30/1/14

Silencio impuesto

De pronto hay un silencio. Más silencio que el silencio anterior. Un silencio que no acompaña, de esos que no se nos regalan sino que son impuestos. Es la ausencia de los buenos. Da igual que sea ley de vida o naturalidad de la muerte. El silencio de los buenos es una catástrofe para esta humanidad tan necesitada de acciones y voces dignas, sólidas, confiables.
En unos días, se ha apagado un montón de fueguitos imprescindibles. Los hay conocidos, como Gelman o Pacheco; los hay incrustados en la vida cotidiana, sin focos ni estridencias. Puede que su silencio nos duela a menos humanos, pero es tan catastrófico como los otros.
Luis Ramírez Feliú ha vuelto a la tierra, a fertilizar nuestras ideas y recordarnos que la ética, la coherencia y las apuestas hay que mantenerlas con terquedad y con convicción. La realidad es que no todos los fueguitos que se apagan iluminaban igual. El de Luis fue durante décadas vereda transitada por cientos de nicaragüenses, por cientos de catalanes, por ciudadanos del mundo que entendieron su compromiso y la rotundidad de su seriedad divertida.
Sí, el silencio impuesto duele. O quizá, escuece. Escuece tomar el relevo, saber que las voces perduran en nuestra conciencia colectiva e interpelen a nuestra conciencia individual.
Buen regreso amigo. Los que nos quedamos aún, vamos a seguir en las trincheras del pensamiento y la acción dignas.