28/8/11

Irene y la soledad del tiempo

Irene trata de recordarnos lo que somos: poca cosa. Sus vientos pueden más que nuestras centrales eléctricas y sus lágrimas mojan más que la lluvia de entretenimiento de Times Square.
Desde donde miro a esta chica, el sol no perdona. Es también una forma de visibilizar nuestra fragilidad, apenas huesos y piel para protegernos de la dureza de la vida; desarmados de alma para poder compensar el oprobio de respirar en medio de tanto mercurio, de tanta ignorancia.
No sé si es bueno echar una mirada a este mundo. Tiempos aquellos en los que viajar era imposible y la ignorancia era de otro tipo y hacía menos daño porque era la de la cercanía, la limitante del espacio. No más.
Ahora, todopoderosos jinetes de aviones y relámpagos, nuestra estupidez cobra más sentido. ¿Cómo modificar este estado de cosas? ¿Cómo, simplemente, ser más humanos (en el supuesto caso de que el ser humano sea algo mejor que esto que medra por las esquinas de su propia incapacidad)?
Este tiempo, tan veloz, tan agitado, está solo. Nadie le ayuda a gestionar tormentas ni ausencias. Hemos construido un sistema tan complejo que es extremadamente sencillo verle las vísceras. Y no son agradables, huelen, pestilentes, a una mezcla de cianuro y sangre, a la perseverante combinación de exclusión y soberbia.
A veces, Irene debería quedarse, acabar con cualquier Noé iluso y obligarnos a enfrentarnos a la soledad del tiempo a ver si así, ensimismados, logramos recuperar el aliento (y la esperanza).