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7/4/09

In-somnios de mañana

Destilo impotencia al mismo que me rearmo a cada paso. Transformar rabia en acción, tristeza en esperanza, resistencia en poder... La pasamos rompiendo los vidrios de emergencia en un intento de buscar una salida a este juego perverso en el que nos mete el sistema. A veces, sintiéndome ingenuo e infantil, las lágrimas se resbalan desde acantilados esculpidos de incomprensión. Otras veces, amarrado a la ira humana de la deshumanidad, siento tropas dispuestas a ganar cada batalla, cada aliento reprimido por el poder y sus secuaces. La maquinaria es tan inmensa que el cansancio amenaza, pero luego, la dignidad, los ejemplos, los gestos y las palabras rearman la batería y permiten dar un paso más, escribir un verso nuevo, redentor, puro de suciedad maltrecha.
Jugar en colectivo significa dar un paso y distanciarse del ombligo propio. Renunciar a ciertas desidias para participar de los anhelos de los Otros. Si alguna vida tiene sentido es la vida compartida: rompiendo el cascarón, renunciando a la pequeña frontera de lo cotidiano, estando dispuestos, quizá con humildad, a sentirse parte de la humanidad -esa tan abrumadora como hermosa-.

3/3/09

Cortos desvaríos


















Tras naufragar se dieron a la tarea de buscar el agua en ese mar desecado. Nadie se ahogó esa vez en que los peces más parecían colibríes picando sus cuellos quemados al sol. Nadie sobrevivó a esa orgía de secano y ausencias.

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Decidido a cortar por lo sano, localizó la única zona de su cuerpo que no había sido contaminada y la seccionó en diez partes. Se dio cuenta de que sin dedos es difícil dar el siguiente paso cuando trató de envolverlos.

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Hay políticos que se entregan a su pueblo de manera sincera. Nunca cuentan con que el pueblo, una vez recibidos, los utilizan como pasto para el ganado.

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Si la verdad está sobrevalorada y el amor es un invento de la cultura, solo nos queda mentirnos y jurar que estamos enamorados.

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"Donde comen dos comen tres", "donde comen dos comen tres", "donde comen dos comen tres"... y la tercera vez que se lo repitió con convicción se dio cuenta de que la paila estaba vacía y de que sus dos hijos la miraban como ñame en su punto.

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Cuando revisamos demasiado la bandeja de entrada es que los mensajes enviados sufren de anorexia.

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Hay verdades tan cercanas que se tornan mancha de aceite en la corbata.

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Cuando descubrió las fotos de su marido teniendo sexo con otra mujer las observó detenidamente y descubrió que esa piel cobriza y ese cuerpo prieto era suyos.

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Al perder la vista agudizó los sentidos y todo le olió a podrido.

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En un camino fangoso la clave de la supervivencia está en no portar zapatos, ni botas, ni pudor... ni prisa.

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Firefox le miró de frente, pinchó en Archivo y le ordenó cerrar las pestañas. Con ellas, se fueron los párpados y la vigilia.

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22/1/09

La esperanza llega en domingo

Este domingo se celebra el referendo sobre la nueva Constitución boliviana. La mayoría la respalda, como respalda a Evo, aunque los blanquitos y mestizos de Santa Cruz, Pando y otras provincias jueguen un puslo duro contra el proyecto.
Evo y su gente ha cometido el 'error' de redactar una Constitución democrática. ¿Cómo se le ocurre al indigenita reconocer el derechos a la educasión secundaria o a la salud pública universal?, ¿cómo osa a proponer que los altos magistrados del país sean elegidos en elecciones directas y quitarles así su privilegio de clase 'profesional'?, ¿a qué loco se le ocurriría decir que los 36 pueblos indígenas con el 80% de la población de Bolivia deberían tener sus propios corregimientos, autoridades y presupuestos?
Así son los locos como Evo. Es probable que cuando lo tumben (es decir, cuando al soft Lula no le haga falta para que el suministro de gas a Brasil esté a salvo) todo cambie. Pero algo será inalterable. La mayoría de la población de Bolivia, despojada de todo derecho desde la invasión, habrá abierto los ojos y sabrá que los derechos no se conceden, sino que forman parte del patrimonio humano al nacer. Por eso hay que pelear por su defensa.
Lo que ha hecho Evo es bastante más tarscendetal, profundo y avanzado de lo que podrá hacer San Obama en el país del nunca-jamás... (...dejaremos de ser imperio: habló de "estar dispuestos a liderar el mundo humildemente", !qué contrasentido!). Pero es indígena, es suramericano y tiene pocos amigos.
Ojalá pudiéramos votar, ojalá voten todos los que pueden hacerlo.

15/1/09

Un regalo

Vale, vale, me pongo sentimental pero es que miren, El Marido de la Peluquera fue una película que rozó mi alma hace ya 18 años. Anna Galiena me pareció la perfección, los bailes de jean Rochefor eran el más hermoso regalo de amor.... y luego Pedro Guerra escribe una canción casi perfecta y luego entra Bebe.... quiero regalarles la canción e invitarles a que si las lágrimas asoman las dejen derramarse....
besos

31/12/08

A pocas horas

A pocas horas de este final tan iniciático, solo un recuerdo para los hermanos y hermanas del Chocó, de Colombia en general -donde la mentira hace invisible el sufrimiento-, de Gaza -donde el sufrimiento arrasa con toda verdad-, de Cuba -donde la resistencia los obliga a ser héroes a veces en contra de su propia voluntad-, de toda África -órgano extirpado al mundo de lo posible para ser condenado a cantera de este primer mundo-, de los pisos atestados de inmigrantes -Nochevieja triste de quienes tuvieron que arrancarse de cuajo y trasplantarse donde anidan el dinero y la incomprensión-, de las maquilas de Asia -donde se fabrica la ropa que hoy vestimos y los regalos que le damos a los niños que tienen regalos-, de las calles del mundo -donde los fracasados arrastran su tristeza con la única revancha posible: la de mostrarla-, de los refugios solitarios -donde no entra todo el mundo por propia voluntad-... Es un brindis al sol, inútil y cobarde, pero necesario si se quiere que el olvido no sea tan persistente como la injusticia.
Salud.

23/12/08

Menos mal que hay pobres

Hoy en El Chorrilo están de fiesta... ¿están de fiesta? El honorable representante Chello Gálvez está entrgando los regalos de navidad hechos comida a una comunidad que no pasa tanta hambre como exclusión. Es la manera de comprar pobres, darles algo gratis, que sientan que alguien piensa en ellos.
Las colas, bajo este sol tropical a veces tan inconveniente, eran kilométricas y rodeaban lo que antes fue el cuertel general de Noriega,bombardeado y arrasado (junto a cientos de vecinos) por los gringos en 1989. Hoy es un parque peligroso de transitar por la guerra territorial de las pandillas de El Chorrillo. Es simbólico que una vez más el epicentro del barrio esté ahí. A pocos metros hay una casa pintada con publicidad política de Gálvez que, por supuesto, quiere reelegirse: "Vive aquí, no ha robado y no es corrupto". Ese es el lema de quien no puede decir después de años como diputado: "El barrio ha mejorado, ustedes ya no son la escoria de esta ciudad de vidrio y vivo acá porque me gusta".
A unos cuantos kilómetros, en Albrook Mall, también hay cola... de compradores. Miles de ciudadanos y ciudadanas de clase media-baja y baja compran compulsivamente en los baratillos mientras turistas venezolanos cumplen con el principal objetivo de su viaje: consumir como poseidos y regresar a casa con cuatro iPods, 3 Wii y fotos de recuerdo tomadas frente a pingüinos de cartón piedra de 5 metros.
Y yo, acá, mirando por mi ventana el espectáculo y preguntándome en qué momento este mundo con capacidad y dinero para ser un lugar habitable, se convirtió en un infierno de seres mutantes sin voluntad ni conciencia. Una pregunta retótica. No más.

21/11/08

En lo que ando

Por si quieren ver un poco en qué estoy. Este domingo lanzamos el rediseño del Diário do Pará. este es el video de presentación donde, además, podrán escuchar por primera y última vez al susodicho balbuceando tristemente el portuñol...jejeje

17/11/08

Amaneceres II

Cambio de plano

Mudé morral por maleta y humedad por clima controlado. No es tan difícil: solo tres aviones mal aliñados donde las aeromozas sonríen de plástico y la compañía duerme el sopor. Unas comidas de cartón piedra, revistas manoseadas por quiénes no leen y tarjetas de emergencia que no ayudan a vivir sino a evitar la estúpida muerte imprevista. Cuando aterrizo en la normalidad me siento un extraterrestre. Cada día, cada-día-de-estos, me cuesta más adaptarme a las necesidades imperiosas de quiénes me dan de comer. La destreza de conferirle importancia a todas estas estupideces se me está dañando y yo, preso de tantas preguntas como esquirlas de la noche, me dejo ir para no sentirme en el vientre del enemigo.

La tenencia

Tengo buenos amigos, ron de 12 años, trenzas postizas, palabras liberadoras, libertad empalabrada. Tengo amor en dosis mortíferas, tengo aliento, alimento y sustento. Tengo un pantalón que me cubre y una ruana prestada para las emergencias, una vela para prender fuegos y hasta un aparato para escribir varios te quiero. Tengo, cuando lo tengo, un hueco calentito en corazones ajenos, un abrazo de hermano, algunas ausencias que me duelen por su tamaño. Hay días que tengo frío, tragos atragantados, camas sin deshacer, sábanas prestadas y lágrimas en el recuerdo. Otras veces, amanezco en sudor y tengo un temblor de piel, un arranque de dignidad, incluso tengo en esas jornadas la fuerza de quien se mira al espejo sin mudar gesto ni estampa.
Tengo, cuando se trata de tener, las cosas fundamentales protegidas con espumas y mareas. Y allá, en el vaivén de la vida, ellas navegan entre mis dudas y tus vientos.

Más amaneceres

Estos días he estado muy desconectado, espero recuperar el tiempo ahora que permaneceré más de 24 horas en un mismo lugar. De momento, dos de esas cosillas que nacen por sí solas.

El contagio


Hay ya pocas posibilidades de ocultar la sombra propia ante tanto desdén. Cuando el resto duele, la piel y los días dejan de gozar el sol y las gotas de rocío, para convertirse en cómplices de la noche y las escaramuzas. Las justificaciones son paridas sin control en nuestras vidas de mentira. Todo, todo, todos, todo tiene-una-buena-razón-para-ser y, sin embargo, ahora me parece mucho más claro que nada, nada, nadie, nada puede poner como excusa una balada ni un tremor. Ha llegado el momento de ser coherentes si decimos que el resto somos nosotros.
En ese camino hay que ser cuidadosos al extremo. Acontecen encuentros con personas que ya llegaron a mirarse al espejo y renacieron para poder convivir con el reflejo. Esos seres, extrañas criaturas de ligereza peligrosa, tiene el poder de contagiar su enfermedad a los que en una noche de conversa o en un paseo de descargos osan a escuchar y a sentir el ritmo de sus batallas.
Para qué ser coherente, pregunta el hermano de murallas vírgenes y vírgenes acumuladas. Para contagiar bro, para contagiar, para provocar pequeños tsunamis de dignidad que vayan arrinconando a tantas almas adormecidas, a tantas caras camufladas en la rutina castrante de vivir. Lo demás, es profilaxis, miedo a la roncha en la delgada epidermis humana, pánico al estornudo que moviliza, a las segregaciones del otro revueltas en nuestras entrañas.


Gracias
Agradecido a los aviones y a las lágrimas, trato ahorita de permanecer en esta encrucijada. Imposibilitado para añorar, tentado a poseer, provocado para pedir más, me hago fuerte en la gratitud para constatar que pocos seres han estado en los lugares que yo frecuento. No es visita permanente, ni siquiera habitual, pero frecuento la felicidad como el caminante que evita gastar demasiado el mismo andén para conservar la sorpresa de lo desconocido.

16/9/08

Textico de vigila 113

Pequeña muerte

Qué extraño morir un poquito, un instante, como si fuera para siempre. Qué desconcertante morir así, estando vivo. Apuro la quietud para que me confirme el espacio en el que soy. El humo quiere colarse todo en el laberinto que parezco ser. Cuando se le prende fuego a este hilo todos los tejidos se hacen innecesarios. Desnudo de mi en esta pequeña muerte, sentado en este balcón sin vistas, plagado de goteos y de enmohecidos canales, no pretendo ver nada. Solo espero que el destino, ese que juega a ser esquivo, algún día me reintegre este órgano cuyo tejido pavonea su necrosis para solaz de tus poemas. En este instante, sin signos a mano, solo tengo un número, el 113, para cerrar este paréntesis.

Texticos del Insomnio VI

La utilidad de las palabras

Las palabras son huecas cuando no están al servicio único de arrancar de raíz este sistema de perversiones, cuando camuflan y no desvelan, cuando perpetúan y no alteran. Las palabras, señor, deberían nacer para rasgar sin contemplaciones la venda de la ceguera. Habamos demasiado para hacer tan poco. Y, teniendo en cuenta el poder devastador de algunas palabras preñadas en esta corta historia de la especie, debería darnos vergüenza conjugar verbos que no movilicen, utilizar adjetivos que no hagan convulsionar, osar a situar conjunciones que no nos unan contra los verdugos de la vida o adverbios que no nos sitúen a la vanguardia de la esperanza.

Mañana


Las alucinaciones me persiguen en esta noche cerrada donde el sol me abruma. Hay una luz que quiero cegar. Soy otro cuando sueño en este insomnio y me imagino mudado de cuerpo y de ánimo. Como niño caprichoso, deseo otras vidas y las gozo sin pedir permiso. Las noches, tradicionalmente traidoras, son ahora buenas aliadas.

Caos

Latigazos de adrenalina para que las cosas sucedan. Verbo conjugado en frases vacías que mañana envolverán aguacates. Inversión e inmersión para que nada de lo que ocurra tenga sentido. Tengo que parir un periódico en cada cagada y sé que es sucio el resultado. Sin embargo, la esperanza me asiste y me presenta las mieles de tanto esfuerzo. El caos es un orden en chiquitico, solo hay que mirarlo bien de cerca para descubrir sus simetrías.

Yo no sé

Yo no sé para qué vadeamos las quebradas, cuál es la razón para evitar que los pies se mojen, que el barro rellene nuestras uñas. Si estos días los parimos para sonreír cuando el sol se pone, no hay razón para que mis párpados pesen como persianas de hierro oxidado, ni para tantear tu perfil con el miedo que producen los fantasmas. Somos invitados y nos tomamos esta fiesta donde el trago y la verde puerta nos permiten mirarnos a los ojos sin llorar, sin recordar que hay un océano y dos planetas separando nuestros cuerpos temblorosos.

Las otras formas


Nos leyeron la cartilla. Muchas veces.. De diferentes formas. Aparecía en forma de maestra, de profesor, de locutor, de cantante, de madre o padre, de cura, de amiga, de hermano, de amante e incluso de enemigo. La cartilla nos fue leída tantas veces que permeó en nuestras entrañas. Nos creímos que el amor solo tiene una forma, y un fin. Parafraseando a una poeta y malversando sus versos, diría pues que la cartilla insistió en que las cicatrices son para toda una vida. Y si nacimos para ser –y no solo para estar- parece razonable que el amor sea mutable, caprichoso, múltiple, azaroso en su plenitud. Suena entonces posible que necesitemos de amores paraguas –para protegernos de las inclemencias-, de amores precipicio –para no abandonar la sana costumbre del hormigueo en el estómago-, de amores perros –para que nuestras perversiones no se escondan en la sombra-, de amores racimo –esos que explotan sin avisar de dónde depositan sus esquirlas-, de amores paréntesis –para que nuestra memoria encuentre cuevas donde refugiarse-, de amores fraternales –para que la ausencia de deseo nos entregue la libertad de amar sin exigencias-, de amores universales –para conectarnos a ese caudal llamado humanidad-, de amores imposibles –para que la amargura compense el edulcorante de nuestra vida-, de amores platónicos –para seguir deseando sin resultado-, de amores traicioneros –para aprender a cuidar la espalda-…
Las otras formas del amor, todas menos una, la de la cartilla, son las que nos permiten ser y negarlas suena a suicidio preñado de cobardía.

15/9/08

Cuentico de septiembre

unronparaestefantasma

No existir es tarea de forense. No por un asunto de necropsias o de investigación criminalística en busca de las huellas de la muerte o de la vida suspendida. No. No se trata de esto. No existir se logra a punta de un delicado trabajo de forense. Un forense, eso sí, que borra huellas en lugar de buscarlas, que evita que la identidad, en el dudoso caso de existir, quede costreñida en identificaciones o fichas minuciosas.
Yo soy forense. De mí mismo, eso sí. Ciertos conocimientos especializados no son para compartir en estos tiempos. Si alguien aprendiera el secreto, las técnicas, los procedimientos para dejar de existir, podría sembrarse una moda de ausencias, un querer dejar de ser que amenazaría la estupidez humana, esa que hace que sigamos empujando el carro aunque sabemos que nos lleva a un precipicio de interrogantes.
La afición por esta ciencia de la nada comenzó frente a la mesa de una oficial de banco. Vestida de traje de sastre, con una blusa azulada nueva, y una piel asomando que desafiaba las normas ISO de la institución, la joven tecleaba los códigos de la sabiduría bancaria para estar segura de si yo, el potencial cliente de sonrisa nerviosa, podía entrar al parnaso de los créditos.
Ya saben cómo funciona. Uno ingresa en estado nervioso a un banco, dispuesto a pasar el examen que le dará acceso al mundo de la comodidad y de lo propio y sale con una hipoteca clavada en la sexta vértebra, por la que tendrá que penar durante 30 años y sin la escritura de la propiedad: uno solo es dueño de la hipoteca.
La oficial sonreía de una manera tan falsa como la mía. La espalda recta como la de bailarina en audición, los labios carnosos como para buscar empleo en negocios menos lícitos, las manos con unas uñas perfiladas con esmalte barato pero capaz de resistir los embates de la cotidianidad.
Las preguntas sobre mis ingresos o sobre las mañas que utilizo para sostener mi responsabilidad eran incómodas. Sentía como si las uñas lacadas de mi inquisidora estuvieran hurgando debajo de mis testículos, acercándose a mis sensores inconfesados. La miraba con una mezcla de pudor y de asco, un poco violado, un poco deseado.
Después de los minutos de información y teclas, la oficial me transmitió tranquilidad: tenía todas las posibilidades, solo se demoraría unos minutos en darme la lista de documentos que debía presentar. No mintió, en instantes regresó formulario en ristre y lista amenazante solapada.
Confesó sus secretos positivos. Que después de cruzada la información ya sabía que yo no tenía nada mío, que hacía tres años, dos meses y unos días que no recuerdo se registraba un atraso en el pago de mi tarjeta de crédito por 4 dólares y 37 centavos –nada grave, agregó-, que mi récord policivo era tan aburrido como una novela de dinosaurios y que, era una esperanza para el país por la beca que alguna vez tuve para estudiar en uno de esos países fríos donde saben todo y aplican tan poco.
Algo, alguien, algo me agarró el intestino. Presionó fuerte y con seguridad. El dolor casi me dobla, pero mantuve la dignidad. Alcancé a preguntar cómo podía saber tanto sobre mí. Alcanzó a confesarme que esa era una mínima parte de la información disponible. Alcancé a asustarme. Alcancé a solicitarle unas tijeras a la oficial de piel edulcorada, edulcorante. Me las dio. Las cogí tembloroso. Podía sentir su mirada esperando el siguiente paso de este cliente que debería estar feliz por haber superado la prueba. Saqué de mi bolsillo trasero derecho la cartera. Acerté a sacar mi cédula, la tarjeta débito del banco, la tarjeta de crédito que me acaba de echar en cara una deuda saldada de 4,37, el carnet del seguro social, el carnet de los ladrones del seguro privado, el puto carnet de los putos puntos del supermecado puto, el identificador del trabajo –solo soy el empleado número 268, poca rima, poco todo-… Acerté en la puntería. Uno a uno, mientras el rostro de la oficial se tornaba incrédulo del espectáculo y temeroso de los siguientes minutos, corté en pequeños trozos casi simétricos todos los carnets. Riguroso siempre en mis asuntos, cortaba con parsimonia, controlando el temblor de mi mano derecha y la emoción de mi corazón centrado.
"Puedes huir conmigo. Sin nombres, sin bordados en el pecho que te obliguen a ser la oficial Yasira. Puedes, si no preguntas, venir conmigo. Nos refugiaremos en una isla de las que cercan la ciudad, de las que ya nunca son visitadas excepto por pelícanos sin dueño. De las olvidadas por mapas y pesqueros. Allá, solo nuestro calor alumbrará las noches y nuestros impulsos serán las manecillas de reloj que marcará nuestros impulsos". Los ojos de Yasira ya no eran de fingida cortesía, sino de real espanto. Se movían de mi boca a los lados tratando de descifrar el sentido de mis palabras y de buscar un agente de seguridad.
"De lo contrario, amor incierto, solo puedo recomendarte que, sigilosa y cómplice, salgas de la sucursal que voy a destrozar con mis manos y mi rabia. Aléjate un poco para evitar que un vidrio rebelde como yo astille tu piel temblorosa. Entiende, bello cuerpo no deseado aún, que ser tanto como tú me exiges es obligarme a no ser. Que escucharte hacer el recorrido de mi identidad ha sido una violación con manos distantes. Quizá, si hubieras deslizado tu pie bajo la mesa hasta clavarlo en mi entrepierna no habría sentido un punzón tan frío y revelador como el que hincaste cuando confesaste tus armas, sus armas".
Ese fue, a ciencia cierta, el único discurso hilvanado –poético, pedante, ampuloso- de mi vida. El mejor, el que hizo piedra a la insípida y porosa oficial del banco, el que me demostró que del dicho al hecho más que un trecho hay un abismo, y el que provocó también la situación más embarazosa de mi vida cuando dos gorilas uniformados me tiraron contra el piso temiendo que yo fuera la reencarnación de Bin Ladem, antes de sacarme a rastras de la sucursal bancaria y amenazarme con llamar a la Policía si volvía "borracho" al lugar. Tres conclusiones: cuando uno amenaza debe cumplir con lo dicho para que lo tomen en serio; nunca metas poesía en un guión terrorista, y entra ebrio a los bancos para que cuando te acusen de tal sea cierto.
La violencia no era lo mío y, a partir de ese día, agarré pánico a vigilantes de seguridad y a todo aquel que me pidiera mi número de cédula. Hice recuento de todas mis identidades convertidas en números y me salieron demasiadas: cédula, pase de conducir y pasaporte; dos tarjetas débito con sus números mágicos y dos tarjeta de crédito con el respectivo; seguro social público y seguro médico privado; tres códigos de acceso a cuentas por internet, dos tarjetas de viajero frecuente, contraseña para skype, para correo electrónico e, incluso, para la sesión del computador; placa del carro y seguro, dirección postal y dirección real; pin del teléfono celular y pin para activar a su puta madre…. Ya está bien. Cuando puse todo junto y la cabeza era una centrifugadora numérica, lo tuve todo claro. Otros tienen éxtasis religiosos, yo tuve un éxtasis existencial –por exceso de la misma-. A partir de ese momento dedicaría buena parte de mi vida a destruir mi identidad oficial, a dejar de existir, a borrar minuciosamente todos los registros que de mi permanecían silentes esperando el momento de activación.
Seguro que piensa que mi ingenuidad rozaba límites patológicos. Pero… no. No. No. Le digo que no. Pude. Han sido siete años con todos sus diítas y nochitas. Han sido horas y horas de aprender informática, de meterme en la lógica ilógica de las instituciones policiales, de convertirme en un forense que deshuella como desuella un matachín a la bestia que debe porcionar. En mi caso, a cada porción identificada un acto de quema. Magia potagia y al carajo quien soy. Mejor dicho: ¡al carajo quien fui!
Hoy camino con un porte diferente. Mi espalda parece de bailarina clásica retirada, o de poste de luz de Basilea. Recta, orgullosa, se mueve junto a mis piernas en busca de otras miradas, de los que me ven pensando que soy cuando no hay rastro de mí. Las consecuencias de este enderezamiento son mínimas para mí. La carpa donde habito está en un recodo del camino que nunca revelo, no hay teléfono donde localizarme ni lugar donde guarde el dinero que ya no tengo. Hablo, como fantasma aparecido y juguetón, con la gente que me encuentro, río, disfruto o me emputo, pero al alejarme… me desvanezco… imposible de ser después de ese momento, ilocalizable en un mundo de antenas y oídos. Es más, esto que le estoy contando difícilmente lo podrá repetir, porque a todos les parecerá historia de borracho. Yo lo estoy y usted también, lo que significa que tampoco sería faltar a la verdad. Eso me gusta.
La única que me sabe y me consume es Yasira. Goza al hacerme el amor al pie del árbol que me ubica en este planeta, me muestra, ahora sí irreverente, sus pezones erguidos por el frío de la montaña, me asegura que nunca su respiración se había acompasado con la existencia como desde que dejó de existir conmigo. Rozo sus muslos para comprobar que todavía soy yo quien tiene la voluntad y que no soy un alma errante en un mundo de locos registrados como cuerdos.
Dejar de existir en compañía es lo más similar a sentarse en una tarde soleada pero ventosa en la terraza de la casa que no es tuya y compartir con tu amor una pastilla de cianuro que alivie sufrimientos y haga posible el amor, del único modo que es posible, con la muerte. La ventaja es que al dejar de existir, no de vivir, Yasira, y yo, encontramos nuestra propia huella, nuestra sed, nuestra razón.
¿Qué si me inventado todo? Quizá hermano, la literatura es así… pero , mírelo de este modo, nunca podrá borrar como forense la duda de que todo lo que le he contado sea cierto y que sentado frente a una oficial de banco una rabia se apodere de usted y se arranque la identidad del pecho, o de la cartera. ¿Otro roncito pana?

14/9/08

Texticos de la vigilia II

Donde el poder persiste

Irke no entiende como puede ser que Claudio le haga el amor a su hija con ese descaro. Es decir, no un descaro en el amor, sino de forma tal que los gemidos de la muchacha de 17 años y los bufidos del cincuentón se escuchan en todo el vecindario.

Ilke mira desde sus ojos azules este universo lleno de tonos café, grisáceos, dorados también y le cuesta mantenerlos abiertos cuando el sol se refleja en esas pieles que no son suyas.
Suda Ilke. Suda y palmotea sus muslos y sus brazos y su nuca y su frente y su espalda y su vientre. Palmotea en el aire para ahuyentar lo que no entiende y, a pesar de ello, las dudas persisten.

Gina tiene vacaciones de dos días. De momento aparca las matemáticas y la química para estar con su novio lejos de casi todo. Él es gordo, sí, y calvo, pero es lindo con ella y tiene dinero. En casa de Gina no le preguntan dónde consigue esa ropa barata pero bonita. Tampoco ven mal que la muchacha pase alguna noche fuera de casa. El sistema de supervivencia tiene estas cosas.
Ilke fuma un cigarrillo Carlton frente al fuego donde Igi asa dos piernas de anta. El viejo de pelo blanco y tos agarrada al humo que niebla sus pulmones es simpático y habla a un volumen descomunal. Ilke no entiende nada porque Igi tampoco la entiende a ella.

Está bonita Gina con esa blusa naranja. Sus pechos, grandes a pesar de lo recientes, se dibujan para satisfacción de Claudio –y del resto-. Buena elección. La besa en la frente y sonríe: “Mi hija quiere volver a la ciudad… seguro que tiene un enamorado”. Gina le arroja una mirada torcida y murmura una queja.

Suda Ilke, Sigue sudando y se atreve a preguntar si es verdad que Claudio es el padre de Gina. Sonrisas por respuesta y más sudor en el cuerpo rechoncho de Ilke. Ahora no sabe si lo que debía repugnarle de los quejidos era el incesto o la brutal diferencia de edad.

La cerveza de Claudio se derrama y la mala puntería o la mala suerte la dirige a la blusa de Gina. La chica llora. Sus pezones se perfilan ahora con la humedad espumosa y los otros muchachos lividinosean con ella. Y eso provoca a Claudio. La noche termina mal. Casi nadie está contento. Solo Igi, feliz de que su novia, un poco menor que Gina, esté junto a él, acariciándole su pelo blanco mientras él arranca con sus dientes el sabor de achote de esta carne ya arrugada.

En frente, Ilke mira y suda. Se irá de este país que no es suyo con la imagen invisible del poder del hombre en estas tierras donde aún se caza descalzo. Llegará al suyo con los ojos prestos a mirar más allá del barniz de igualdad que le enseñaron en la escuela, dispuesta a cazar con botas térmicas los ejemplos del mismo poder que perduran en su selva civilizada.

El poder de un libro, de dos libros

La cadena de las emociones y el conocimiento es impredecible. Héctor me regala unas fotocopias, yo las reproduzco y se las regalo a Alberto, éste entra en estado de euforia y comienza a comprar las referencias bibliográficas que aparecían en esas fotocopias, ayer me prestó uno de los nuevos libros llegado a sus manos, hoy lo terminé, incapaz de despegarme del asombro.
Casilda no sabe lo que ha provocado en estos hombres (a efectos de este texto somos solo eso: hombres). Le hemos puesto nombre a lo que intuíamos y hemos descubierto que el matricidio que hemos cometido los de nuestro sexo desde que los griegos decidieron que los hijos de los dioses nacían de muslos, huertos y otras estúpidas imitaciones masculinas es más brutal de lo imaginable.
¿Qué hacer ahora con esta enorme responsabilidad, que no culpa? ¿Cómo mudar nosotros (a efectos de este cambio somos solo hombres)? ¿Cómo hacer para reponer, liberar a la madre que convertimos en hija? Siento en esta tarde de calor que todavía me queda vida suficiente para no reproducir el entuerto. Estoy feliz de que un libro, dos libros más bien, me hayan abofeteado de una manera tan fuerte y tan iluminadora. Libros escritos, por supuesto por mujeres, las únicas que no repiten eternamente el mantra del discurso patriarcal. !Viva!

13/9/08

Texticos de la vigilia I

La condena del caminante

Caminé esta mañana por el caótico centro de Manaus. Miles de vendedores informales, zocos persas en el calor tropical, olores nauseabundos se mezclan con el rico aroma del cajú y del açaí, pieles mezcladas, ropas escasas para ventilar estos cuerpos de pobreza henchidos, acartonados por bolsillos que son retazos. De la antigua ciudad, algunos edificios portugueses semidestruidos. La Habana es Manhattan, pero la publicidad arremete contra la isla. Aquí están las huellas de todos los colonialismos. Los portugueses abandonaron el imperio, el imperio británico abandonó a los brasileños cuando la selva dejó de llorar caucho y muertos para extraerlo, y los imperios de ahora les venden ropas y avalorios dejando a cambio malos empleos y falsas promesas. Sin embargo, nuestros pueblos son generosos, no hay resentimiento en las caras, no hay odio en los desheredados del mundo que transitan por este mar de plástico, herramientas de carpintería, bragas, música pirateada, profetas de parque y putas amanecidas o sin permiso para amanecer. Entran los pobres a los bancos, hacen fila en los cajeros automáticos para ver como su saldo es de 4.89 reais, no más de 3 dólares. Pero tienen tarjeta y se creen dentro del sistema. Salen, gastan un real en una fritanga y guardan el resto para beber, que es el único antídoto barato contra la realidad. ¿Es generosidad o es estupidez, adormecimiento?

En la avenida de San Jorge se levanta uno de los templos evangélicos que pueblan la ciudad, este es como una reedición del Partenón a lo nuevo rico. Y los pobres entran ahí buscando la salvación... ¿la salvación de qué? ¿de la ira de Dios? ¿ o de esta injusticia humana tan cabrona que tiene nombre y apellidos? Cada día que jugamos a ponerle curitas a este hemisferio tan acostumbrado a sangrar por las mismas heridas. La humedad desprende las curitas y nuestra gente sigue en las mismas: con pus en los bordes de la cicatriz que termina por reabrir la herida y vuelve a causar el dolor conocido.

En medio del desorden general de esta ciudad, se alza el monumento a los desquiciados. El famoso Teatro Amazonas es fruto de una quimera estúpida cuyo único fin era igualarse con París, desde acá desde esta esquina del mundo que a nadie hubiera importado en el siglo XIX de no necesitarse caucho para rodar nuestras comodidades de primer mundo. Sigue siendo lo mismo: lo único limpio y cuidado, una inmensa cuadra rodeada de calle peatonal y atractivos turísticos, una urna de cristal que da de comer a unos cuantos y que no puede ocultar, aunque quiera, que Manaus ahora es una gran Maquila que no paga impuestos donde Honda, Sony o Yamaha fabrican para seguir haciendo rodar nuestros sueños.


Camino por esta ciudad. Y a veces no quiero caminar. Me abruma este mundo y hay días en que mi saudade es tan estúpida que no hay palabras para describirla. ¿Aislarse o untarse? O ninguna de las dos. Es la pregunta medio esquizoide que me acompaña los últimos años. De momento, seguir con los ojos bien abiertos, con la mano presta a teclear lo que muchos no quieren recordar y la única misión de sobrevivir con dignidad y no joder mucho.


Pies

Los zapatos se han convertido en el escudo antimisiles de nuestros tiempos. Nacidos casi con zapatos, la piel que cubre los pies se torna debilucha, blanquecina, pobre, sensible a zancudos y roces, a piedras y humedades. Los sentidos que pueden registrar las únicas dos partes del cuerpo que casi siempre están en contacto con algo (con lo que se pisa, para ser más concreto) se han ido atrofiando, disminuyendo con nuestra capacidad de percepción.
La tierra no es ya nunca más nuestro planeta. Somos de caucho, de cuero, de plástico con capa de aire para evitar que nuestras rodillas se esfuercen.

22/8/08

Texticos del insomnio V

En esto consiste

Todo es bastante ridículo. La sucesión de luces que contienen vidas, estos motores que sí funcionan, los tragos –dos-, los silencios –dos-, las distancias –una- y los lánguidos bufets –cero-. Mas es justo al sentir todo más prescindible cuando las esquirlas cobran sentido. Vivir, vagar, respirar sin más propósito que profanar la tumba que ya nos ganamos. Se resume casi todo en quebrar el estúpido empeño de trascender para limitarse a ser, a permitir que las pasiones sin objeto prosperen en un corazón gozoso.

Lo importante

Cuando menos hilarante. Se toman en serio lo que acometen, aseguran que dejarse la piel por lo más boludo es un acto de responsabilidad. Mientras, en las goteras de la mitomanía, hay seres conscientes de lo liviano de su tarea, de lo fútil que es darle importancia a las coyunturas, o a los papeles que otros denominan contratos.
Lo importante va a ser este abrazo. La sincera rabieta instantánea de G. La marca en el cuello. La llamada del sur. Las palabras de B. desde su refugio de cenizas y sensibilidad. Ese pubis minimizado y dulce. Aquel otro rebelde y poblado. Uno desconocido y salado. Un verso disperso. El café de la mañana conjugado en portugués. Y los reencuentros. Esos que logran la ficción de que hay algo fijo, que espera, al otro lado de la deriva.

Bondad


Averiguar por qué siguen luchando los que luchan es tarea de inmortales. Escribe L. y relata su amargura al ver caer uno a uno los árboles del bosque que la cobija. A renglón seguido se rearma, vuelve a la carga, a la lucha. ¿De qué están hechos los que siguen luchando? Debe ser de bondad, ese luminoso impulso tan ajeno a lo humano y tan propio de las personas.


Quizá

Durante décadas he diseñado planes para desbaratarlos justo cuando estaban a punto de concretarse. Los guiones, excepto en el cine, son vanos propósitos de controlar lo imposible. Quizás, ahora, desheredado de anhelos, pueda comenzar a disfrutar la incertidumbre, esa infinita vereda de lo posible.

Texticos del Insomnio IV

Ventanas

Hay ventanas cuya existencia es necesaria. Plantar los pies a unos 15 centímetros de la pared, proteger las manos en los bolsillos o anudarlas tras la espalda, afinar la vista para que lo que capte no sea nada concreto, permitir que el horizonte de paredes o de campos desiertos sea una excusa, aislar los oídos de la grosera realidad y quedarse ahí, clavado, dispuesto a perder el tiempo para recuperarlo. Hay ventanas que nos obligan a esto. Otras nos empujan a armarnos de papel de periódico y de saliva para hacerlas invisibles. O a encararlas con una botella de ginebra vacía para dejarlas adoloridas y astilladas. O a sustituirlas por una puerta –siempre más amplia para estos corazones flexibles.
Las ventanas necesarias suelen enquistarse frente a nosotros. Nos acompañan en viajes y rumbas, en conversas y en silencios. Las ventanas necesarias lo son porque su ausencia sería equivalente a la ceguera y a la asfixia, a un verano sin calor y a un torero sin capote. Estas ventanas, las necesarias, son las más absorbentes de este mundo. No permiten que se las comparta, no dejan que sus hojas se abran ante nadie ni por nadie. Solo, cuando pasean su buen humor, permiten entreabrirse para permitir que el suave y benévolo viento nos roce la cara, nos susurre una palabra de esperanza y huya con la misma velocidad inconsciente con la que se coló en nuestra intimidad.
Hay ventanas, muchas ventanas. Solo algunas son necesarias.

Guardados para alguien desconocido

Llevo años añorándote. No te conozco. Sé, humildemente, que estamos condenados a hablarnos, a compartir las ansiedades como quien intercambia cromos en su infancia de vinagrillos y moreras. En estos días, la añoranza se ha transformado en dolor. Aquí, justo aquí, cerquitica del esternón, donde la dureza de los huesos camufla la flacidez de nuestras vísceras más sentimentales.
¡Me gustaría tanto toparme contigo! Imagino que no precisaríamos de presentaciones ni de credenciales, ni de marcas de tinta que nos dieran pistas al momento del encuentro en la Central Station, o en Atocha, o en el Zócalo o en tantos tópicos lugares que servirían de decorado para nuestro abrazo.
En silencio, una vez reunidos en nuestro acuario de vidrios enmohecidos, la nascencia del amor debería abortar su proceso para dejar que primero nos entreguemos los guardados. Lo que cada uno ha ido acumulando para el otro. No hace falta hablar porque el arcón de nuestros presentes son nuestras pupilas. Las tuyas brillantes, las mías, plegadas al sueño de verte.
Eso no va a ocurrir. Lo sabes. Lo sé. Nacimos para no conocernos, para extrañarnos en el universo sin siquiera tener certeza de ser reales, de merecernos, de merecerlo.

Temperatura de fusión

Cuánto nos duele lo ajeno si nos duele, cuánto el dolor de los que han visto convertidos en cenizas sus afectos, en jirones de piel sus abrazos, en pedazos de madera pegajosa sus recuerdos. Las maletas, portadoras siempre de lo imprescindible de cada cuál, arden más lento que los cuerpos tratando así de retrasar el terrible momento del olvido, del entierro de las imágenes que algún día grabamos en nuestra memoria. Al final, se fusionan los materiales y las pieles, se derriten entre gritos hipotéticos los miedos concentrados en segundos. En algún lugar, mientras, tú tomas una in-fusión de menta. Quieres tranquilizarte después de una carrera apresurada y destinada a esperar a nadie. Tu rostro, como la memoria, arde de sofoco intuyendo que después de hoy las llamas nunca volverán a significar lo mismo.

Buzones

Polizones de nuestras propias vidas, requerimos –a raticos- los empujones que nos proporcionan los correos llegados de improvisto.
El buzón de los paréntesis lleva dos días con rostro impávido y aburrido. No se mueve su listado de cariños, no se agrega ni se resta nada a su cadencia de distancias. Busco una señal en negrita que me diga que estás o que estamos, o que podríamos estar. Todo permanece inmóvil y yo, malacostumbrado, malconteto y malparido –a raticos- me contengo para no arrancar la estaca virtual y quemarla junto a todos mis deseos.
La otra opción es no volver a calzarme para salir al quicio de la puerta. No esperar para no anhelar. Hacerme acompañar de dos tragos en la mañana que conviertan el día en un riel por el que desplazarse sin mayores sobre-saltos.

19/8/08

Texticos del Insomnio III

/impúdico, sigo compartiendo estos texticos paridos en muchas noches de muchos días/

Sonámbulos


Los sonámbulos son unos pendejos mitológicos. Tratan de mantenerse despiertos en el sueño y buscan rendijas por las que colarse en la realidad para intervenirla. Pobres infelices incapaces de entender que los sueños deben mantenerse fuera de la Zona Verde para no contaminarse del olor, del sudor, de la cansada desidia de vivir.


Acertijo


Si-la-vida-es-para-vivirla-que-hago-hoy-muriendo-de-esta-forma-tan-estúpida.


El dolor


Soy una fábrica de dolor. Todos se sienten adoloridos por mis músculos cansados, por mi esperanza ingenua, por mi aliento desenmascarado. Qué de verdad es el dolor, cuánto de autoinfligido tiene, cuánto de literatura, cuánto de miedo. Miedo y dolor van de la mano cuando del alma se trata, cuando no podemos localizar la herida por el color rojo ni por el sabor metálico de su lamida. El alma, sujeta a exhibición pública, duele porque sí y porque tiene que doler, porque no se puede concebir que algunas heridas sangren en silencio, hemorragias internas que un día revientan el cuerpo sin que síntoma externo alguno hiciera presagiar el drama. El dolor hoy, fabricado por mi con tesón, en el silencio de mi propio dolor, es doble: para que sea menos en el otro debe ser más intenso en mi estirpe. El dolor del alma, conjugado en clave de fracaso teórico, no es más que una vedete chillona que no permite escuchar el armónico sonar de mi balada.

Cosa de refugiados


La mayoría coincide en la máxima del carpe diem. En teoría. Funciona a la perfección en el papel, o en el discurso de pavoneo, el que requiere de carácter y arrogancia medida. Vivir al día parece cosa de náufragos, terminales o de refugiados de frontera. Los demás, los únicos que podríamos hacerlo, pasamos el día planeando vivirlo hasta que cerca de medianoche, entre pequeños fracasos y esquirlas de alegría, perdemos el oxígeno y la dignidad. Y el aliento. El aliento también, sin hombro en el que vaciarlo.

Pespuntes

Viste una bata azul oscura con motitas blancas. Es sutil el dibujo, pero te aseguro que es un gesto de alegría después de décadas de luto. Gorda y tierna, ¡ay Julia!, siempre a mi lado, mirando mi vida con la sonrisa complaciente que me regalaste hasta que decidiste empacar para siempre. Julia, la abuela prestada y única, cosía y cosía pero antes de cerrar la herida en la tela aseguraba una última prueba no sin antes advertir que todo estaba en pespunte… apenas sujeto para no deshacerse, frágil, temporal.
¿Cómo se da un pespunte al dolor? Quizá con la seguridad de un médico ante un cuerpo desmembrado, con la calma de quien sabe qué es lo que se debe hacer: unir las piezas mientras reconozcamos sus yuntas.
Convivo con la duda de si Julia hubiera aprobado los pespuntes que yo doy permanentemente a mi vida, dispuesto a deshacerlos con un gesto contundente para reinventar la costura, para rediseñar las ropas que me han de vestir, que me han de dar calor. Es lo único bueno de esa técnica: el hilo blanco solo marca un proyecto, una idea, no la definición final.

La adolescencia

Enfermedad temporal que, como los granos rebeldes, amenaza permanentemente con reaparecer. Uno piensa, pensaba, que, una vez pasada, el estómago no volvía a doler, que las flores exóticas que aturdían los sentidos permanecerían marchitas, que los amores turbulentos o los deseos extremos no encontrarían refugio en nuestra vida. Nada que ver. Cuando uno menos lo espera, en edades que rozan lo gastado, la pubertad regresa. Adolescentes eternos, algunos adultos tenemos el humor cambiante, los deseos mutantes y unas terribles ganas de salir corriendo y reventar lo que nos rodea. Caprichosos, antojadizos, deseantes de todo lo prohibido por el otro, los adolescentes adultos somos peligrosos, imprevisibles, sufrientes sin pena y suicidas de lo ajeno. Nuestro dolor explosivo no es diferente al de un gótico floreado de espinillas, pero nuestra rabia es equivalente a mil años de injusticias.

15/8/08

Texticos desde el insomnio II




Lo interminable


Hay cosas finitas. La riqueza, la harina de trigo, el amor, la pasta de dientes, el buen ron bueno, la pasión, las ganas y la desgana, las frituras, el queso francés, el vino de crianza y las rabietas, los libros acaban como acaban las películas, y el sexo, y los nísperos, y los créditos, mueren las personas y las canciones, los animales y los proyectos, los silencios, las fiestas y la algarabía, los desfiles militares, las condenas, los rosarios, las procesiones y las tristes putas tristes y las inconsciencias, acaba la libertad como nunca empieza, como las dictaduras y las corridas de toros y de nosotros, y los conciertos, y el cariño y los carnavales.
La mayoría de cosas son finitas y eso consuela porque su prolongación en el tiempo las haría vulgares, cansonas, a penas insoportables. Pero el sufrimiento es interminable. Primero te desplazan, te roban y te amedrentan, después de estigmatizan, te condenan a la soledad y a la pobreza. Más tarde, si les queda fuerza para hundirte más el machete, te quedará ver morir a tus hijos y a tus esperanzas, caer tu casa y tu salud y quizá, el único final posible, será el olvido de quién fuiste. Tu sufrimiento, tan interminable como implacable, habrá sido solo tuyo. E interminable.

La apuesta

Cuando el pesimismo no es una coartada, cuando se sabe de qué está fabricada la tristeza, el día se convierte en una apuesta. Terminal. No se puede ceder, ni tan siquiera dudar de que morir tiene más sentido cuando se ha luchado, de que renunciar no es más que refugiarse en la pecera particular, donde todas las maticas de plástico y las piedras artificiales nos son conocidas y donde todos los días, como una lluvia generosa, nos llega el alimento necesario para dar una vuelta más a las cuatro esquinas inquebrantables. La lucha no es cuestión de heroísmo, nada más lejos de su genética. Es la responsabilidad de los que, alimentados y leídos desde la infancia, no se pueden permitir la pesadumbre de la costra, del amor tibio, de las mañanas previsibles. Tampoco suena razonable que sus capacidades, las nuestras, queden a merced de una cuenta corriente o del vaivén de la bolsa. Menos aún que, prendidos de una metáfora fabricada, se caiga en el error de quedar atrapados una banda sonora de Morricone o en un sofá reclinable desde el que observar la vida.
Cuando el optimismo es auténtico y se conocen los éxitos de la dignidad, no queda más remedio que apostar a uno mismo a través de los otros, tirar los dados y ponerse en marcha sin esperar a que el movimiento cese y nos enteremos del resultado. Ya se sabe, apostar es solo cosa de escépticos y de optimistas.

De la trascendencia

¿Será verdad que pase lo que pase no pasa nada? ¿Qué ocurre si la lancha se vuelca o si los motores del avión se agotan? ¿Qué ocurre si no nos volvemos a ver para cumplir la peor de las hipótesis? ¿Cuál es la trascendencia del amor que no ha sido? ¿Y del que ha sido? Casi todo pendejada, casi todo trascendental. Nuestra futilidad es tan aplastante que nos obliga a ser heroicos, creyentes de ti para poder agarrarnos al casco rojo que ha de salvarnos en el naufragio. Únicos, hermosos, intrascendentes. La grandiosidad está en la fragilidad.

Pelícanos

Once pelícanos estiban pescados que se creían libres. En el abismo, organismos sin ojos niegan la luz ausente. No hay olas ni sobresaltos, no hay viento ni tumultos. Tan solo el picoteo preciso de esta superficie inabarcable, el quejido inaudible de los que ya están en boca de otros… y, yo, miro desde este bote de rocas con la esperanza de que lo que hay sea lo que debe ser. Este mar que es tan tuyo, esta luz para la que me faltan las palabras, y la respiración. Si precisara de una imagen para sobrevivir, probablemente amarraría mis pies a este atardecer, pegaría mis manos a la loma que desaparece, a la sonrisa que no alcanzo a capturar.

13/8/08

¿Cuál es el escándalo?

Tenemos una hipertrofia del sentido. Medio mundo escandalizado ahora por las mentiras chinas durante la "espectacular" ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, pero poco pasa porque hayan detenido a un periodista inglés por cubrir una manifestación a favor del Tibet... por cierto ¿alguien ha podido ver algo en los medios sobre estas protestas? No, para eso estála policia china y la ceguera occidental. Muy bonito todo, muy macho Phelps, y nada de nada de la situación de los millones de esclavos chinos que siguen trabajando a nuestro servicio en las maquilas de la esperanza roja.
Felices juegos...

8/8/08

Algunos texticos de insomnio

Magritte

Si Magritte hubiera presidido la asamblea, los hombres, venturosos cabestros en reunión, nunca se habrían visto la cara.

Masa


Informe y bulliciosa, la masa se dispone a afrontar un recorrido de vidrio. Mira, perpleja, ante los rebuznos de los estantes, dichosa de ansiar lo que no tendrá, nerviosa por la imposibilidad de capturar en su almacén de fracasos todo lo que le está vedado.
La plaza del pueblo está techada y la fuente es un kiosko de helados y pornografía donde las más afilan sus pezones mientras los padres otean con lujuria el amanecer de unas rodillas. Deambulo por estos pasillos plagados de pobres embetunados, de aburrida clase media sin plan de escape ni ganas de emprenderlo.
Tantas vidas y tan poca vida en un recinto acomodado en las sombras. Afuera, el metal se enfría en hileras bien dispuestas. Solo algunos, ansiosos por iniciar este camino circular, han abandonado sus piernas en medio de la calle oscura, sin prestar atención a las huellas dispuestas para acomodar los dedos.
Acá, téngalo en cuenta, todo es rápido [la comida, la transacción, el aburrimiento, el deseo, el tiempo] y ausente [la inteligencia, el sexo, la caricia, la conversa, la luz]. Son las reglas del juego para estos animales heridos de trabajo y futuro maltrecho.

Himnos de destierro


Hay un pequeño ejército disperso / lo componen los desterrados / de la historia / sin derecho a las causas/ que justifican/el monopolio de la verdad/sin derecho a las razones/que servirían/para mover este pesado planeta de vacíos/Regados en fronteras invisibles/no se adaptan a los lìmites/de lo previsible/no pueden/no quieren/ser mártires en tiempos de estrellas/fugaces/Más bien, transitan, en la montaña/ rusa de las ilusiones/pasajeras/entre el fragmentado sueño de la justicia/y el real fraude/dela verdad./La realidad, soldados des-almados/está en manos de usureros,/ cuentistas y charlatanes/y a vosotros solo os queda/ganar la batalla/de la dignidad/refugiados en esta negra bandera/sin colores,/en este himno/sordo y mudo que gritamos/cuando a los gorilas les da por descansar"

Sin esperanza


Aquí, verá usted, hay niñas que devoran con lascibia paletas de colores retorcidos, hombres con botas amarillas que esconden nuestra escoria, muchachos que se cuelan por ventanas diminutas, detectores de metales que urgan en nuestros sexos, un carro rojo de mentira y una cafetera dormida a punto de estallar. Y ninguna esperanza. Estas son las cartas que nos han tocado".