24/10/12

Estado de excepción



Hoy voy a firmar unos cuantos decretos. Me he otorgado poderes excepcionales para legislar sin razón y para sentir sin limitación.
El primero tendrá que ver con nosotros, por supuesto. Determinará con exactitud nuestra obligación de dedicarnos en cuerpo y alma a nuestros cuerpos y almas, el ineludible deber de ser lo que somos dejando como víctimas, únicamente, al tedio y a las tentaciones de rendición.
El segundo es probable que se centre en el paréntesis obligatorio en el que deberán entrar rutinas y horarios, empleos y estupideces. El tiempo no puede consumir en asuntos tan insignificantes para el ser humano como producir o triunfar. Claro está que esos asuntos fútiles son de extrema utilidad para poderosos y religiosos de la mentira, pero como presidente plenipotenciario los mando al carajo y decreto la libertad incondicional para trabajadoras, putos y desempleados, les concedo el subsidio del afecto y la fraternidad y los condeno a cagarse de la risa cada vez que vean un empresario buscando carnaza para sus factorías de dolor.
Estoy pensando el tercer decreto pero, mientras lo defino, me voy a concentrar en tus ojos, en tu voz, en meterme tan dentro de ti que la oposición, siempre dispuesta a amargarnos la fiesta, no me pueda encontrar.
Divúlguese y cúmplase (o no)