresario se olvidara de todos sus prejuicios y se abriera a otro conocimiento, estoy seguro de que él también quedaría atrapado por la magia de Lupita: la de la sinceridad. Habría que llevar cuidado para que la dosis de humanidad no fuera excesiva para un hombre ya entrado en años y gélido en alma. Pero seguro que la “india” sabría donde parar.

Escuchaba hace poco una grabación en la que Lupita argumentaba como madre y como ser humano, alejándose de las supuestas razones que la ley le da al ganadero Guardia o a quien quiera quitarle su tierra de maíz y yuca o su casa de madera y palma. Leía también en estos días al religioso Isidoro Macías, que ayuda a los emigrantes indocumentados que llegan en bote a las costas españolas. Cuando le preguntaban sobre si no le daba temor estar violando las leyes al acoger a gente fuera de la ley, él respondía: “De leyes no entiendo mucho. Además las cambian cada poco. La única ley que me sirve es la del amor y esa no me la he saltado jamás”.

Necesitamos más Lupitas y más Isidoros… A ellos no los nombrarán empresarios del año, ni les darán distinciones presidenciales, pero seguro que nuestro planeta sería más amable y más hermoso de abundar estos personajes en lugar de los Lewis Galindo y asociados.