2/2/10

El Malcontento de hoy

Por fin, propuestas
Paco Gómez Nadal
opinion@prensa.com

Es hora de pasar a la acción, de colaborar con las autoridades para que el país vaya por la buena senda, sin desvíos ñangarosos ni estrafalarias ideas que escondan sus verdaderas intenciones tras la máscara de los derechos humanos o de la libertad.

Además, ya está bien de solo criticar, de destacar solo lo malo, de no darse cuenta de la oportunidad de cambio real que supone el proyecto Martinelli (buen apellido panameño de cepa como Papadimitriu, Tamburelli o Shamah…. Este es solo un apunte para xenófobos y protectores de la pureza nacional).

Pues eso: propuestas. Comienzo apoyando firmemente el propósito presidencial de poner en cintura a las televisoras. Hay que legislar y hacerlo pronto. Por supuesto, activar la Junta de Censura que algunos diputados anhelan, pero no conformarse con ello.

Hay que poner tamaño límite a los pechos (senos, mamas, bustos, ubres…), no es posible que las presentadoras de TV y las actrices de telenovela le den este ejemplo artificial y libidinoso a las muchachitas y que provoquen que los hombres anden comparando en casa y llegando a lúgubres conclusiones que atentan contra el sacrosanto núcleo familiar; también hay que emitir los programas de debate a partir de las 2:00 a.m.; poner boxeo y béisbol de 8:00 a.m. a 12:00 m, llenar la parrilla vespertina de documentales sobre la polinización de los guayacanes y dejar las telenovelas mafiosas para el mercado de DVD piratas de El Dorado (en exclusiva).

No nos vamos a quedar ahí no más. En el caso de los periódicos, es preferible pautar publicidad en aquellos que eliminen la sección de opinión y, ante todo, la de glosas (que no está el país para bromitas y rumores) y los que mantengan el área de sucesos deberán aclarar en un cintillo que el Gobierno no es responsable de cada muerte y que –faltaría más- se arremeta contra malhechores y canallas en medio de la calle con bula para apalear.

Los valores de la decencia hay que llevarlos a la población general. Por eso, y para dar ejemplo, el presidente Martinelli va a dejar de vender alcohol en sus supermercados; va a limitar el dispendio de condones a mayores de 50 años, porque lo otro es fomentar la promiscuidad y el descontrol (pregúntenle si no a los Varela –Juan Carlos o Susi-); dejará de ofrecer productos importados o revistas donde se hable de violencia o de telenovelas y películas con contenidos censurables.

De paso, estamos a tiempo de ponerle medidas a las faldas (solo es ampliar el régimen de fiestas patrias y hacer cumplirlo), instaurar un toque de queda severo en los barrios donde habita el lumpen (como son holgazanes y no trabajan pueden estar a partir de las 4:00 p.m. en casa), prohibir que las indígenas kunas que se pasean por la capital lleven tanto colorinche y darles camisas oficiales del Gobierno (de esas que se han puesto de moda en Honduras) y, por razones de salud pública, limitar la cobertura del programa de Lucho Pimentel y Toñín Cabezas a Vía Argentina (por algunos hay que empezar, aunque el listado de lenguas viperinas es más amplio).

Nótese que las propuestas son democráticas porque no contemplan la activación de escuadrones de la muerte para limpiar de indeseables las calles. A cambio, hemos anunciado la construcción de varias cárceles. Hay que cuidar la imagen del país.

La regulación de las costumbres es una buena práctica que ya pone en práctica el presidente ejemplo (Uribe I de Bogotá) y que los paramilitares de ese país han traducido en los llamados “manuales de convivencia”. Como dijo un ministro en el Consejo de Gabinete de Soná (en la mera residencia presidencial), “hay que aprender de él”. Pues eso, que Uribe I ya practica alguna de estas sutilezas pero sin necesidad de legislar. Para lograrlo ha utilizado dos técnicas que deberíamos implementar en Panamá. La primera es conseguir que la opinión pública se dé cuenta de que todo aquel que no apoya al Gobierno es un antipatriota. En esta vamos por buen camino.

En la segunda técnica sí andamos aún en pañales. Hay que construir la red de informantes para que no haya incumplimiento o desdén que quede sin sancionar. En Colombia esta red ya tiene a algo más de un millón de taxistas, saloneros y empleados varios que reciben plata a cambio de delatar asuntos de la mayor importancia y minucias que no son menos importantes. Ahora, Uribe I ha perfeccionado el sistema al proponer que los estudiantes universitarios entren a la red a razón de 50 dólares el chivatazo. Martinelli se está durmiendo en este frente, pero aún puede ponerse al día.