(una frase que parió un relato. O un relato que precisó de una frase)
Me empeño en imaginarme huyendo de mi casa a medianoche sin nada que acumular ni recuerdos que cargar, solo correr para evitar la muerte o para rehuir al miedo a la muerte. Trato de concentrarme para ponerme en la piel de esta mujer que arrastra la escobilla ensuciando el vidrio de mi carro y mi conciencia cuando me promete limpieza por 200 o 400 pesos. No promete en vano, la limpieza no siempre es transparente. Su mirada no está perdida, siguiendo el tópico está clavada en mi, en todos nosotros, en todos los que no somos ellos. ¿Es odio? No creo. Más bien me atrevo a intuir incomprensión. No comprende nuestra incomprensión.
Qué más da, no debería perder el tiempo cargando mi día de angustias ajenas que no puedo transformar, insistiendo en entender mi país cuando hay miles de expertos estudiándolo desde hace décadas para concluir que todo es fruto de una enajenación colectiva –lo que nos gusta porque nos excusa a todos de la responsabilidad personal-.
Al llegar a casa retomo el control de mis pensamientos. Uno de esos besos interminables y casi susurrados de Ángela me tranquiliza, me devuelve al mundo de los que sí tenemos recuerdos… y expectativas. Uno de los abrazos de pierna de Guillermo me anclan al piso, al terreno del que no debo desplazarme. Volví a engancharme en las verdaderas razones de vivir, en los afectos, en las caminatas bajo el sol que eran aventuras iniciáticas para G. –la forma en la que yo llamo a mi hijo y que tantas críticas genera en el entorno cercano-, en las miradas furtivas de adolescentes que A. –también tengo el vicio con ella- y yo nos lanzamos en cada recodo de la existencia, en lo viable que me parece todo cuando estoy protegido por esa cobija conocida y sorprendente que es el hogar… No todo hogar, eso sí. He probado varios y no todos proporcionan el mismo calor, ni la misma cadencia a la vida. Este lo lograba y lo cierto es que, rehuyendo de las explicaciones como siempre he hecho, no tengo una tesis que lo pueda justificar. Es así, punto.
Hay tres problemas que provocan ansiedad a mi jefe. Tener que regresar a su casa con su familia, el balance del contador y que algún día lo amenacen. Que las tres coincidan no es más que un juego de azar. El condicional pasó ayer a ser presente. Jaime ya volvía a su apartamento, feliz de saber que parte de su equipo en la ONG seguía trabajando, para complacerlo a él, fundamentalmente, para imitar el ritmo de quien no solo dirige el proyecto, sino que vive a través de él. Sonó el celular, con esa melodía de Queen que le permitía engañarse y sentir que alguna vez fue joven. Al menos, más joven que ahora. Jaime, no te va a gustar esto, acabo de terminar la proyección. Di, no jodás, no le metas más emoción de la que ya tiene. Bueno, pues si te jodo, porque estamos así: jodidos. Como no confirmes la donación de los suecos, tienes que empezar a botarnos en dos meses. ¡Putas!
Ya en casa, Jaime se sirvió un ron con tres hielos, miró al fondo del vaso tratando de enfriar su cabeza y el dolor que le atrapaba todo el lado derecho, desde el cuello hasta la sien, y vació el contenido dorado antes de que su compañera le hiciera esa pregunta inocente que hoy lo heriría como fierro de comuna. ¿Cómo fue el día amor? No le dio tiempo a contestar a Vicky. Sonó el teléfono fijo. Su tercer miedo se hizo densidad, ocupó sus pulmones e hizo que durante unos tres segundos su cuerpo temblara antes de que la mano se abriera y dejara caer el vaso.
La reunión fue a primera hora. Nos convocaron de forma inusual, sin el buen humor que solía justificar el mal salario. La amenaza a Jaime se convirtió en un puntapié a casi todos que los suecos no estaban dispuestos a acolchar. La verborrea de siempre: protocolo de seguridad, estamos pisando callos, es mejor trabajar en incidencia que seguir en la inútil estrategia de denunciar, hemos generado una burocracia innecesaria, no hemos generado retorno… y el epílogo funesto: no somos sostenibles. En las siguientes horas siete personas del equipo recibimos la llamada que copa todos los instantes venideros. La voz se nos clavó a todos como puñal incandescente. ¿Cómo se pueden poner de acuerdo todos los miedos para jodernos la vida?
Hago el recorrido de siempre, paro en los semáforos habituales. No está. No está la mujer ni su miseria. Ni rastro de la botella de Colombiana convertida en surtidor de agua jabonosa ennegrecida, ni del niño que suele sacarse los mocos y construir un mosaico con ellos en el bolardo que instaló la alcaldía para embellecer esa zona seminoble de la ciudad, ni de las bolsas de tela en la que suele guardar su existencia hasta que termina la jornada laboral del desempleo… La ansiedad me puede. Boto el carro lo mejor que puedo para preguntarle a otra desplazada que, habitualmente, comparte semáforo con la mujer que siempre me mira a los ojos. Directa. Cuando le pregunto por ella, la compañera de penurias sale corriendo, tiene miedo, miedo de todo, de todos los que no compartan su desgracia. Trato de gritarle que se tranquilice que yo la entiendo, que estoy de su lado. Parece imposible de creer para quien está acostumbrada a que todo extraño sea un mal presagio. De hecho, es imposible que la comprenda, estoy jugando conmigo, una vez más, al socialdemócrata complaciente.
A. tuvo un buen día en el trabajo. Está radiante. Suele estar radiante. Mucho más que yo. Ha llegado temprano hoy y, gracias a ese imprevisto, ha podido salir al parque con G. y disfrutarlo como lo hacen quienes además de vida tienen tiempo. Hoy, hoy que tanto necesitaba yo el beso interminable y casi susurrado, me recibe con un beso fuerte y sonoro, breve, como un regalo de cumpleaños al ser abierto. Está activa y cocinando. No sé qué decir. No sé si quiero decir algo. Toco el celular en mi bolsillo temeroso de que empiece a vibrar. Le he quitado el sonido para que, si llama la Voz de nuevo, poder contestarlo en el baño, o en el cuarto y no tener que dar explicaciones.
Pongo la mesa y trato de ser simpático con G. ¿Qué culpa tendrá él de toda esta locura?, ¿quién lo mando a nacer en donde somos? Termino y me asomo a la ventana, ver la calle, el movimiento sin prevenciones de los carros, de la gente, de los perros que los acompañan, de las hojas que el viento desplaza, me tranquiliza observar todo lo que se desplaza por propia voluntad también. Me tranquiliza. Bajo la mirada y me topo con un cuerpo que se apoya sobre uno de sus pies en la pared de ladrillo amarillento del edifico que está frente al nuestro, tan altivo en esta loma de estrato seis. No la había visto antes. Es un joven, de no más de 20 años. Hago que mis ojos se crucen con los suyos aprovechando el segundo piso en el que vivimos. Lo logro y cuando el contacto es completo, puedo ver casi en cámara lenta, cómo levanta el brazo, apunta hacia mi con una pistola de carne hecha con la mano y después puedo leer en sus labios cómo dispara un “Bang, Bang”.
Jaime hizo todo lo que se supone que se tiene que hacer. Las llamadas pertinentes, las visitas precisas. En su cartera de cuero marrón ya están los tiquetes y los planes. En menos de 24 horas, Vicky y él estarían en Malmö, tan sueco y tan cerca de Dinamarca, siempre e la frontera, siempre con una posibilidad de huída a través del puente sobre el Öresund. No tuvo las agallas de hablar conmigo. Ni con nadie. A ninguno de los siete que compartimos la Voz con él nos preguntó cómo íbamos a solucionar, qué planes teníamos o, al menos, qué carajo estábamos sintiendo. Siempre fue así: duro en su discurso y blando en su coherencia. Tampoco muy diferente al resto de nosotros, de todos.
Ese Bang, Bang habría sido diferente si G. no existiera. Habría propuesto a A. que lucháramos, que no nos dejáramos amedrentar por las ratas que tenían miedo a la verdad, a las verdades que en este país nos hemos ocultado o arrojado a la cara de manera alterna. Pero existe G. y cuando ese pelao hizo el gesto, flexionó dos veces su dedo índice y me disparó simbólicamente, no sabía que me había alcanzado en la víscera más sensible de mi cuerpo: el miedo al sufrimiento de G.
¡Es todo tan rápido! Obligo a A. para que deje a medio cocinar la pasta con langostinos que estaba casi terminada. Cierro las cortinas repitiendo gestos de alguna película. Le pido a G. que aliste su morralito. Doy explicaciones truncadas, sin sentido, a A. mientras la llevo al dormitorio y cierro la puerta para no asustar más a G., que tiembla de puro despiste. Echamos algunas ropas desordenadas y sin criterio en una maleta. Llamo por celular a Camilo para pedirle refugio temporal, ese de ciudad pequeña en el que se ha instalado junto al silencio que le ha permitido sobrevivir en este cementerio de vivos. Cuelgo antes de que conteste por miedo a estar pinchado –ahora entiendo a Jaime y su silencio-. Agarro dinero y tarjetas, y las pastillas para la alergia, y un registro de nacimiento de G. y una foto de los tres que me acompaña en el sueño cuando duermo en mi vida. Bajamos rápido, por la escalera, como si estar encerrados en el ascensor les diera papaya. Arranco el carro, arrancamos de una…
Son las 8 de la noche y la ciudad está en plena actividad. Quien nos mira en nuestro carro ve a una linda familia de paseo, quizá saliendo a una finca cercana a pasar unos días. No hablamos. A. tiene una lágrima atrancada que lucha entre tocar su labio superior o desviarse hacia el lado derecho de la mandíbula. Freno en el semáforo. Es el semáforo. Y ella está ahí. No limpia el vidrio. Mira mi mirada perdida y la cara congelada de G. Su hijo levanta la mano desde el bolardo y sonríe. Sé que no vamos a volver. El miedo, cuando se instala, no deja que se huya. El miedo, gratuito y particular, desplaza más que las balas. Hay muertes que no precisan del cuerpo yerto para ser verdad.
Mostrando entradas con la etiqueta desplazados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desplazados. Mostrar todas las entradas
12/8/08
8/8/08
La Aparecida
(Intento de cuento que solo es realidad)
LA APARECIDA
Jamás se repitió esa raza. Nunca más se conoció en el río un hombre de aquellas míticas características. “Tito sólo hay uno”, se escuchaba decir a un viejo sin caja de dientes que dormitaba siempre junto al bulto de papas fosilizadas que nunca llegaron a venderse ante la competencia de la cerveza helada.
Tito fue de esa raza casi desaparecida de seres que vivían de la costumbre de vivir. Profesión: vivir, hubiera dicho su hoja de vida si alguna vez la hubiera necesitado. Sentado de espaldas a la puerta de una cantina –siempre dijo que no quería ver el rostro del hijoemadre que lo levantara-, Tito sorbía el ron muy lentamente en cada trago y muy rápido en la noche. Lo rodeaban siempre tres o cuatro de esos campesinos con algo de platica en el bolsillo y uno de los ‘vividores’ oficiales del pueblo en cuestion. Tito esperaba a que pasara alguna muchacha de trenzas y piel morena. Observaba el cuerpo, la sonrisa, las goticas de sudor que se desplazaban a su antojo en los hombros descubiertos. Sorbia del pequeño vaso de ron y entornaba los ojos. Toda esa operación no demoraba más de 40 segundos. Entonces se ajustaba las gafas reencauchadas, tomaba aire y comenzaba a recitar su decima.
Las risas de los acompañantes se escuchaban desde las escaleras del atrio de la iglesia. Solian ser fruto del ingenio de la décima, de algun giño picaro que brotaba de la garganta de Tito, o de alguna referencia en la rima a personajes o circunstancias conocidas en el pueblo.
Esas risas eran una buena señal. Equivalían a trago gratis, alguna empanada fría a última hora y un camastro para pasar la noche. Con lo que Tito recogía haciendo décimas por encargo mantenía a una prole de hijos y mujeres regada por el río.
Hubo un tiempo en que la raza de Tito era respetada. También odiada. Los mortales normales, aquellos que tenían que trabajar el campo o pasar horas en el río esperando que un pescado despistado apareciera por el trasmallo, lo envidiaban. ‘Pura mierda es lo que habla y pura gloria lo que se come’. El hombre común siempre ha temido y envidiado al singular, aquel que pasa por la vida sin miedo a la vida, aquel que entiende que trabajar no puede ser un anclaje tan fuerte como para no dejar aspirar el olor del sudor de una morena dentada, o como para no permitirse abrir un espacio de dos horas para emborracharse al pie del puerto y contar las gotas de agua que arrastra la corriente. El hombre común no puede ser decimero.
Tito nunca tuvo un peso y si lo tuvo lo gastó en guaro o en mantener ‘errores’. Sin embargo, mantenía una elegancia medida que no dejaba ver sus gafas remendadas con pega de zapatero, ni los rotos en la planta de su par de zapatos, ni los zurzidos de su ropa interior. Su mirada y su lengua tapaban todo. Algo encorbado, con andar cansado pero energía infantil, la sonrisa de Tito iluminaba cualquier oscura cantina que lo acogiera. Del odio se protegía con tres limones. Aquellos que le dio su compadre Segundo cuando estando en San Pablo creyó que vivía su último día. ‘Los limones te hacen invisible Tito. No dejes que vean todo lo que tu alma chismosea’. Y Tito hizo caso. Los tres limones compartían bolsillo en peligro de extinción con el lapicero roído y el papel doblado hasta no ser papel.
Rosabel no era guapa. Rosabel era hermosa. Sentada junto a la mesa verde de cuatro patas que parecían tres, pasaba las horas riéndose en la mierda de vida que le había tocado en la rifa amañada del destino y manteniendo a flote sin querer el negocio de Lina. El local tenía estirpe. Durante 45 años las mujeres de la misma familia sin hombres habían sido las encargadas de que los campesinos, al llegar el domingo, sanaran el cuerpo antes de llegar a la iglesia y fingir que salvaban el alma.
La Casa Verde era verde. Verde los estantes que aguantaban desde hacía cuatro decadas botellas elegantes nunca destapadas. Verde el frente de la rocola que servía de alojamiento para rancheras indolentes, canciones de despecho y los corridos prohibidos por hablar de coca, de malos y de putas como las de la Casa Verde. Verde el sujetador que sostenía desde meses remotos los pechos secos y bellos de Rosabel. Verde el elixir para el aliento que utilizaba Rosabel por las mañanas para tapar la pena moral de lo ocurrido en la noche.
Rosabel tenía un hijo de cinco años y cinco años de no estar con él más de tres meses al año. Los que descansaba de la Casa Verde. Los nueve meses restantes –‘Un parto mano, un parto’- los pasaba haciendo gastar a los campesinos y desgastando su energía en polvos trashumantes sobre el catre duro pero limpio de la Casa Verde.
Lina siempre decía que Rosabel nunca encontraría oro, proque ella lo tenía dentro aunque la vida se hubiera empeñado en enterrarlo bajo un pedrusco de carbón ajeno. Para contrarrestar ‘la indignidad que parece digna’, Rosabel siempre cantaba. Cuando estaba dejándose manosear, cuando bebía aguardiente con el estómago vacío o cuando se le ocurría salir de Casa Verde y las muy putas de las mujeres respetadas en el pueblo la llamaban puta sin dejar salir la palabra de los dientes apretados de rabia. Cantar redimió a Rosabel.
Jonás saltó en el monte y se dio de bruces con la salvación. Él nunca había creído en nada, pero se empeñaba en cambiar el refrán e insistía: “Quien nada espera, algo encuentra”. Desde hacía dos años Jonás había cambiado la yuca por las granadas de fragmentación, las alpargatas por unas botas pantaneras que salvan de la culebra pero delatan en el retén y sus únicos dos amigos por unos cadáveres de feria que sólo esperaban que el cliente acertara el tiro con la escopetas trucada.
Cuando los compas pasaron por la finca en la que su papá era viviente, Jonás les hizo un interrogatorio que en realidad estaba dirigido a su padre. “¿Oiga, entonces, a usted le parece normal que mi viejo gane 7.000 pesos al día por cuidar estos potreros?”, preguntaba sin alzar la vista. “¿Será que está bien pudrirse acá esperando que el futuro se cague en uno como lo hace todos los días con mi papa?”, insistía con los ojos rastreando tres milímetros de tierra rojiza. “¿Cómo ven ustedes esto de que vengan a pedirnos votos, a pedirnos comida, a pedirnos candela parta luego amenazar con quemar todo?”, y los tres milímetros ya eran dos. “Vea home... ¿será que uno se desahoga quebrando a otros para sentir por una vez que el que se desplaza es el alma del otro desgraciado?”. Un milímetro y el papá de Jonás rezando a la virgen del Carmén. “¿Sabe qué viejo...? Ya que ustedes han sido tan amables de no jodernos la vida esta vez creo que me voy con ustedes a joderle la vida a otros?”, y Jonás levantó la vista para mirar a su viejo y decirle sin palabras que quería morirse.
Dos años y Jonás pudo comprobar que joder a otros no le aliviaba el dolor ese y que aterrorizar a los campesinos no parecía ser la revolución que soñaba. Seguía con los compas por inercia, por la misma inercia que cuando saltó en medio de la trocha para esquivar la serpiente tropezó con un tronco y rodó por una loma de más de 40 metros hasta quedar inconsciente al borde de la finca de don Segundo Vélez, donde lo recogieron, limpiaron y visiteron con harapos de campesino para no levantar sospecha.
Jonás se despertó una mañana porque unos tiples desafinados como gatos sin ratones se empeñaban en sonar juntos a pesar de que la lógica y el sentido musical los obligaba a separarse de por vida. Segundo estaba feliz. La noche anterior apareció por La Aparecida su hermano Tito. Pasaron la noche en vela, sí. Bebieron más guarapo del que su aguante aconsejaba, sí. Y cantaron más desentonados que el diablo, pero más contentos que cura con cesta llena. Tito le contó a Segundo que estaba cansado. Que se levantó a una mona tremenda y ya en el momento de ser quien era no se le levantó nada. Le contó también que se le había olvidado dos décimas y que eso no podía ser indicio de nada bueno.
No comieron porque el trago no dejó a Segundo pensar en comida. Él vivía sólo desde los 24 años. En esa época conoció un ángel, lo amó y se casó con él y el demonio se encargó de que una herida gangrenara las alas del ángel y se lo llevara demasiado pronto. Cuando Tito le recomendaba a Segundo que buscara otra mujer que lo acompañara, él siempre contestaba: “Compadre, cuando uno ha conocido a un ángel no se conforma con una mujer”.
Segundo le contó esa noche a Tito sobre Jonás. Le confesó que le había agarrado cariño auunque el pelao aún no hubiera abierto los ojos y él todavía no supiera que se llamaba Jonás. Imaginaba que no tenía más de 18 años y que la guerra para él debía ser tan buena como el Incora para los campesinos: en la teoría todo, en la práctica una muerte lenta.
A eso de las cuatro de la mañana los dos viejos salieron a caminar por la vereda, agarrados para no caerse y aferrados a la pipa de guarapo para no encontrarse. Llegaron, casi sin percatarse, a donde las luces del pueblo hacían pueblo y donde se encontraba el lugar donde hacía 30 años Tito había pasado dos meses viviendo. Allá, donde le prestaban catre y trago a cambio de chascarrillos y décimas. Allí donde hacía 40 años Segundo había liberado al angel que dormía con los demonios como él a cambio de 2 pesos y una botella de sabajón casero.
La Casa Verde estaba cerrada, pero golpearon la puerta como si los verdes se estuvieran tomando el pueblo. Les abrió la puerta una mujer que era demasiado parecida a doña Berta para no ser su hija. Les pidió que se fueran y ellos le pidieron que no echara así a dos viejos desdentados pero enamnorados de la vida.
El caso sólo podía ser manejado por Rosabel, una santandereana cuadrada, de sonrisa fácil, de cantar alegre y con el cuarto libre esa noche. Lina volvió a cerrar la puerta y dejó dentro de La Casa Verde al trío risueño en la mesa verde de cuatro patas alrededor de la cual giraba la tierra en ese momento. Los viejos no querían coger, querían hablar, contarle a alguien que se querían del putas y que ese amor de hermanos valía más que cien polvos buscados. Rosabel estaba de acuerdo con ellos, y el trío hizo el camino de regreso a La Aparecida con el galón vacío y haciendo equilibrios para no perderse en la noche cerrada.
Cuando Jonás despertó en el único cuarto de la finca sin tierra de Segundo, junto a él dormía Rosabel, con sus sostén verde y el pelo enredado en los sueños. Fuera los tiples desafiaban al sol que mojaba los pies de los dos viejos. Nada que ver con el cambuche, nada que ver con el sonido del silencio miedoso que acompañó a Jonás por dos años. Jonás convencido de que en los sueños todo es posible, besó la espalda de esa mujer y lo demás fuero jadeos que ni siquiera los tiples destemplados pudieron disimular. Segundo sólo alcanzaó a decir: “Lo ve hermano, la vida siempre es más sabrosa que la muerte”.
“El plan de recuperación del espacio público ha sido un éxito doctor”. El alcalde estaba orgulloso. Algunos aseguran que las promesas de campaña son sólo eso: una campaña de promesas. Pero no, con este alcalde no. Al tumbar los chuzos de la 22 se había concluido el plan de recuperación del espacio público prometido por el alcalde. En el lugar donde durante años se crecieron como hongos miles de chabolas de madera y zinc, ahora se levantaría el espectacular parque del Nuevo Amanecer.
El alcalde se subió a su carro blindado –“pero sin cristales tintados, que eso aleja del pueblo”- y fue a dar una vuelta por los predios de la esperanza. Ya no quedaba nada de ese tugurio que afeaba la ciudad y provocaba el miedo de los ciudadanos de bien, los que pagan los impuestos, los que cumplen. Después de dar un paseo acompañado de ingenieros y ayudantes de ingenieros, el alcalde se subió de nuevo en su carro blindado y al cerrar la puerta sintió una mirada clavada. Los cristales eran transparentes, tanto como la mirada de un viejo algo encorbado, con sombrero blanco y gafas reencauchadas que lo miraba fijamente desde la piedra en la que recostaba su desesperanza. El carro arrancó y se puso en marcha dejando una polvareda que tapaba al ejército de desplazados que aún rebuscaban entre los escombros los enseres que la policía no les dejó recoger antes de que las máquinas dieran el primer paso hacia el Nuevo Amanecer.
Al viejo Tito todavía se le ve en el parque. Lo llaman loso, el ‘piedrero’, riéndose de su inmovilidad. Nadie intuye que lo suyo es una misión, un deber para con lo único real y fijo en su vida. No se separa de la piedra porque debajo tuvo que aruñar el hueco donde descansa su hermano. Para Segundo, dejar la finca fue el principio del fin. En un sólo día se reencontró con Tito, salvó a Jonás y vio como éste liberaba las alas de Rosabel susurrándole al oído que no había sonrisa más tierna en los límites del universo. Cuando escuchó repicar los charcos de botas amenazantes, supo que venían a por el pelao y que sólo la vejez los salvaría.
A Jonas lo encontraron varios días después. El olor delató a ese cuerpo sin pene en el que sus compañeros se ensañaron. Rosabel ahora habla de ángeles incomprendidos, arrancados del cielo, podridos en la memoria de los muertos, del muerto, de su muerto. “¿Cómo se recuperan las alas besadas en el amanecer de la muerte?”, repite una y otra vez antes de darse una vuelta por La Casa Verde donde el cariño se traduce en un plato de comida que Rosabel revuelve sin interés y en una botella de guaro que la absuelve del recuerdo y de la nostalgia por unas horas.
En el bolsillo del viejo loco del Nuevo Amanecer hay tres limones desecados, ya lloraron todo lo que podían y, aún así, cuando la ciudad y sus miedos acosan a Tito, él se echa la mano a eso que nadie llamaría bolsillo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
