23/11/08
SABIDURÍAS II
(...) Para Víctor, el occidental tiene un excesivo apego a la razón, una desconfianza patológica a todo lo mutante. De algún modo, la paranoia de los indígenas con las leyes naturales –a las que se aferran como para no perder el sur-, se reproduce en los occidentales con las leyes de la razón –la obsesión por llegar a paradigmas científicos inamovibles, a verdades absolutas que, a fin de cuentas, son sólo absolutas hasta que otro científico avanza en el camino del conocimiento y demuestra que hay otra hipótesis más sólida, más absoluta-.
También tiene que ver con la forma de aprendizaje del occidental, que transmite paradigmas sin potenciar lo que Estanislao Zuleta llamaba el “trabajo del pensamiento”. Zuleta, al igual que Víctor, critica la escuela y la esclavitud del aprendizaje, pero desde una perspectiva de la búsqueda de la libertad, de la “búsqueda del descoyuntamiento crítico de las nociones, los valores y los prejuicios (…)”.
“Así, una educación que transmite el saber en el mismo proceso con que refuerza las resistencias al pensamiento produce uno de los logros más nefastos de nuestra civilización: el experto o científico que hacen aportes y que, fuera del campo de su especialidad, son las ovejas más mansas del rebaño, se atienen a las ideas y valores más dominantes, y conservas incontaminadas por su saber las más extravagantes creencias con tal que sean lo suficientemente tradicionales y colectivas como para que no les planteen problemas con su medio”, concluye Zuleta.
Los indígenas no creen en la razón como único asidero para subsistir, para progresar. En su discurso, el pasado es presente necesario que construye el futuro anunciado. Lo terrenal necesita de lo espiritual, aunque la tierra sea su única referencia cierta. Para un murui muiname, como para la mayoría de los indígenas americanos, nada es posible sin la fuerza de un creador, de un padre de origen que dictó unas leyes naturales y un conocimiento que se conserva gracias a la palabra amanecida que se divulga a través de los caciques y de los sabedores.
Víctor cree que los occidentales tratamos de solucionar todo entre seres humanos y nos falta la energía de ese creador. “El problema es que sólo sienten la fuerza terrestre. Nadie con la fuerza terrestre hace, sino con la fuerza divina. Toca aprender desde un principio. Nadie nació sabio en este mundo. Nosotros aprendemos a través de otro compañero y lo que sale por su boca no es él, es la palabra divina. Muchas veces miramos los defectos de esa persona… no hay que mirar porque son iguales a nosotros, son humanos los que nos enseñan. No mirar, escuchar”.
Y para escuchar, los murui muiname se refugian en la noche, cuando todo está tranquilo, cuando los seres bajan la guardia y están frescos para escuchar y en sus sueños mascullan el eco de las palabras para ponerlo en acción al día siguiente. Quizá esta lógica tan efímera es lo que provoca la desconfianza de Víctor hacia las escuelas occidentales. Desde su mirada, el conocimiento comienza en casa y se fundamenta en el amor, en la práctica cotidiana del amor al otro.
“El amor de los occidentales yo lo que he observado, es que no más dicen de la boca, lo dicen por la lengua no más, pero no lo emplean, no lo cumplen. Para cumplir el amor hay que dar, hay que satisfacer, no sólo decir (…). Eso no vale. Mucha máscara, en vano.
“El amor primero hay que dialogar, de noche. Al amanecer el día, hay que poner mano a la obra. Hay veces que ustedes creen que el amor es sólo sexo. Va pasando de mano a mano, nosotros no, lo que uno consiga hay que dar vida, hay que educar lentamente. Porque si el amor no lo educa, dónde está. Nosotros no somos animales, somos humanos, somos gente.
Algunos saben quiénes son. Para saber quién es uno hay que reconocer la familia. Primero, en el hogar, papá y mamá esos son los maestros. Si uno en el hogar no les da esos brindis y piensa que en el colegio les van a brindar eso…. No, allí van debilitando, van quedando porque eso allá ya está planificado en los libros. Es importante saber quién es el abuelo, el bisabuelo, de dónde procedemos. Y eso nos lo tienen que contar papá y mamá…”.
Nos tocaría pues, volver a escuchar y a confiar. Ese valor se ha perdido, igual que se ha diluido la necesidad social de ser reconocido, no para recibir la palmadita en la espalda, sino para comprobar que nuestro esfuerzo, que la tarea de descoyuntar nuestro pensamiento sí ha valido la pena. Ambas cosas –escuchar y confiar- tienen mucho que ver. Uno escucha cuando confía en la honestidad intelectual y moral de su interlocutor. Cuando, aunque no se esté de acuerdo, incluso pensando que el que habla defiende planteamientos descabellados, siente que hay corazón, que hay tripas comprometidas en el discurso.
María Zambrano, esa mujer que encontró en la palabra el poder que puede alimentar al cosmos, la que nos salvó al decirnos que no hay desdicha para “aquel hombre que puede contarse su propia historia”, habría encontrado un filón de pensamiento si el concepto de ‘palabra amanecida’ hubiera caído en su mesilla de noche. “Forzoso es aceptar que al mirar a este último período lo encontraremos lleno de ciencia y conocimiento puro. Pero pobre, inmensamente pobre, de todas las formas activas, actuantes del conocimiento. Y entendemos como activas las que nacen del anhelo de penetrar en el corazón humano. Las que se encargan de difundir ideas fundamentales para hacerlas servir como motivos de conducta en la vida diaria del hombre vulgar que no es ni pretende ser filósofo ni sabio. Formas que no descubren ni inquieren, sino que transforman lo inquirido y descubierto en “ideas vigentes’”. Es decir, que al final Zambrano habla de conocimiento amanecido, puesto en práctica, vigente, pertinente, necesario, humano, soñado, completo, parte razón, parte emoción, parte humanismo, parte espiritualidad –diría Zambrano religiosidad-.
22/11/08
SABIDURÍAS I
} Dicen los murui muiname, los tuyos Víctor, que para que la comunicación sea auténtica, efectiva y útil, deben darse cuatro momentos. El momento del pensamiento, que implica pensar positivamente, sin mantener pensamientos secretos (dañinos porque el que mantiene el secreto niega su identidad, que es la pureza). El momento del corazón, cuando todo pensamiento se lleva a la luz del amor, al hacerlo, todo pensamiento negativo o secreto se podrá exteriorizar sin atacar a nadie, y todo pensamiento positivo llegará hondo, al corazón de los que escuchan. El momento de la palabra, donde el pensamiento que se ha llevado al corazón se expresa en palabra dulce (vuestra forma de hablar de la palabra sabia, necesaria, pertinente), que no ataca ni hiere sino que atrae, une y construye. Y, por último, el momento de la obra, el momento de las consecuencias reales de lo que se dice".
} En la forma de entender el mundo de los murui muiname no hay coherencia si la palabra no se corresponde con el pensamiento y no se aplica en acciones concretas. No vale aquello de “haz lo que yo diga, no lo que yo haga”. La contundencia de la acción relacionada con la palabra es la que otorga la credibilidad a un líder comunitario verdadero. La palabra así toma sentido si quien la escucha identifica al sabio y lo respeta. Escuchar y hablar es lo que se hace en la maloka después de lograr la conexión con la madre y el padre.
} Víctor cree que el occidental tiene atrofiado ese sentido de la escucha. Algo nos pasa que él no comprende. “Es raro, nosotros que somos culturas ancestrales tenemos la palabra nueva siempre y ustedes, que son nuevos, tienen la palabra vieja”. Desde la mirada de este cacique, los occidentales desperdiciamos el caudal de sabiduría de nuestros propios ancestros, cuando, según él, “desde que aprenda una persona nueva, la palabra es siempre nueva, no como en los libros”. La escuela es un lugar donde “el conocimiento se arruma como discos antiguos”, un lugar donde se enseña, fundamentalmente, el valor del éxito, no el precio de la búsqueda. La palabra, al quedar impresa y archivada, deja de pronunciarse y pierde vigencia. En la cultura murui muiname cada vez que se rememoran los mitos del origen, éstos se adaptan a la situación del que los requiere. La temporalidad no es un problema, el espacio no cambia: siempre es el espacio sagrado del intercambio. Se mantiene pues, lo que dijo el primer indígena colombiano que quiso dejar un ideario propio. Quintín Lame ya dijo que los libros de los blancos no sirven como única fuente de saber: “se han envejecido (…) sin aprender a pensar”.
Serie, Sabidurías
Espero sus comentarios o sus silencios, ambos son igual de potentes porque sé que cuando la palabra se siembra el trabajito ya está hecho: cada cual cosecha en su momento.
Gracias mil.
A desalambrar
20/11/08
19/11/08
Minga Nacional de Resistencia Indígena
CARTA ABIERTA A LA MINGA NACIONAL DE RESISTENCIA INDÍGENA Y POPULAR
YA VENCIÓ LA PALABRA
Paco Gómez Nadal
Ya venció la palabra. En este mes largo de movilización nacional, de resistencia pacífica, de camino, de palabra amanecida, de soportar humillaciones e intentos de sindicación, de solidaridades, de amenazas, de la energía del arcoiris, de hombros que se tocan, de almas que se escuchan… en este mes largo ya venció la palabra. Da igual lo que se negocie, es indiferente si el gobierno o los medios de comunicación masivos y comerciales siguen invisibilizando lo más hermoso de la realidad, en nada influyen las escasas indiferencias ni las ruines estrategias del poder: la Minga Nacional de Resistencia Indígena y Popular ya venció.
Yo, hombre blanco occidental, cargado con la responsabilidad histórica de mi pueblo, dispuesto al reencuentro en la banca de la sabiduría o a la sombra de un palo frondoso, les quiero insistir en que su ejemplo moral (algo cuyo valor no se enseña en la escuela) ya nos ha dado alas, nos ha hablado de dignidad, de vida, de futuro. A ustedes, hombres y mujeres de los pueblos indígenas, a los que tantas veces se les ha acusado de estar anclados en el pasado (los occidentales no distinguimos muy bien ese término del de tradición), están dado una lección de futuro posible.
Construir un futuro posible y justo, no solo para Colombia sino para la Humanidad, pasa necesariamente por la unión de los pueblos (la Minga lo ha hecho), por la solidaridad del camino (así está siendo), por la defensa a ultranza de la dignidad frente a los poderes hegemónicos político, económicos, culturales y mediáticos (ese es su principal aporte), por las plataformas de reivindicación generosas (su agenda política es para el país no solo para los pueblos indígenas) y por los actos de vida frente a los de violencia (eso los ha diferenciado del Estado en esta Minga heroica).
En esta carta abierta quiero agradecerles en mi nombre y en el de muchas ciudadanas y ciudadanos que nos hemos sentido orgullosos de habitar el mismo planeta que ustedes y tranquilos al saber que por encima de la ceguera generalizada de este mundo urbano y adormecido ustedes han sabido conservar la energía de los seres humanos que se saben libre y dignos. Su actitud ejemplar es movilizadora, no lo duden y muchos ya no podremos dejar de movernos en la misma dirección después de estos meses de octubre y noviembre de 2008. Sé que muchas veces antes se han levantado y han dado ejemplos similares, pero tengo la sensación de que esta vez han sido conscientes de verdad del poder real de la movilización masiva y popular.
Nadie podrá acabar con los movimientos sociales, pero ahora son los movimientos sociales los que empiezan a tomar la palabra. En realidad, están cambiando su propio nombre para convertirse en la Minga Nacional de Acción Indígena y Popular.
Buena suerte y un abrazo de hermano menor. Para lo que necesiten, para lo que necesitemos, nuestras almas, las de todas y todos los que hemos estado cerca de la Minga, están prestas.
16/9/08
La digna rabia
Podamos o no podamos estar, esta gente ha entendido que la palabra es tan poderosa como otras armas y que las almas, junticas, pueden movilizar los cambios. A pesar del silencio mediático, en Chiapas se sigue alimentando la rebedía ante el estúpido sistema.
http://enlacezapatista.ezln.org.mx/la-otra-campana/993/
14/8/08
La naranja azul
A algunos se les olvida que el subcomandante Marcos sigue sembrando por ahí. Por si acaso. Algunas breves palabras suyas:
Si estoy en un error ahí lo corrigen, pero creo que fue Paul Eluard quien dijo que “Le monde est blue commme une orange”, que mi francés de sans papier traduce como “el mundo es azul como una naranja”.
He visto también algunas de esas fotos que del mundo se toman desde el espacio. La tierra se mira, en efecto, azul y sí, bien podría ser una naranja.
A veces, en las madrugadas que me encuentran deambulando sin reposo posible, alcanzo a treparme en una voluta de humo y, desde muy arriba, nos miro.
Créanme que lo que se alcanza ver es tan hermoso, que duele mirarlo.
No digo que sea perfecto, ni acabado, ni que carezca de huecos, irregularidades, heridas por cerrar, injusticias por remediar, espacios por liberar.
Pero sin embargo se mueve.
Como si todo lo malo que somos y cargamos, se mezclara con lo bueno que podemos ser y el mundo entero redibujara su geografía y su tiempo se rehiciera con otro calendario.
Vaya, como si otro mundo fuera posible.
Vengo después acá y escucho entonces que alguien dice que nuestros pueblos son ignorantes.
Yo relleno de tabaco la pipa, la enciendo y entonces digo:
¡Carajo! ¡Qué honor el poder ser alumno de tanta y tan rica ignorancia!
28/7/08
Hay caminos



El indicador de mis sentimiento es el dolor. Solo en muy contadas ocasiones, el punzón del placer se ensaña en mi lóbulo occipital y me hace ver las estrellas que el día a día anodino me oculta. He caminado hoy horas de piedra y altura. 3.100 metros de altura que hacen más pequeños mis ajados pulmones y que me obligan a dar la batalla en cada recodo. Arriba, la atmósfera es abierta, gaseosa, innecesaria por inabarcable. De manera abrupta tomo aire para no sentirme muerto y al llegar al sitio marcado hay luces que escenifican una mentira.
Me duele la cabeza, intensamente, pero no pienso en ello. Más bien me conecto con Mariana, la indígena kogui que está llenando la olla en un ritual de la alimentación que más parece una operación quirúrgica; o en José, su hijo, que a los 11 años ya sabe que debe convertirse en Sanador de la Humanidad y que para lograrlo se pega de los relatos de su papá Roberto o de José, el cacique del resguardo muisca de Cota.
También me engancho con el mismo camino que alborota mi dolor primigenio. Y lo disfruto, y lo miro, y lo camino hasta el dolor. Y me gusta.
Llegamos a esta tierra bautizada como Utopía y el nombre, aburridor por previsible, se vuelve verdad al entrar en el saloncito de la escuela donde se reúnen campesinos, líderes de vereda, jóvenes de ciudad en busca de otros vértices y mujeres líderes desde sus úteros y para los ajenos… negocian, acuerdan estar de acuerdo y luchar contra este mundo de locos a punta de locura, de utopía.
Héctor y yo estamos recién aterrizados y bao los efectos de una marihuana rica que nos fumamos al pie de la maloka invisible (una catarata limpia y perturbadora), así que preferimos apoyar en la maloka real, donde Mariana y sus hijas, y sus hijos, y una par de mujeres de Sumapaz están construyendo el milagro de la comida. Y picamos yuca, plátano verde, tomate y cebolla, ají y arracacha. Y el milagro hierve, como todos los milagros que merecen la pena. Meto la pata y con un flash agredo a Mariana. “Mi pensamiento se ha ido”, me dice y yo me hundo en absoluta pérdida, en fracaso, en blanco de mierda jugando a la incoherencia.
Marina, sin embargo, es generosa. Me encuentra en una esquina de la maloka, solo, bebiendo chicha, mirando el fuego. Se sienta conmigo y me empieza a hablar. En un tono de voz que me conmueve, con una ternura por delante que me conmociona. Y me cuenta por qué no lleva a sus hijos a la escuela, y sobre el secreto de la yuca, y del cariño de Roberto, su marido, ahora a medio camino desde a Sierra Nevada, de donde salieron desplazados hace ocho años a este frío tan lejano del otro frío donde el mar es el horizonte.
Después de la sopa y la conversa con este ejército de convencidos de su dignidad, emprendemos camino en el frío y en la loma. Y no me alcanza el oxígeno y la cabeza quiere estallar. Caminamos en silencio y el sonido de nuestras huellas me hace sentirme cerca, muy cerca de Héctor y de todas las puertas que, generosamente, me abre. De regreso, otro impacto, pero ese será para otra conversa.
Algo está pasando

Una mujer desplazada que lucha desde un rincón de Bogotá por la memoria de las víctimas, un grafitero dispuesto a marcar el universo con sus anhelos, un hermano que riega semilla de quinua y de tolerancia como paciente campesino sin estaciones, decenas de líderes indígenas prometiendo resistencia y pervivencia, estudiantes organizados para no dejarse ganar la batalla –y para no ahogarse “en el mar de mentiras”, obreros que gritan consignas y trazan derroteros de dignidad, estudiosos que no se callan, estudiosas que no se frenan, un editor que pesca en la red ideas para multiplicarlas…
Hay tanto y tan bueno, hay tantas energías apostándole a no creerse el cuento que algo debe ocurrir. O quizá ya está ocurriendo. La saturación de mentiras y de manipulación está provocando una reacción. Como cuerpo herido, atacado por bacterias, el ser humano despierta para buscar sus propias soluciones.
Hay trincheras, hay bandos, y hay que elegir con quién se está. No comer cuento y sí alimentarse de cuentos. Cuentos de libertad y de autogestión. Dispersar poderes y concentrar energías, repite Alirio y se le ilumina una sonrisa para confirmar el sentido de lo dicho.
Algo está pasando.
!Qué lindo parce!

13 hombres y mujeres encapuchados entran en el auditorio. Adolfo Pérez Esquivel , olvidadizo de donde se encuentra, anuncia la retirada de los jueces del tribunal Permanente de los Pueblos. Se nota que Francois Houtart y Manuel Palacín (senador indígena) querrían quedarse, pero hay que salvaguardar la credibilidad del fallo.
La imagen violenta de 13 encapuchados -vestidos de negro, sin zapatos para no ser identificados, con sus cuerpos deformados por ropas y mochilas que buscan esconder pistas bajo las camisetas- es contrarrestada inmediatamente por la belleza de su discurso. “Compitas, disculpen si molestamos”. “Nunca nos callaremos ante la muerte, nunca nos ahogaremos en el mar de las mentiras”. Se comprometen a mantener “un carnaval como resistencia y una vida como un poema”.
Siento lágrimas internas que buscan salir pero que se controlan para no romper el momento de emoción. 1.200 personas aclaman a los estudiantes clandestinos que se lamentan de vivir en un país donde hay que taparse la cara para hablar. Al lado mío, varios miembros del Movimiento de Víctimas de los Crímenes de Estado. Ellos no lloran, gritan consignas recordando a los que no están y a los que están encarcelados.
Hay un homenaje a los 16 estudiantes asesinados en los últimos cuatro años por “luchar por una Colombia del tamaño de sus sueños”. Y pienso en la urgencia de estas luchas, en la inutilidad de las mismas, en la imposibilidad de esquivarlas. Me radicalizo al mismo tiempo que me vuelvo más tolerante. No quiero estar de acuerdo con ellos, quiero comprender el dolor y la energía que hay que acumular para jugarse el cuello de esta manera, para retar a los asesinos que, seguro, tenían varios infiltrados en el auditorio.
“!Qué lindo parce!”, me dice un muchacho de unos 20 años antes de abrazarme sin conocerme. “Sí parce, fue relindo”, le contesto sincero. Casi ingenuo todo este acto de dignidad que termina con un encapuchado que toca una melodía en una flauta dulce antes de que la gente roma en vítores.
Después, nada cobró significado. Estaba todo dicho, las cartas encima de la mesa. ¿Hay posibilidad de negociar cuando hay tanta sangre acumulada en la memoria? ¿Se puede tener la cabeza fría para construir en un universo donde la destrucción y la doble moral es la norma?
Cada día me siento más tolerante con las personas que muestran compromiso con las causas justas. Cada día me aguanto menos a los míos, a los que camuflados en mil argumentos, se ha refugiado en la comodidad de vivir sin saber que la muerte enjuicia a la mayoría a cada minuto.
18/6/08
La dignidad de Macario
Yo sé que usted está cómodamente sentada o sentado en la silla de la mañana revisando el diario sin muchas ganas de viajes paralelos a lugares incómodos. Yo también. Pero déjeme llevarla o llevarlo unos minutos hacia una de esas realidades que discurren al tiempo de su vida, de la mía también. Habrá oído hablar de Jaqué. Normalmente, en relación con desastres, desplazados, muertes o pánico a la invasión de la horda guerrillera vecina. Nada bueno habrá escuchado usted de este poblado caliente y húmedo como el infierno, olvidado del Estado (excepto para mandar policías) y del resto de la sociedad panameña (como puede pasarle a Sambú, Puerto Obaldía y decenas de localidades de la periferia de la periferia del país).
En Jaqué, justo en el centro de la ¿calle principal?, está el Kiosco Donde Estoy. Desde la primera vez que pisé este pueblo, el kiosco me llamó la atención: carteles animando al uso del condón, pidiendo respeto para la cultura de los indígenas de la zona, solicitando la unidad de la comunidad para lograr el desarrollo de Jaqué…
No era un proyecto de alguna ONG nórdica despistada, ni, por supuesto, la iniciativa de un legislador grafitero. El dueño de ese negocio donde usted puede conseguir desde una galleta de coco hasta una bicicleta, desde una libra de cebollas hasta un trabajo de plomería, es Macario Morales Pino. Lo definiría como la ‘sonrisa de Jaqué'. Su optimismo y su energía son contagiosos, siempre dispuesto, siempre educado.
Macario acaba de protagonizar uno de esos episodios que jamás se conocerán acá en la capital, pero de los que hacen que uno vuelva a creer en la fuerza de nuestra sociedad civil frente a los politiqueros clientelistas que se riegan por nuestra geografía como una plaga de insectos casi imposible de eliminar.
La historia es la siguiente. Visitaban Jaqué hace unos días el alcalde de la localidad, Benigno Ibarguen, y el representante Francisco Moreno. La llegada de estos personajes no deja de ser exótica ya que Jaqué depende de La Palma y la presencia de lo público en estas tierras se limita a carteles de instituciones inoperantes que pagan unas 120 botellas que alimentan la microeconomía local con la misma desidia con la que acogen sus responsabilidades como funcionarios.
Macario, que importó “de la ciudad lo que es manifestarse”, colgó en el lateral de su kiosco un cartel que rezaba: “De nuevo los políticos. Oh Dios, mete tus manos para que Darién no vuelva a tener gobernantes plomos como los 3 actuales (Diputado, Alcalde, Representante de Jaqué): fueron un fraude para todo Darién. Macario M. PE 9-21-98”. Además, Macario puso junto a la única cabina telefónica que funciona una nota dirigida al representante Moreno en la que le recordaba su inoperancia y le recordaba “Señor representente, las críticas y los aplausos se ganan, pero lastimosamente usted se ha hecho acreedor a las críticas solamente. Nota: todavía usted puede cambiar nuestra forma de pensar trayendo logros a favor de nuestros pueblos, lo esperamos con tres manos”.
El revuelo en el pueblo era evidente y el alcalde, al pasar frente al kiosco pudo leer el cartelón pintado en blanco sobre una gran bolsa de basura desplegada. Ni corto ni perezoso Benigno Ibarguen se fue a hablar con Macario y lo amenazó con llevárselo detenido a La Palma si no retiraba el cartel de protesta.
“Confieso que me dio miedo, que pensé que no podía dejar abandonado mi negocio y que… bueno, la protesta ya la había visto, porque yo lo que quería es que despertaran en el poco tiempo que les queda de periodo porque acá no hacen nada”.
El atentado contra la libertad de expresión de Macario tuvo el efecto contrario al esperado por el alcalde. Un grupo de vecinos mostró inmediatamente su solidaridad con el comerciante, puso notas en los tableros recordando a Ibarguen que ya no existen leyes mordaza y animó a Macario a seguir con su lucha.
El siguiente paso de este héroe sin focos que lo muestren fue echar mano de la ironía y empapelar el pueblo con el siguiente mensaje dirigido a los tres políticos: “El señor Macario Moreno les pide disculpas por las molestias causadas por mi letrero y perdonen mi ceguera por no ver todas las cosas que tiene el pueblo de Jaqué: el centro de salud lleno de medicamentos y de comodidades; la casa comunal, una maravilla; la escuela, bien cercada y con portón eléctrico; las calles totalmente terminadas; la casa comunal de Biroquerá, una maravilla; un gran depósito de la junta comunal donde reposan los materiales del pueblo; a la corregiduría no le falta nada; las cosas que están pero que por estar ciego, yo no veo; por favor, regálenme unos lentes para ver estas cosas que Jaqué tiene”.
Al final del paseo, cada uno en su sitio. La dignidad de Macario ha quedado afianzada y la vergüenza de los políticos confirmada. Y, un pequeño fallo de cálculo del alcalde:
por muy abandonado que esté Jaqué por el Estado, esa comunidad todavía recibe visitas de personas que, como yo, estamos dispuestos a seguir insistiendo a la ciega Panamá en que estas gentes existen y merecen ser respetadas.
[Poco le queda añadir a C. cuando la realidad ya es revolucionaria. Pero Gioconda Belli puede poner el epílogo a esta historia: “Ahora vamos envueltos en consignas hermosas,/desafiando pobrezas,/esgrimiendo voluntades contra malos augurios”.]