20/12/13

El barro de la vida / Homenaje a Moncho Burgués



Ayer, 14 de diciembre de 1970 recibimos el siguiente escrito firmado por el Comisario Jefe  de la Brigada Regional de Investigación Social dirigido al Magistrado especial de orden público

“Ilustrísimo señor:
Tengo el honor de poner a disposición de V.I. a José Ramón Burgués Mogro, hijo de Ignacio y María Concepción, nacido en Cervera de Pisuerga, Palencia, el 13 de julio de 1952, estudiante de 1 de Filosofía y Letras, soltero y con domicilio en Cadarso, 18.
El citado ha sido detenido por los funcionarios afectos al Departamento de Orden Público D. Miguel Pulido Ruíz y d. José Enrique Carreño Pérez. En su declaración reconoce haber ayudado a volcar un coche marca Seat 600 con otras personas y que al advertir la presencia de un coche de la Policía, salió corriendo por varias calles manteniendo un forcejeo con los inspectores que trataban de detenerlo”.


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El 14 de diciembre de 1970 en Madrid hacía un frío que pelaba con una temperatura mínima de -3 grados. En alguna sala de cine del régimen gris se pasaba el NO DO número 1.458 del año 28. Las masas silenciosas cerraban puertas y ventanas mientras algunos hombres y algunas mujeres se golpeaban contra las paredes.

Extracto de la declaración de los agentes Pulido Ruiz y Carreño Pérez:
“… También el revoltoso en su redoblado esfuerzo de eludir su detención cayó contra la pared de la casa cercana a la esquina donde estaban intentando detenerle, produciéndose la ruptura de las gafas que llevaba puestas y por efecto de que se rompieron los cristales de la misma, se causó una herida en la mejilla derecha, herida inciso- contusa de unos cuatro centímetros, con colgajo en mejilla derecha”.

Cayó contra la pared…


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¿Cuántos silencios hacen falta para ocultar a una persona?
¿Cuántos silencios hacen falta para conocer a una persona?
¿Cuántas corteses sonrisas para ir echando capas de silencio sobre su digna biografía personal?
¿Cuántos eligen el silencio frente la arrogancia; el cotidiano compromiso sin focos frente al liderazgo de las tarimas?
¿Cuántos nos abandonan y calcular su ausencia nos supone toda otra vida?

La ciudad está llena de seres especiales, magnéticos, cargados de historia y de historias. Nos caen bien, los consideramos cercanos, sabemos mucho de su corteza, pero poco de lo que están compuestos.
Nos cruzamos con ellos, les compramos el pan, les deseamos los buenos días, charlamos del último concierto de jazz programado sin saber que sus días son buenos por dentro, que se sustentan en una masa madre casi incontaminada. O, al menos, tan robusta como para que las bacterias del tiempo, las de los éxitos e, incluso, las de los fracasos, no la echen a perder.
La enésima pregunta de este texto sin respuestas es…  si hablaba poco y escribía menos… ¿cómo conocer a Moncho más allá de la barra del Rvbicón, más allá del tinte amarillo, rojo y morado con el que barnizaba su arcoíris particular? ¿Cuántos bigotes hacen falta para ocultar las cicatrices? ¿Cuántas cicatrices se ocultaban tras la corteza cotidiana?

Hay más lenguajes que el oral o el escrito. Por ejemplo, el del barro: trabajo del alfarero que siempre fue más que eso, y que encontró en el cuenco la pieza repetida en la que volcar la coherencia confundida con obstinación. ¿Dice algo el barro? Claro que sí, Moncho entraba al barro con el alma, como le dio por vivir la vida. Gozándola. Sólo vendía sus piezas cuando la necesidad apretaba y, mientras, prefería mecerse en el milenario arte del Rakú.

Cuencos de esa arcilla que sobrevive a la carne, la que se cuece en una vida de pasiones sin estridencias, sin compromisos no convenciones pero con el compromiso y la convicción de quien se estrella sin importarle las consecuencias contra las paredes del sistema que coloca una policía torpe y burocrática.

Hoy 15 de diciembre de 2013, tengo el honor de poner a vuestra disposición algunos de los elementos que componían el cuenco de la vida de Moncho. Ved: ponemos un profundo compromiso social y político con los derechos de las otras y los otros. Ese compromiso hay que amasarlo todos los días, sin aspavientos, ni militancias nominales, sino en el difícil e inestable territorio de lo cotidiano. Añadamos cabalidad y vehemencia en la ejecución de lo decidido. Hagamos que esas decisiones se tomen por intuición y a punta de pasión.. y ahí lo tenemos.

Hoy 15 de diciembre de 2013 os quiero señalar la ausencia, la falta del que muchos conocieron como el Príncipe Rojo, el que supo del frío tremor de Carabanchel, del cálido recibimiento que pueden proporcionar las croquetas de Maricua en un sitio imposible y pionero como La Paquita (allá en la Travesía de África donde tres mesas con mantel de papel, una estufa y un gato hacían de atrezzo para el atrevimiento gastronómico), el que se embarcó un par de años para, finalmente, perderse el Carnaval de Río de Janeiro, que cortó tulipanes en Holanda o le puso la estrella a algún  Mercedes Benz en el frío y distante Heidelberg, el que supo que los quirófanos y los injertos no iban a silenciar su estruendoso silencio.

Hoy 15 de diciembre de 1987 estamos en la calle del Carmen que un día fue Sol y donde la luz ha vuelto a brillar, un lugar por el que nadie hubiera apostado hoy, nadie excepto un terco alfarero, un fino cocinero, un respetuoso republicano razonador, un trotskista sin carnet ni secta, un indisciplinado fiel a sus convicciones.

Hoy debe ser 15 de diciembre ¿verdad? Y si es así, allá al fondo, debe venir caminando un tipo no muy alto, de bigote espeso y coleta sempiterna, bajo un sombrero de paño. En su casa, aguarda el Panamá para cuando el clima le diga que la alegría se ha vuelto a posar sobre la ciudad. Aquí, en nuestra calle, la que es nuestra por la lucha de muchos y muchas como él, nosotros tenemos el deber de la memoria y la alegría de haberlos conocido. Y una obligación… yo os invito a que, a partir de hoy, miréis a los otros y a las otras sospechando de la profunda riqueza que guardan en su interior. Preguntadles… preguntadles por su historia íntima, por sus apuestas secretas. Esas que los expedientes judiciales no cuentan, esas que los agentes Pulido Ruiz y Carreño Pérez no pudieron intuir en el “marginal” que tenía la costumbre de romperse la cara él solito.