25/3/14

Somos lo que olvidamos

Han sido días de insulto. De insulto a la memoria y a la dignidad. Dos países paralelos que no saben del otro, una mentira tras otra alimentando la indolencia.
El país oficial se inventa héroes (de papel), consensos (que podríamos llamar renuncias), transiciones (que son leyes del silencio), democracia (que podríamos denominar enfermedad), progreso (que sería algo así como la acumulación de AVES que no van a lugar alguno).
Mientras una parte mínima, pero grande, del pueblo se manifestaba bajo una palabra en desuso (dignidad); otra, mucho más pequeña pero muy crecida gracias al altavoz de los medios, hacía cola para ver a un país muerto hace tiempo. Su entierro no es la señal de un nuevo tiempo, sino la siembra de la cizaña nunca resuelta, la concatenación de una era de medias verdades con otra de mentiras completas. ¿Y las mayorías? Las mayorías andaban preocupadas de un duelo medieval y globalizado de tipos en pantalón corto que les roban su dinero y su energía. Las mayorías son silenciosas cuando hay que hablar y vociferan en masa cuando un silbato les ordenan que lo hagan.
Hay que tener mucha fe en esta especie de mastuerzos para seguir luchando por y con ella, pero no hay mucha más salida.
En Europa, en la decadente y patética Europa se sigue llamando crisis a no poder cambiar de carro mientras se anhelan los tiempos en los que la plata salía de los grifos de las frías urbanizaciones de la clase media. ¿Dónde estaban los indignados? ¿Qué preguntas se hacían sobre su ‘bienestar’, sobre los miles de millones de humanos desechables que eran necesarios para que su ‘democracia’ funcionara?
Como en la Argentina del corralito, sólo hace falta un poco de pienso para que se abandonen las calles y se vuelva al cálido onanismo en espera de la jubilación. Ese miedo, a no tener jubilación, a no obtener el ‘merecido’ descanso del buen trabajador, nos tiene ahora asustados, atenazados, viendo un abismo donde apenas hay un charca putrefacta alimentada de nuestra escatológica historia.
Éramos fruto del olvido. Vivíamos cómodos arrastrando el olvido de las víctimas de una guerra vil, conviviendo con la falsa historia que nos hablaba de unas Corte de Cádiz, de generaciones de grandes escritores a los que no hemos leído, con el olvido de la esclavitud y sus beneficios, de la ‘conquista’ y su terrorífica y vigente herencia… No hacerse preguntas es convertirse en victimario; reclamar sólo cuando a ‘nosotros’ nos va mal es un ejercicio de cinismo histórico y de intencional amnesia.
Los jóvenes ‘revolucionarios’ de esta España lloran por la reducción en sus Erasmus; los jóvenes ‘revolucionarios’ subsaharianos se tiene que conformar con dejarse la piel en unas vergonzosas vallas que no ha  logrado quitar el sueño a los mismos que nos decimos hartos del sistema, decepcionados de la ‘democracia’, dispuestos a encabezar un cambio social. Nos mentimos más que nos olvidamos.
Y si somos lo que olvidamos, somos el Cid y Alfonso I, somos Pizarro y el cardenal Cisneros, somos  Torquemada y e Solón Virreinal, somos López el Negrero antes de llamarse Marques de Comillas y somos Primo de Rivera antes de ser Marques de Estella. Somos el enano gris dictador del siglo XX y el reformista que ahora enterramos, somos el aún vivo González renunciando al marxismo y el enano con peluca que medró desde el estalinismo que ahora se nos olvida.
Ya sé, ya sé que nos gusta recordar a Cervantes y a Tirso, a Ortega y Gasset y a Lorca, a Nadal y a Indurain, pero eso… el recuerdo selectivo y hagiográfico es una trampa, una trampa que no logra burlar a la historia de la verdad ni a los fantasmas que rondan este cementerio de lujo en el que vivimos.
Somos lo que comemos y comemos mierda. Somos lo que olvidamos y olvidamos la mierda de herencia que gestionamos. Somos la primera capa de una escombrera en la que no queremos escarbar. Somos nuestra propia mentira, somos indignos bramando dignidad.
Hoy llueve.