9/6/09

Publicado hoy 09.06.09


EL MALCONTENTO

Ese fugaz momento

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Es cuestión de tiempo y de plazos, como si de un crédito hipotecario se tratara. Cuánto tiempo añorando la vida, cuántos plazos hay que pagar –o apagar– para que controlemos su rumbo. Y, de pronto, de regreso de tu luna de miel se cae el avión en medio del océano, o justo en frente de la tienda de la china donde comprabas arrúgala y tomates otro carro impacta contra lo que queda de tu cuerpo, o, simplemente, una de las autopistas de sangre que nos recorre por dentro revienta cansada de bombear sin destino la salvia que te da el aliento. Ese fugaz momento es el que le da sentido o se lo quita a lo anterior. ¿Cuánto has vivido? ¿Qué has vivido? ¿Para qué has vivido?

Escribo minutos antes de subirme a un avión y, como siempre, no tengo miedo. Sin embargo, hace ya un tiempo que el estómago me recuerda su existencia con un vértigo antes inédito cuando las llantas de la bestia se separan del piso. No tengo problemas con la muerte –al menos, peleo menos con ella que con la vida-, pero sí me aterra el aplazamiento eterno en el que suspende planes y avatares.

Quizá, ante ese abismo del fin incompleto, solo queda vivir con la intensidad del último instante, con la irresponsabilidad de buscar felicidad y placer en dosis letales. ¿Imaginan? ¿Imaginan un planeta donde no existieran aplazamientos y donde la vida se jugara en tiempo extra siempre, buscando el gol de oro? Sé que habrá voces que calificarán estas elucubraciones de inmaduras, de irresponsables incluso: “¿Cómo se le ocurre?, Hay que vivir como la hormiguita del cuento, acumulando y previendo el invierno, para que no nos pase lo de la cigarra”. Y yo, enamorado siempre de las cigarras, ya desde niño pensaba que las hormigas eran como banqueros grises que avanzaban siempre en línea recta determinada por un capataz metiendo alimentos y pertrechos en oscuras cuevas en las que pasarían el invierno con la panza llena y el alma endeble. Nunca he tenido compasión con las hormigas. Sí por la temporal mosca, incluso por el eterno escarabajo, pero no por esos mínimos espectros de la previsión.

Pareciera entonces que morir es algo casual, que nos sorprende en una curva, en una nube, incluso en la triste bañera. Y, sin embargo, no lo es tanto. Damos pasos para vivir en determinado contexto y será en ese escenario donde la haremos creer que ella eligió formas y tiempo. Por ejemplo, estos días siguiendo los terribles sucesos en la Amazonía peruana, pensaba cómo de diferente suena caer de una avión que caer en una lucha justa; incluso, qué diferente es morir como policía que como campesino. No hay nada casual en ello, hay elecciones, hay actitudes que desafían cara a cara a la parca para dotar de sentido el fugaz momento en que la memoria ya no tiene sentido.

Por eso, no es lo mismo la escenografía que elige Berlusconi para vivir –que será la misma para morir sórdidamente- o la que elige nuestro nuevo presidente electo. Todos y todas nos vamos con el decorado que es, a fin de cuentas, el que marca el recuerdo que de nosotros queda.

Presencié el accidente de Corozal en el que murió un joven de 26 años y ahí en ese momento en el que yo recargaba el carro de combustible y me disponía a sortear otro rato de la vida, él murió sin que yo me diera cuenta, sin que los suyos lo supieran, sin que su futuro se resumiera. Nada importa lo que había planeado hacer al día siguiente, nada influyen sus enojos de la mañana o sus alegrías de la noche anterior. En ese fugaz instante, el sentido se hizo silencio.

Escribo poco antes de subir al avión y estoy seguro de que bajaré con las mismas cavilaciones. No hay respuestas para estas honduras que torturan al ser humano desde que es consciente de que lo es. Cuando escribo sobre las razones para vivir de esta u otra manera, en ocasiones me creo, pero la mayoría de veces recuerdo a Ondaki, un joven poeta angoleño y tres versos que más de una vez me inquietan. “Quero falar com esse de mim que escreve / apaziguar-me a través dele. / vezes demais, ele nao está”.